Pensando vos estou, filha;
Vossa mãe m' está lembrando;
Enchen-se-me os olhos d' agua,
Nella vos estou lavando.
Nascestes, filha, antre magua;
Pera bem inda vos seja!
Pois em vosso nascimento
Fortuna vos houve inveja.
Morto era o contentamento,
Nenhuma alegria ouvistes:
Vossa mãe era finada,
Nós outros eramos tristes.
Nada en dor, em dor creada,
Não sei onde isto ha de ir ter;
Vejo-vos, filha fermosa,
Com olhos verdes crecer.
.............................................
Nāo ouvem fados rezão,
Nem se consentem rogar;
De vosso pãe hei mór dó,
Que de si se ha de queixar.
Eu vos ouvi a vós só,
Primeiro que outrem ninguem;
Não foreis vos, se eu não fora;
Não sei se fiz mal, se bem.
Mas não póde ser, senhora,
Pera mal nenhum nascerdes,
Con esse riso gracioso
Que tendes sob olhos verdes...

Ojos verdes tenía, pues, Aonia, y es la única seña que el poeta ha querido darnos de su misteriosa belleza.

Sospechosa, aunque no sabedora de sus amores, emprende el ama en un largo y prudente razonamiento prevenirla contra los peligros de la pasión; pero el amor triunfa de todo, y Aonia llega á entablar honesta plática con Bimnarder desde la alta ventana de su aposento. Una noche Bimnarder, embelesado con la conversación, resbala y cae en tierra, hiriéndose gravemente; peripecia que ya hemos visto en los amores de Tirante el Blanco y la princesa Carmesina, y que tiene en los de Calixto y Melibea tan trágicas consecuencias. Este accidente hace desbordarse la pasión de Aonia, que fingiendo ir en romería con su confidente Enis (Inés) va á visitar á su amador en la cabaña donde yacía magullado y doliente. Esta rápida entrevista fué el último consuelo que Bimnarder tuvo en esta vida. Lamentor se empeña en casar á su cuñada con el hijo de un caballero muy rico, vecino suyo; ella se resigna después de una resistencia harto breve, y Fileno, su marido, se la lleva á su casa, sin que el mísero Bimnarder supiera nada de esto hasta que vió pasar el cortejo de la boda. Desesperado huyó de aquella tierra, y no volvió á saberse de él.

Tal es la sencilla y lastimera historia que nos cuenta Bernaldim Ribeiro. Menina e Moça no es más que un fragmento, y acaso su autor no quiso que fuese otra cosa. Una novela más larga en el mismo estilo quejumbroso hubiera resultado monótona. Pero no faltó quien la continuase, y en la edición de Évora de 1557, que sirvió de tipo á las posteriores, se añade una Segunda parte d' esta historia das Saudades de Bernaldim Ribeiro: a qual é declaracão da primeira parte d' este livro. Realmente no declara ni explica nada: es un libro de caballerías bastante embrollado, en que se observan algunas reminiscencias del Tristán. Los personajes que intervienen son nuevos en gran parte, y sus nombres parecen anagramas perfectos, por lo cual es de suponer que las aventuras tengan algún fondo histórico, cuya clave se ha perdido. Bimnarder y Aonia quedan muy en segundo término, y apenas se habla de ellos hasta la mitad de la obra, en que sucumben á manos del celoso marido Orphileno, herido también de muerte por Bimnarder. En los veinticuatro primeros capítulos el héroe es Avalor (Álvaro), enamorado de Arima (María), la hija de Lamentor. En los últimos es Tasbian, uno de los dos amigos, que en vez de tener el trágico destino que en la primera parte se anuncia, llega á contraer feliz matrimonio con Romabisa, hermana de Cruelsia. Otras aventuras son retrospectivas y se refieren á Lamentor y sus amores con Belisa, á quien libró del poder de Fabudarán: episodio servilmente imitado del Amadís de Gaula[663].

El editor de Évora no dice que esta segunda parte sea de Bernardim Ribeiro; antes bien insinúa lo contrario, llamando la atención sobre la diferencia entre ambas. Esta diferencia es palpable, no sólo por el género de los lances, no sólo por la rareza de que Bernardim relate la muerte de Bimnarder, esto es la suya propia, pues esto podría ser una ficción poética, sino por las contradicciones que la segunda narración envuelve respecto de la primera, por el cambio no justificado de algunos nombres, como el de Fileno en Orfileno, y sobre todo por la diferencia de carácter, imaginación y estilo entre ambos libros. El primero es una novela subjetiva, un análisis de pasión; el segundo, una novela enteramente externa y de aventuras, que no sale del tipo general de las de su clase, y parece fabricada no con sentimientos personales, sino con reminiscencias literarias. Pero no todo es indigno de Bernardim Ribeiro en esta segunda parte. Acaso el continuador aprovechó fragmentos suyos para los primeros capítulos, que son mucho mejores que los restantes. Algo suyo debe de haber en la historia de Arima y Avalor, que tiene toques muy delicados, y por mi parte me cuesta trabajo creer que no sea suyo el romance inserto en el capítulo XI. Sea de quien fuere, es delicioso. Nada hay en las cinco églogas de nuestro poeta, nada en la de Crisfal de Cristóbal Falcão, nada en la lírica portuguesa de entonces, que tenga el extraño hechizo, la misteriosa vaguedad de este romance de Avalor:

Pela ribeira de um rio—que leva as aguas ao mar,
Vai o triste de Avalor—não sabe se ha de tornar.
As aguas levam seu bem,—elle leva o seu pesar;
E só vai, sem companhia,—que os seus fôra elle leixar;
Cá quem não leva descanço—descança em só caminhar.
Descontra d' onde ia a barca,—se ia o sol a baixar;
Indose abaixando o sol,—escurecia-se o ar;
Tudo se fazia triste—quanto havia de ficar.
Da barca levantam remos,—e ao som de remar
Começaram os romeiros—da barca este cantar:
—«Que frias eram as aguas!—quem as haverá de pasar?»
Dos outros barcos respondem: «quem as haverá de passar?»
Frias são as aguas, frias,—ninguem n' as pode passar;
Senão quem pôs a vontade—donde a não pode tirar.
Tra' la barca lhe vão olhos—quanto o dia da logar:
Não durou muito, que o bem—não pode muito durar.
Vendo o sol posto contr' elle,—não teve mais que pensar;
Soltou redeas ao cavallo—á beira do rio a andar.
A noite era callada—pera mais o magoar,
Que ao compasso dos remos—era o seu suspirar.
Querer contar suas mágoas—seria areias contar;
Quanto mas ia alongando,—se ia alongando o soar.
Dos seus ouvidos aos olhos—a tristeza foi egualar;
Assi como ia a cavallo—foi pela agua dentro entrar.
E dando um longo sospiro—ouvia longe fallar:
Onde mágoas levam olhos,—vão tamben corpo levar.
Mas indo assi por acêrto,—foi c' um barco n' agua dar
Que estava amarrado a terra,—e seu dono era a folgar.
Saltou assi como ia, dentro—e foi a amarra cortar:
A corrente e a maré—acertaram n' o a ajudar.
Não sabem mais que foi d' elle,—nem novas se podem achar:
Suspeitaram que foi morto,—mas não é pera affirmar:
Que o imbarcou ventura,—pera so isso aguardar.
Mais são as mágoas do mar—do que se podem curar.

Para los contemporáneos no fué un misterio que Menina é Moça envolvía una historia real, á pesar de su vaguedad calculada y del triple velo en que la envolvió su autor. Lo indica ya la prohibición inquisitorial, y lo declara explícitamente un deudo del poeta, Manuel de Silva Mascarenhas, que hizo la edición de 1645. «El asunto del libro (dice) son amores de Palacio en aquella edad (la del rey D. Manuel) é historias que verdaderamente acontecieron, disfrazadas debajo de caballerías, que era lo que más en aquel tiempo se usaba escribir. Lo principal de la historia es sobre cosas suyas de cierto amor ausente, cuyas penas le acabaron la vida. Los nombres de los que hablan en este libro son las letras mudadas de los verdaderos con que se escriben, como Narbindel (Bernardim), Avalor (Álvaro), Aonia (Juana), y así los otros. Y como no lo compuso más que para sí, y fue parto de sus altivos y enamorados pensamientos, no se imprimió en vida suya: á su muerte se encontró entre sus papeles».

Cuando Mascarenhas escribía esto debía de estar formada ya la más antigua y poética de las leyendas relativas á Bernardim Ribeiro, la que todavía es popular, la que inspiró un excelente drama al mejor de los poetas portugueses del siglo XIX. Fué el primero en vulgarizar esta leyenda Manuel de Faria y Sousa; pero no creo que él la inventase, pues aunque nimiamente crédulo, rara vez fué primer autor, sino más bien colector curioso y amplificador extravagante de las mil tradiciones y patrañas con que embrolló la historia civil y literaria de Portugal. Dice, pues, hablando de Bernardim Ribeiro, en cierto discurso de los sonetos publicado en su Fuente de Aganipe y Rimas varias (Madrid, 1646):

«Era natural de la villa del Torram, hidalgo de nascimiento y jurista de profesión[664]. Diosse tanto a las amorosas passiones, i tristezas, i soledades, que de noche se quedava algunas veces por los bosques, i a las margenes de los rios, gimiendo y llorando. Resultole esto de aver dado en el desatino de enamorarse profundamente de la Infanta Doña Beatriz, hija del rey D. Manuel, y ella, con irle dando cuerda (burlas de Palacio), le acabó de rematar. Escribio sus eglogas y otros versos a estos amores: i sus prosas intituladas la Menina i Moza, o saudades de Bernardim Ribeiro, despues que perdio de vista a la Infanta, que fue quando la llevaron a su marido, el Duque de Saboya IX en el titulo i III en el nombre de Carlos. Sucedio esta ausencia el año 1521, i a ella escribio él una cancion que empieza así: Desque o meu sol».

En su Europa Portuguesa, publicada en 1679[665], vuelve Faria y Sousa á contar la leyenda de Bernardim, pero esta vez con muchos más pormenores románticos: