La fecha de la Satira de felice é infelice vida no puede traerse más acá de 1455, puesto que aquel año pasó de esta vida la reina doña Isabel de Portugal á quien está dedicada. Precisamente este doloroso suceso prestó argumento á otra obra del Condestable mucho más importante y digna de elogio que la Sátira, aunque aquí no haremos más que mencionarla, porque pertenece á los dominios de la filosofía moral, no á los de la ficción amena, y es en fondo y forma una elocuente imitación del tratado De Consolatione de Boecio, intercalando, á imitación suya, la prosa con los metros, á los cuales procuró dar toda la variedad que estaba á su alcance, puesto que además de las octavas de arte mayor usó los versos de siete y de seis sílabas combinados de varias maneras. Tal es la Tragedia de la insigne Reina Doña Isabel, de la cual dió la primera noticia en 1840 Federico Bellermann[466], sin que los eruditos peninsulares se hiciesen cargo de ella, hasta que en fecha muy reciente, y en ocasión para mí memorable, la publicó íntegra, acompañada de un estudio tan sabio y profundo como todos los suyos, la ilustre romanista doña Carolina Michaelis de Vasconcellos[467]. Tanto la prosa como los versos de la Tragedia son muy superiores á todo lo que conocíamos del Condestable. Hasta los lugares, comunes de la ética consolatoria, que no podían menos de ser el fondo de la composición, están como rejuvenecidos por el sentimiento personal del poeta, que recorre todos los grados del dolor hasta conquistar la resignación sumisa. Es, como ha dicho, su editora, un Recuerde el alma adormida, escrito en prosa poética y puesto en boca del viejo Cronos, único personaje alegórico que en la obra interviene.

El género de las prosas poéticas, á estilo de Boccaccio, está representado en la literatura catalana por el fecundo y clásico escritor Mosén Juan Roiz de Corella, tan penetrado de la influencia italiana que sus endecasílabos, aunque sujetos todavía á la cesura obligada de la cuarta sílaba, se mueven con una gentileza muy apartada de la monotonía del tipo provenzal. Su prosa es muy elegante y estudiada, tanto en las obras profanas como en las sagradas, y la aplicó á muy diversos géneros de narraciones, especialmente á las mitológicas, tomando de Ovidio la mayor parte de sus argumentos: «razonamiento de Telamón y Ulises sobre las armas de Aquiles»; «llanto de la Reina Hécuba sobre la muerte de Príamo» «historia de Leandro y Ero»; «lamentaciones de Mirra, Narciso y Tisbe»; «fábulas de Orfeo, Scyla y Nyso, Pasifae y Minos, Progne y Filomena, Biblis y Cauno»; «juicio de Paris»; «carta que Aquiles escribió á Policena en el sitio de Troya», y aun no sé si las he mencionado todas[468]. Ovidio y Boccaccio juntos explican la elaboración de estas piezas. Pero hay entre ellas una microscópica novelita amatoria, en prosa y verso, la Tragedia de Caldesa[469], que parece referirse á un hecho real de la vida del autor, puesto que á una dama de ese nombre están dedicadas varias composiciones suyas y además la acción se supone en Valencia. El fragmento de la llamada Tragedia, aunque no limpio de afectaciones retóricas, tiene pasión y brío. El poeta sorprende á su amada en flagrante delito de infidelidad, se querella desesperadamente y lanza contra sí mismo atroces maldiciones si vuelve á acordarse de tal amor. Ella, con muchas lágrimas, suspiros y sollozos, pide perdón por su culpa en versos amorosísimos:

Si us par que y bast | per vostres mans espire,
O si voleu | cuberta de salici
Iré pel mon | peregrinant romera.

Muy lentos habían sido, como se ve, los pasos de la ficción sentimental en España durante la mayor parte del siglo XV: Sólo al fin de aquella centuria, y en la corte de los Reyes Católicos, apareció el notable ingenio, que, dando forma definitiva á esta clase de libros, acertó á escribir uno que conquistó inmediatamente el aplauso de sus contemporáneos y corrió triunfante por Europa, leído y admirado donde quiera. Tal suerte cupo á la Cárcel de Amor, obra del bachiller Diego de San Pedro, de cuya persona poco sabemos, salvo que anduvo al servicio del Maestre de Calatrava D. Pedro Girón y del Alcaide de los Donceles[470], y que tuvo en nombre del primero la tenencia de la fortaleza de Peñafiel y otros lugares[471].

