Nada más fácil que encontrar citas de la Fiammetta en los autores españoles del siglo XV; basten por todas una castellana de D. Iñigo López de Mendoza, y otra catalana del comendador Rocaberti. Sabido es que en la Comedieta de Ponza del Marqués de Santillana es Boccaccio uno de los interlocutores, y á él se dirige la reina viuda de Aragón doña Leonor, aludiendo al capítulo III de su novela con estas palabras:
E como Fiameta con la triste nueva
Que del peregrino le fue reportada,
Segunt la tu mano registra e aprueva,
La mas fiel d'aquellas no poco turbada...
Entre la procesión de célebres enamorados que desfila por los tercetos del poema alegórico de Rocaberti intitulado Comedia de la gloria de amor, figuran Pánfilo y Fiammetta:
O nobla Fiameta
Lo teu gran dol a planyer m'a vençut,
Sobres dolor la pensa m'a costreta.
En ambas lenguas fué traducida la Fiammetta dentro del siglo XV. De la versión catalana[445] existe en el Archivo de la Corona de Aragón un códice procedente del monasterio de San Cucufate del Vallés, escrito con tinta tan corrosiva que le va destruyendo á toda prisa, por lo cual urge su publicación. La traducción castellana, de la cual se conserva un códice en el Escorial, fué impresa tres veces, por lo menos, en 1497, 1523 y 1541, ediciones todas de gran rareza por haberlas prohibido el Santo Oficio[446].
Notable influencia ejerció en el desarrollo de nuestra novela amatoria otro libro ó más bien fragmento de libro de Boccaccio, es á saber, las trece cuestiones de la cuarta parte del Filocolo, traducidas y publicadas con el impropio título de Laberinto de Amor, que sólo conviene á otra obra del mismo autor llamada más frecuentemente el Corvacho. Cuando por primera vez se imprimió anónima esta traducción en Sevilla (1546), el intérprete declaró de esta manera el origen del libro: «Leyendo por mi pasatiempo el verano pasado un libro en lengua toscana, que se llama Filoculo, que quiere decir tanto como Fatiga de Amor, el cual compuso el famoso Juan Bocacio a instancia de Madama Maria, hija del rey Ruberto de Napoles, entre muchas materias subtiles de Amor que la Historia trata, hallé trece cuestiones que se propusieron delante della en una fiesta, seyendo elegida de todos los que la celebraban Reina para que las determinase. Y paresciendome bien, acordé de traducirlas en nuestro romance castellano...»[447].
Aquel mismo año, y en Toledo, se hizo nueva y más correcta edición de las Trece questiones, suprimido ya el impropio título de Laberinto, y declarando el nombre del traductor, que fué el canónigo D. Diego López de Ayala, asistido en pequeña parte por el capitán Diego de Salazar. Todo ello consta en una advertencia de Blasco de Garay al lector: «Entrando cierto dia... a visitar y besar las manos al muy Reverendo y Magnifico señor don Diego López de Ayala, vicario y canónigo de la Santa Iglesia de Toledo, y Obrero della, sucedio que como me metiese (segun su costumbre de rescebir sabrosamente a los estudiosos de las letras) en su libreria y encomenzase a comunicar algunas obras raras que habia en ella, topé acaso con un libro de mano que contenia Trece Cuestiones muy graciosas, sacadas y vueltas en nuestro romance de cierta obra toscana llamada El Filoculo... De las cuales haciendo yo la cata por diversas partes, encomenzaronseme a encender las orejas de calor con la pureza de su estilo: tanto que no pude dexar luego de preguntar quién habia sido el autor de tan suave clareza. El cual, dubdoso entre conceder y negar, trahiame suspenso con respuestas que me obligaban a ser adivino. Una cosa se me declaró luego por cierta, los sumarios de las preguntas que iban en metro o copulas (sic) por hablar más castellano, haberlas compuesto Diego de Salazar que primero fue capitan, y al fin Hermitaño, varon en verdad el más suficiente en aquella arte, asi de improviso como de pensado, que jamas tuvo nuestra España... Pero como los tales sumarios en el dicho libro fuesen lo accesorio y de menos importancia (aunque en sí muy buenos), no cesé de querer saber adelante quién habia compuesto tan elegante y polida castellana prosa. Y por la negativa que se me hizo de muchos que yo reputaba haberla compuesto (aunque siempre me parecía exceder la obra á la opinion mia), conosci en fin la afirmativa, que era ser el verdadero interprete del tal libro el dueño en cuyo poder estaba. Del cual, porque no caresciese nuestra lengua moderna de semejantes riquezas, no con poca instancia trabajé que consintiese sacarle a luz, pues tan digno era de ella, puesto que ya a hurtadas se le habia otro antes divulgado. Y como a la sazon no le hallase título, pusole el que a él mejor le parescio, llamandole Laberinto de Amor de Juan Bocacio; como el Laberinto sea libro distinto del Filocolo, aunque todos de un mismo autor. Asimismo sacóle muy vicioso, como cosa de rebato hurtada. Agora, pues, amigo lector, os le damos correctisimo y con la ultima lima de su autor afinado»[448].
Los dos escritores mencionados en esta advertencia son bastante conocidos: el canónigo Ayala como traductor de la Arcadia de Sannazaro, y el capitán Salazar, como traductor de Apiano y otros historiadores clásicos, y traductor también, ó por mejor decir plagiario, del Arte de la Guerra de Maquiavelo, que se apropió con pocos cambios en su diálogo De Re Militari, disimulando el nombre del autor original.
Alfonso de Ulloa, infatigable editor de libros españoles en Venecia, puso las Trece Cuestiones del Filocolo al fin de la Cuestión de Amor, que estudiaré después; y en efecto, el parentesco de ambos libros salta á la vista, aunque la Cuestión española tiene un desarrollo novelesco mucho más amplio y un carácter histórico muy original. Pero el problema de casuística amatoria es del mismo género que los que se debaten en el Filocolo. Ambas obras tienen por teatro la corte de Nápoles, y reflejan las costumbres aristocráticas de sus saraos, que en esta parte continuaban la tradición de las tensones y jocs partits de Provenza y Francia. Tienen mucha importancia en el arte novelesco de Boccaccio estas Cuestiones, porque el episodio en que están introducidas se parece mucho al cuadro general del Decameron[449] y dos de ellas son verdaderas novelas que reaparecen luego en esta colección (la cuarta y la quinta de la décima jornada, es á saber la del jardín mágico y la de la dama enterrada en vida).
Además de las obras de Boccaccio creemos que influyó en nuestros novelistas sentimentales, y especialmente en Diego de San Pedro, una singular narración latina de autor italiano, que tanto por su mérito intrínseco como por la calidad de la persona del autor, tuvo en el siglo XV una celebridad extraordinaria. Me refiero á la Historia de duobus amanibus Eurialo et Lucretia, que el egregio humanista de Siena, Eneas Silvio Piccolomini, futuro Papa con el nombre de Pío II, compuso en 1444, cuando no había pasado de las órdenes menores; obra que fué para él (lo mismo que su comedia Chrysis y otros ensayos juveniles suyos) motivo de grave remordimiento cuando llegó á ocupar la cátedra de San Pedro, moviéndole á exclamar con honda compunción Æneam rejicite, Pium suscipite. La recomendación no fué oída: al contrario, el nombre del autor acrecentó lo picante del libro; la Historia de Eurialo y Lucrecia fué impresa en latín más de veinte veces antes de acabar el siglo XV, y traducida á las principales lenguas vulgares, entre ellas al castellano[450].