Por desgracia es muy poco lo que hay de tradicional en el libro del P. Barellas, y aun esto se halla torpemente desfigurado y revuelto con mil invenciones ineptas; la reina Delphina y sus amazonas, la fuente del Salvaje, la pesadísima descripción del templo de Venus y de las artes mágicas que en él se practicaban; todo ello en un castellano poco menos que bárbaro, y con tal carencia de sentido poético é histórico, que apenas se hallará libro más fastidioso ni peor escrito en toda la enorme biblioteca caballeresca.

Así como los Condes soberanos de Barcelona tuvieron en Barellas indigno y fabuloso cronista, así le tuvo la antigua y nobilísima ciudad de Ávila en el P. Luis Ariz, de la Orden de San Benito, que en 1607 imprimió la que llamaba Historia de sus Grandezas[609], obra monstruosa, que en sus dos primeras partes puede competir con el más estupendo de los libros de caballerías. Desde la portada ofrece poner en claro «qual de los quarenta y tres Hercules fue el Mayor, y como siendo Rey de España tuvo amores con una Africana, en quien tuvo un hijo que fundó a Avila». No hay que decir que sale triunfante de su empeño, pero no por el trillado camino del Beroso y Anio Viterbiense, que siguen otros historiadores de pueblos, sino exhibiendo entera y verdadera una crónica novelesca de Ávila que alcanza desde los tiempos de Hércules hasta los del Emperador Alfonso VII, escrita en una fabla que quiere ser antigua. Este raro documento, que contiene pormenores interesantes y tradiciones que alguna vez parecen de origen épico, lleva por título Leyenda de la muy noble, leal e antigua Ciudad de Avila, pendolada por Hernan de Illanes, fijo de Millan de Illanes, uno de los primeros pobladores de Avila, en la ultima recuperacion por el señor Rey don Alfonso sexto, año 1073. La qual se sacó del original por mandado del Alcalde Fernan Blazquez, año 1315. Pero como sin duda Hernán de Illanes pareció personaje demasiado oscuro para autorizar tal leyenda, diose por primer autor de ella al obispo de Oviedo D. Pelayo, á quien su bien ganada fama de escritor fabuloso é interpolador de antiguos cronicones hacía digno patrono de tal engendro, donde se contienen, por cierto, cosas muy posteriores al año 1153, en que aquel prelado pasó de esta vida. En su boca se pone la narración como dirigida en Arévalo á los primeros pobladores de Ávila el año 1087. No falta, por supuesto, la cita de un fantástico historiador griego en apoyo de los delirios sobre Hércules y la africana, y su hijo el barragán Alcideo, que mamantó siete años, y á quien se atribuye la fundación de las murallas de Ávila: «Todo lo que vos he fablado, mis buenos amigos e parientes, del noble Hercules, pendola Nestorino Griego en su leyenda». Este ridículo verbo pendolar, juntamente con el de otear, torcido de su verdadera significación, reaparece fastidiosamente en cada párrafo de esta rapsodia, probando los menguados recursos de su inventor y lo poco que se le alcanzaba de lenguaje antiguo. «Dice más el obispo de Oviedo, que estando ellos en Arévalo con los pobladores que venian a Avila a su segunda poblacion, e aviendo oteado bien esta leyenda de Nestorino que la pendola, e es bien antigua, me dio codicia (aquí no se sabe si habla el Obispo ó Hernán de Illanes) de otear si otro pendolador oviese que lo tal pendolase, e fallé en la leyenda que pendoló Guido Turonense de Urbibus, ca este tal pendoló bien cien años antes yo Pelayo obispo de Oviedo naciese, e asi pendoló...».

Esto baste en cuanto al estilo de la leyenda atribuida á D. Pelayo, que no puede ser más anacrónico y ridículo. Pero el contenido no es tan necio como el estilo ni con mucho. Un buen ingenio podría sacar partido de los informes materiales que esta ruda patraña ofrece, y que acaso tienen origen más noble y antiguo de lo que suponemos. Todo lo que se refiere á las hazañas de Ximén Blázquez, Sancho Zurraquines y demás pobladores de Ávila; el fabuloso cerco puesto á la ciudad por D. Alfonso el Batallador y el hecho bárbaro que se le atribuye de haber mandado freír en calderas á los avileses que tenía en rehenes; el reto de Blasco Ximeno al rey de Aragón, que recuerda el de D. Diego Ordóñez á los zamoranos; la muerte alevosa dada al campeón del concejo; el arbitraje de Burdeos, que pone fin á la discordia entre castellanos y aragoneses; la defensa de Toledo por los adalides de Ávila contra el rey moro Jazimin; los amores de la infanta Aja Galiana con el gobernador de Ávila, Nalvillos Blázquez; la animada descripción de los desposorios de Sancho de Estrada y Urraca Flores, conservan bastante carácter de poesía heroico-popular, y algunos de ellos parecen superiores á lo que podía dar de sí el pobre y malaventurado falsificador que redactó esta escritura en la forma en que hoy la leemos. Lo que parece increíble es que un libro semejante haya podido extraviar el juicio de historiadores serios, aunque algo crédulos, como Sandoval y Colmenares, repitiéndose hasta nuestros días el absurdo y calumnioso cuento de las fervencias, que todavía tuvo que impugnar en una larga memoria D. Vicente de la Fuente. Y todavía causa mayor sorpresa que el erudito y severo autor de las memorias de los arquitectos españoles, D. Eugenio Llaguno, diese entrada en el catálogo de nuestros primitivos artífices (si bien con algún recelo) á los fabulosos maestros Casandro Romano y Florín de Pituenga, cuya existencia no tiene más apoyo que el dicho de esta falsa crónica abulense. ¡Tal es la virtud prolífica y funesta que tienen el error y la mentira; por donde incurren en no leve responsabilidad los que á sabiendas, y aunque sólo fuere por alarde de ingenio, siembran tan pestífera cizaña en el campo de la historia![610].

La de Ávila venía falsificándose desde muy antiguo. El P. Ariz no fué autor, sino editor, y á veces interpolador de la extraña y curiosa novela, escudada con el nombre del obispo D. Pelayo. En sendos manuscritos de la Biblioteca Nacional y de la Academia de la Historia, que pertenecieron á cierto regidor de Ávila llamado D. Luis Pacheco, se halla un texto de esta leyenda, más completo que el publicado por Ariz. Su encabezamiento es como sigue: «Aqui se face rrevelacion de la primera fundacion de la ciudad de Avila e de los nobles varones que la vinieron a poblar, e cómo vino a ella el santo ome Segundo».

No es posible todavía designar el autor material de esta falsa crónica (acaso el mismo regidor Pacheco, que vivía á mediados del siglo XVI), pero es cierto que está ligada con un grupo entero de invenciones abulenses, las cuales se remontan por lo menos al año 1517, en que «siendo Corregidor el noble caballero Bernal de Mata, entre otras cosas buenas de hedifficios e noblecimiento de dicha ciudad, assi en reparo de muros e puertas de ella como en hacer plantar pinares e saucedas por las riberas de Adaja e Grajal, e en otros hedifficios de puentes e passos, tuvo especial cuidado de inquirir e buscar el fundamento de la dicha ciudad de dónde avia avido origen e cómo se habian ganado las armas reales que tienen, e sus privillegios, sobre lo mal halló en un libro antiguo que tenia Nuño Gonzalez del Aguila un cuaderno de escriptvras». Este cuaderno, cuya narración alcanza hasta los tiempos de Alfonso el Sabio, se conserva también en las dos bibliotecas citadas, y por su estilo poca antigüedad revela, á pesar del afectado uso de ciertas palabras arcaicas. Puede ser contemporáneo del mismo corregidor Bernal de la Mata, que le hizo trasladar en pergamino y poner en el arca del Concejo. Pero no hay duda que su autor, quien quiera que fuese, tenía noticia de nuestros antiguos cantares de gesta, y no sería temeraria la sospecha de que pudo basar su ficción en alguno que se ha perdido. Un autor original del siglo XVI no se hubiera mostrado tan profundamente imbuido en la superstición de los agüeros, como lo muestra esta primera cláusula de la leyenda, que nos recuerda análogos pasajes del Poema del Cid y de la feroz historia de los Infantes de Lara: «Quando el conde don Remond, por mandado del Rey don Alonso, que ganó a Toledo, que era su suegro, ovo de poblar a Avila, en la primera puebla vinieron gran compaña de buenos omes de cinco villas e de Lara, e algunos de Coualeda e de Lara venien delante e ovieron sus aves a entrante de la villa, e aquellos que solian catar de agueros entendieron que eran buenos para poblar alli e fueron poblar en la villa lo más cerca del agua, e los de cinco villas en pos dellos ovieron esas aves mesmas, e Muño Enavemudo que venia con ellos era más agorador e dixo por los que primero llegaron que ouvieron buenas aves, mas que erraron en possar en lo baxo cabe el agua».

No sabemos si valiéndose del manuscrito de Bernal de la Mata, pero coincidiendo en gran parte con sus noticias, escribió el famoso comunero Gonzalo de Ayora su Epílogo de algunas cosas dignas de memoria pertenecientes a la illustre e muy magnifica e muy leal ciudad de Avila, obrilla casi inasequible en su primitiva edición de 1519[611]. Toda la historia fabulosa de Ávila estaba, por consiguiente, inventada y aun en parte divulgada antes del P. Ariz; pero él fué quien la dió los últimos toques, y la presentó con más aparato de erudición, confusa y amañada[612].

Otras historias de reinos y ciudades pudiéramos citar en que entra por mucho el elemento novelesco, pero bastan los dos casos típicos de Barellas y Ariz para dar idea de esta derivación tardía de los libros caballerescos; de este género híbrido y contrahecho, que todavía á fines del siglo XVII cultivaba con ciertas dotes de imaginación y estilo el popularísimo Dr. Lozano en sus Reyes Nuevos de Toledo y otros libros análogos, tan menospreciados por los doctos como amados por el vulgo, y que tantos argumentos suministraron á Zorrilla y otros poetas románticos para sus mejores leyendas.

Verdaderas leyendas ó novelas en verso se componían ya en el siglo XVI sobre episodios históricos nacionales, ora de tradición piadosa, como El Monserrate del capitán Virués, ora de antigüedades romanas, como El León de España de Pedro de la Vecilla Castellanos. Pero la forma y entonación de estos poemas, escritos al modo clásico é italiano, nos retraen ahora de su estudio, que más bien pertenece al tratado de la poesía épica. Sólo una excepción hemos de hacer en favor de Las Havidas del poeta tudelano Jerónimo de Arbolanche ó Arbolanches[613], porque lo raro de su asunto, lo libre y holgado de su ejecución, la variedad de metros en que está escrito, la mezcla de elementos caballerescos y pastoriles que en él caprichosamente se combinan, han hecho que la mayor parte de los eruditos le clasifiquen entre las novelas más bien que entre los poemas con pretensión de heroicos. Es ciertamente un parto de la fantasía novelesca, á la vez que uno de los más curiosos ensayos que se han hecho para poetizar las oscuras tradiciones de la España prehistórica. El asunto está perfectamente elegido, porque es el único mito turdetano que se conserva íntegro en sus rasgos esenciales á través de la narración de Trogo Pompeyo abreviada por Justino (lib. XLIV, cap. IV) y nada impide suponer que pueda ser un vestigio de aquellas antiquísimas epopeyas de que nos habla Strabón. Es fábula muy conocida, porque la mayor parte de nuestros historiadores la reproducen; para traerla á la memoria basta copiar el argumento del libro de Arbolanches: «Gargoris, a quien por fallar el uso de las abejas llamaron Melicola, tuvo un hijo llamado Abido, y hubolo, segun algunos cuentan, en su misma hija, por lo cual el padre, deseoso de que no se sintiese su pecado, echó el niño a las fieras para que se lo comiesen. Como aquéllas no le hiciesen daño señalóle en el brazo y echóle en la mar, imaginando que con el fin del niño no quedaria memoria de su culpa; pero por permision divina, segun Justino cuenta, le echaron las ondas vivo a las riberas. Finalmente, dando en manos de un pastor, fue tanta su prudencia, que, fuera de las ficciones que lleva la poesia, saliendo de pastor tuvo oficio en la casa real de su padre, donde por las señales del brazo fue de su madre conocido, y reinó despues de muerto su padre, siendo el postrero rey antes de la venida de diversas naciones en España, y antes de la seca que cuentan los cronistas».

De este Abidis, pues, rey del Saltus Tartessiorum y uno de los civilizadores de la Bética (puesto que, según Justino, dió leyes á su pueblo y enseñó á uncir los bueyes al arado y á lanzar al surco la semilla de trigo, con lo cual el pueblo de los Cynetas abandonó el agreste alimento que hasta entonces le había nutrido), emprendió Arbolanches contar las aventuras en un poema que dividió en nueve libros. Para dar á su narración cierto color de antigüedad majestuosa y venerable, tuvo el buen instinto de tomar por principal modelo la Odisea, que es sin duda el poema que mejor nos transporta á la vida familiar de las primeras edades humanas. Por desgracia no la leía en su original, sino en la versión del secretario Gonzalo Pérez, estimable para su tiempo por la fidelidad, pero muy tosca y desaliñada en la versificación, si bien su mismo desaliño tiene algunos dejos de rusticidad patriarcal que no desdicen del argumento del poema. Los versos sueltos en que Arbolanches compuso gran parte del suyo no valen más que los de Gonzalo Pérez; pero los versos cortos, que abundan mucho, especialmente en el episodio pastoril de los amores de Abidis (ó Abido) con una zagala, son fáciles, melodiosos y de apacible sencillez, como puede juzgarse por esta canción:

Cantaban las aves
Con el buen pastor
Herido de amor.

Si en la primavera
Canta el ruiseñor,
Tambien el pastor
Que está en la ribera,
Con herida fiera,
Con grande dolor,
Herido de amor.
Los peces gemidos
Dan allá en la hondura,
El viento murmura
En robres crecidos,
Los cuales movidos
Siguen al pastor
Herido de amor.
Las claras corrientes,
Montes y collados,
Praderas y prados,
Cristalinas fuentes,
Estaban pendientes
Oyendo al pastor
Herido de amor.