No fué la Cárcel de Amor su primer ensayo novelesco. Un año antes, en 1491, había publicado otra novela del mismo carácter, el Tratado de amores de Arnalte y Lucenda, endereszado a las damas de la reina doña Isabel; en el qual hallarán cartas y razonamientos de amores de mucho primor y gentileza. Este librito es de tan extraordinaria rareza[472] que nunca he podido leerle en castellano, á pesar de existir cuatro ediciones por lo menos, teniendo que valerme para el extracto que voy á dar de las dos traducciones, francesa de Herberay des Essarts é italiana de Bartolomé Maraffi, que varias veces se imprimieron juntas[473]. Fué además traducida dos veces al inglés en prosa y en verso[474].

La fábula de esta novelita, que Diego de San Pedro fingió haber traducido del griego[475], es muy semejante á la de la Cárcel de Amor, y puede considerarse como su primer esbozo. El autor, extraviado por una selva[476], llega á un castillo, que desde los cimientos hasta la cumbre estaba pintado de negro. Tropieza con unos hombres de aspecto muy melancólico. El que parecía señor de los otros lanzaba dolorosos suspiros. Recibe cortésmente al caballero y le conduce á su morada, en que todas las cosas representaban gran dolor. Le agasaja, no obstante, con una delicada cena, y le conduce á la cámara donde había de pasar la noche. Oye durante ella músicas tristes, lamentos y suspiros angustiosos del atribulado señor del castillo. Á la mañana vuelve éste para conducirle á la iglesia, donde descollaba un túmulo enlutado, que era el que el castellano tenía reservado para sí. Á la hora del desayuno platican de diversas materias, y finalmente el afligido caballero le refiere su historia. Se llamaba Arnalte, y era natural de Tebas. Enamoróse de Lucenda, viendo el gran duelo que hacía en los funerales de su padre. La enviaba por medio de un servidor cartas y mensajes que se transcriben á la letra. La dama hace pedazos la primera carta. Sabedor Arnalte de que Lucenda va á maitines en la vigilia de Navidad, determina disfrazarse de mujer para poder hablar con ella, y así lo ejecuta. Ella le contesta con una voce tremolante, quitándole toda esperanza. Intercálase una canción que entonó una noche el amador delante de las ventanas de su dama, traducida en un soneto italiano y en tres cuartetas francesas. Nuevas y fastidiosas lamentaciones de Arnalte. El rey le manda concurrir á unas justas que los caballeros de la corte habían ordenado. Son invitadas las damas á la mascarada de la noche y al torneo del día. Descripción de la divisa del caballero. Durante las máscaras Arnalte logra introducir una carta nella tasca della veste de Lucenda, que por estar presente la reina se ve obligada á disimular, pero luego nada responde. Belisa, hermana de Arnalte, viéndole tan afligido, le pregunta la causa de su mal, y él se niega á manifestársela. Confíase al fin á su amigo Gerso, que vivía cerca de Lucenda, pero no consigue verla en ninguna de las varias ocasiones en que va á su casa. Belisa, informada secretamente del motivo de las tristezas de su hermano, comienza á frecuentar asiduamente á Lucenda, de quien era amiga. Razonamiento de Belisa á Lucenda. Réplica de Lucenda negándose á admitir los obsequios amorosos de Arnalte. Nueva embajada de Belisa, que quiere picar á Lucenda, diciéndola que su hermano renuncia á su loco amor y va á ausentarse. Lucenda consiente en escribir por una vez sola á Arnalte, á condición de que desista de su amor. Extremos que hizo Arnalte al recibir de manos de su hermana la carta de Lucenda. Vuelve á escribir, suplicando que le permita verla antes de partir, y no á solas, sino en presencia de Belisa, lo cual consigue después de largas instancias.

«Entonces (prosigue) todas mis penas se trocaron en alegria por haber conseguido tal victoria. De tal modo aquellas benditas nuevas festejaron mi ánimo y mi corazon; de tal modo me acariciaba el amor, que no deseaba ya cosa alguna, aunque en realidad nada tenia. Y cuando llegó la hora que teniamos aplazada para ir al sitio señalado, mi hermana y yo nos dirigimos, al salir el sol, a una iglesia de religiosos, y alli me retiré a una pequeña estancia, donde ella solia confesarse y donde no tardó en aparecer». En la entrevista obtiene Arnalte hasta el singular favor de besarla la mano, pero á condición de que en adelante no sea tan importuno. «¡Oh Dios (exclama), si alguien me hubiese dado a escoger entre el imperio del mundo y perder el bien que habia conseguido, llamo por testigos a los que perfectamente aman, de que hubiera preciado mucho más mi contentamiento que la monarquía universal!».

Algo fortalecido con aquella muestra de cortesía y piedad, que él tomó por signo de amor, consiente en acompañar á su hermana á un lugar que tenía cerca de la ciudad de Tebas, para distraerse con la caza de cetrería. Pero un día le asaltan tristes agüeros al montar á caballo. «De subito, el tiempo, que era claro y sereno, apareció nebuloso y lleno de tempestad. Un lebrel que yo mucho amaba, empezó a dar saltos entre mis piernas, y temblando sin cesar, lanzaba espantosos aullidos. Pero yo, que entonces me cuidaba poco de presagios y de casos semejantes, por ninguna de estas cosas quise abandonar mi empresa, antes con un halcon en el puño sali a correr el campo. Pero apenas habia comenzado a caminar, me acordé que hacia mucho tiempo no habia visto al caballero Gerso, de quien antes te he hablado, y empecé a considerar que nunca despues que le hube manifestado el afecto que por Lucenda sentia me habia mostrado el buen semblante que antes solia, sino que poco a poco se habia ido alejando de mí, no visitandome ya ni cuidándose de saber nuevas mias. Y como la mayor parte de los hombres son variables en sus amistades, pensé que esta habria sido la causa de su ausencia. Y por otro lado pareciame cosa imposible en él verme padecer cuando me podia prestar algun alivio. Mientras yo revolvía estos pensamientos, el halcon que llevaba en el puño cayó por tierra muerto, lo que me confirmó en la sospecha que habia empezado a tener de mi compañero Gierso, y me acordé tambien de aquel perro que a la madrugada habia aullado tan dolorosamente; y perdido el gusto con esto, determiné volverme a casa. Pero antes quise subir a una colina desde donde se parecia el castillo de Lucenda, y senti un rumor de musicales instrumentos que resonaban entre las montañas; lo cual me pareció extraño porque la estacion no era conveniente para tales solaces, y me puso más pensativo que antes, entrando en gran sospecha de mi futuro daño. No acertaba a mover los pies de alli, y sólo cuando la noche sobrevino comencé a retirarme a casa de mi hermana, la cual tenia costumbre de salir a esperarme a la puerta, y entonces no vino, acrecentándose con esto los temores y angustias de mi ánimo. Y lo que fue todavía peor: cuando llegué donde ella estaba no me dijo palabra, pero tenia la cara tan triste que era muy de maravillar».

Al fin, entre sollozos y lágrimas su hermana le declara que Lucenda se había casado con su falso y pérfido amigo Gierso. Arnalte cae desmayado, y cuando vuelve en sí hace pedazos las cartas de Lucenda, se arranca la barba y los cabellos, y viste á todos sus servidores de duelo. Una criada y confidenta de Lucenda viene á hacerle saber de parte de su señora que se ha casado, no por su voluntad, sino por importunidad de sus parientes. Con esto toda la indignación de Arnalte recae sobre Gierso, á quien envía un cartel de desafío, retándole para delante del rey como traidor y felón. Gierso acepta el reto, pero alegando que uno de los motivos que había tenido para casarse con Lucenda era curar á su amigo de su insensata pasión, haciéndole perder toda esperanza. El rey les concede campo para el desafío, y Arnalte vence y mata á Gierso. Pero Lucenda, justamente ofendida, no quiere que su mano sea galardón del matador, y entra de monja profesa en un convento, rechazando las solicitudes de Belisa en favor de su hermano. Arnalte determina retirarse á la soledad, á pesar de los consuelos de Belisa, edifica el lúgubre castillo y se sepulta en él de por vida.

El interés romántico de esta sencilla y patética historia, que resultará más agradable de seguro en el estilo ingenuamente retórico de Diego de San Pedro, explica el éxito que tuvo, no sólo en España[477], sino en Italia, en Francia y en Inglaterra. No eran frecuentes todavía narraciones tan tiernas y humanas, conducidas y desenlazadas por medios tan sencillos, y en que una pasión verdadera y finamente observada es el alma de todo. Bajo este aspecto quizá Arnalte y Lucenda aventaja á la Cárcel de Amor, que es más larga, más complicada, más novela en fin, pero que adolece por lo mismo de graves defectos de composición, inevitables acaso en un arte tan primitivo.