En muchas ediciones de la Diana y del Cancionero de Montemayor se halla una larga elegía á su muerte, compuesta por Francisco Marcos Dorantes. En ella se alude, aunque muy embozadamente, al desastroso fin del poeta:

Comienza, Musa mia, dolorosa,
El funesto suceso y desventura,
La muerte arrebatada y presurosa
De nuestro Lusitano...
Mi ronca voz resuene, y lleve el viento
Mis concentos tambien enronquecidos,
Bastantes a mover el firmamento.
De en uno y otro vayan esparcidos,
Dando indicio del crudo y fiero asalto
De gente en gente a todos los nacidos.
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La inexorable Parca y rigurosa
Cortó con gran desden su dulce hilo
Con inmatura muerte y lastimosa...

Nada más se saca en sustancia de esta elegía, que es una imitación muy floja de la bellísima de Ovidio á la muerte de Tibulo. Pero quien aclara por completo el enigma es Fr. Bartolomé Ponce, en la carta dedicatoria que precede á su Clara Diana a lo Divino:

«El año mil quinientos cincuenta y nueve, estando yo en la corte del Rey don Phelipe segundo deste nombre, señor nuestro, por negocios desta mi casa y monesterio de Santa Fe, tractando entre cavalleros cortesanos, vi y lei la Diana de Jorje de Montemayor, la qual era tan acepta quanto yo jamas otro libro en Romance haya visto; entonces tuve entrañable deseo de conocer a su autor, lo qual se me complio tan a mi gusto, que dentro de diez dias se ofrecio tener nos convidados a los dos un caballero muy illustre, aficionado en todo extremo al verso y poesia. Luego se començó a tratar sobre mesa del negocio. Y yo con alegre buen zelo, le comencé a decir quán desseada avia tenido su vista y amistad, si quiera para con ella tomar brio de dezille quán mal gastaba su delicado entendimiento con las demas potencias del alma, ocupando el tiempo en meditar conceptos, medir rimas, fabricar historias y componer libros de amor mundano y estilo prophano. Con medida risa me respondio diciendo: Padre Ponce, hagan los frayles penitencia por todos, que los hijosdalgo armas y amores son su profession. Yo os prometo, señor Montemayor (dixe yo) de con mi rusticidad y gruessa vena componer otra Diana, la qual con toscos garrotazos corra tras la vuestra. Con esto y mucha risa se acabó el convite y nos despedimos; perdone Dios su alma, que nunca mas le vi, antes de alli a pocos meses me dixeron cómo un muy amigo suyo le avia muerto por ciertos celos o amores: justissimos juicios son de Dios, que aquello que mas tracta y ama qualquiera viviendo, por la mayor parte le castiga, muriendo siendo en ofensa de su criador; sino veldo, pues con amores vivió, | y aun con ellos se crió, | en amores se metió, | siempre en ellos contempló, los amores ensalzó, | y de amores escribió, | y por amores murió»[697].

Consta, pues, que Montemayor sucumbió á mano airada en el Piamonte, no sabemos si herido alevosamente ó en desafío. Y sea ó no exacta la fecha de 26 de febrero de 1561, consignada en el prefacio de una edición de la Diana de 1622, no cabe duda que había muerto antes de 1562, en que imprimió Ramírez Pagán su Floresta de varia poesía.

El desastroso fin del poeta contribuyó á aumentar el interés romántico que inspiraban sus versos y su prosa. La Diana fué reimpresa hasta diez y siete veces durante el siglo XVI y ocho en el siguiente[698], continuada tres veces en castellano, parodiada á lo divino, traducida en diversas lenguas, imitada más ó menos por todos los autores de pastorales castellanas y portuguesas, y por algunos de los más ilustres extranjeros, tales como Sidney y d'Urfé. Fué el mayor éxito que se hubiese visto en libros de entretenimiento, después del Amadís y la Celestina. Hoy mismo sobrevive en algún modo á la ruina del género bucólico, y si no se la lee tanto como merece es á lo menos muy citada como obra representativa de un tipo de novela que encantó á Europa siglos enteros. Reimpresa va en esta colección, lo cual nos excusa de hacer aquí un detallado análisis de su argumento, que tampoco ofrecería novedad alguna, puesto que ya fué expuesto con exactitud por Dunlop en su History of fiction[699], y lo ha sido más profunda y detenidamente en una excelente tesis alemana del Dr. Schönherr, de Leipzig[700], y en la monografía inglesa del Dr. Hugo A. Rennert, de la Universidad de Pensylvania, sobre la novela pastoril, trabajo de tanto mérito y conciencia como todos los de este consumado hispanista[701]. Mi propósito se reduce á caracterizar la obra en muy breves rasgos.

Que Montemayor conocía la obra de Bernaldim Ribeiro antes de emprender la suya es cosa que para mí no admite duda. Pudo leerla impresa en la edición de Ferrara de 1554, anterior, según todo buen discurso, á la primera de la Diana. Pudo conocerla antes en las varias copias que de ella circulaban en Portugal. