Pero no eran estas inauditas crueldades las primeras del emir Abul-Hassán. Otras había perpetrado antes, conforme refiere Hernando de Baeza; y por ellas se explica una creencia tradicional todavía en la Alhambra, y enlazada en la fantasía del pueblo con la matanza de los abencerrajes. Siendo todavía príncipe, prendió al rey Muley Zad, competidor de su padre, «y lo truxo al Alhambra, y el padre le mandó degollar, y ahogar con una tovaja a dos hijos suyos de harto pequeña edad; y porque al tiempo que lo degollaron, que fue en una sala que está a la mano derecha del quarto de los Leones, cayó un poco de sangre en una pila de piedra blanca, y estuvo alli mucho tiempo la señal de la sangre, hasta hoy los moros y los cristianos le dixen a aquella pila la pila en que degollaban a los reyes»[587].

Ginés Pérez de Hita, aunque no habla de la mancha de sangre, dice que los treinta y seis abencerrajes fueron degollados en la cuadra de los Leones, en una taza de alabastro muy grande (Cap. XIII). En esto pudo engañarle su fantasía, porque es difícil admitir que los abencerrajes penetrasen hasta el cuarto de los Leones, que pertenece á la parte más reservada del palacio árabe, es decir, al harem[588].

En la novelita de Abindarraez y Jarifa, muy anterior á las Guerras Civiles de Granada (pues aun la refundición de Antonio de Villegas estaba hecha en 1551), se cuenta la matanza de los abencerrajes de un modo bastante próximo á la historia, sin hacer intervenir al rey Boabdil ni mentar para nada los amores de la Sultana ni el patio de los Leones. Verdad es que, en cambio, se hace remontar el suceso á la época de D. Fernando el de Antequera. Pero ya en este relato se ve á los abencerrajes presentados con la misma idealización caballeresca que en las novelas y en los romances posteriores[589].

Falta averiguar cómo pudo mezclarse el nombre de una reina de Granada en tal asunto, ajeno al parecer á toda influencia femenina. Pero creo que todo se aclara con este pasaje del juicioso y fidedigno historiador granadino Luis del Mármol Carvajal[590], que, aunque escribía á fines del siglo XVI, trabajaba con excelentes materiales: «Era Abil Hascén hombre viejo y enfermo, y tan sujeto a los amores de una renegada que tenia por mujer, llamada la Zoraya (no porque fuese este su nombre propio, sino por ser muy hermosa[591], la comparaban á la estrella del alba, que llamaron Zoraya), que por amor della había repudiado a la Ayxa, su mujer principal, que era su prima hermana, y con grandisima crueldad hecho degollar algunos de sus hijos sobre una pila de alabastro que se ve hoy dia en los alcazares de la Alhambra en una sala del cuarto de los Leones, y esto a fin de que quedase el reino a los hijos de la Zoraya. Mas la Ayxa, temiendo que no le matase el hijo mayor, llamado Abi Abdilehi o Abi Abdalá (que todo es uno), se lo habia quitado de delante, descolgandole secretamente de parte de noche por una ventana de la torre de Comares con una soga hecha de los alamaizares y tocas de sus mujeres; y unos caballeros llamados los Abencerrajes habían llevadole a la ciudad de Guadix, queriendo favorecerle, porque estaban mal con el Rey a causa de haberles muerto ciertos hermanos y parientes, so color de que uno dellos habia habido una hermana suya doncella dentro de su palacio; mas lo cierto era que los queria mal porque eran de parte de la Ayxa, y por esto se temia dellos. Estas cosas fueron causa de que toda la gente principal del reino aborreciesen a Abil Hacén y contra su voluntad trajeron de Guadix a Abi Abdilehi su hijo, y estando un dia en los Alixares le metieron en la Alhambra, y le saludaron por rey; y cuando el viejo vino del campo no le quisieron acoger dentro, llamandole cruel, que habia muerto sus hijos y la nobleza de los caballeros de Granada».

El testimonio de Mármol, que siempre merece consideración aun tratándose de cosas algo lejanas de su tiempo, aparece confirmado en lo sustancial por el del famoso compilador árabe Almacari[592] y por el de Hernando de Baeza, que habla largamente de la rivalidad entre las dos reinas, y como cliente que era de Boabdil, trata muy mal á la Romía (Zoraya), á la cual, por el contrario, tanto quiso idealizar Martínez de la Rosa en la erudita y soporífera novela que compuso con el título de Doña Isabel de Solís (1837-1846).

Lo que sólo aparece en Mármol, y casi seguramente procedo de una tradición oral, verdadera ó fabulosa, es la intervención de los abencerrajes en favor de la sultana Aixa, y el pretexto que se dió para su matanza, es decir, los amores de uno de ellos con una hermana del Rey. De aquí al cuento de Pérez de Hita no hay más que un paso; dos actos feroces de Abul-Hassán, confundidos en uno solo y transportados al reinado de su hijo: los abencerrajes, partidarios de una sultana perseguida; una aventura amorosa atribuida primero á la hermana de Abul-Hassán, después á su mujer y por último á su nuera. Ginés Pérez no pudo aprovechar el libro de Mármol, que no se imprimió hasta el año 1600, pero pudo oir contar cosas parecidas á algún morisco viejo, y sobre ellas levantó la máquina caballeresca de la acusación y del desafío, que pudo tomar de cualquiera parte, pero á la cual logró dar cierta apariencia histórica, mezclando nombres de los más famosos en Murcia y Andalucía, y especialmente los del mariscal D. Diego de Córdoba y D. Alonso de Aguilar, de quienes vagamente se recordaba que el Rey de Granada les había otorgado campo para algún desafío.

De este modo se explican para mí lisa y llanamente los orígenes de esta famosa narración. Otras muchas cosas de las Guerras Civiles de Granada proceden de fuentes poéticas; ésta no. Entre los romances fronterizos, uno sólo hay, el de «¡Ay de mi Alhama!» (de origen árabe, si hubiéramos de dar crédito á la declaración de Pérez de Hita), que alude rápidamente á la muerte de los abencerrajes, sin especificar la causa:

Mataste los Bencerrajes | que eran la flor de Granada.

Otros dos romances que trae el mismo Hita:

En las torres del Alhambra | sonaba gran vocerío...
Caballeros granadinos, | aunque moros hijosdalgo...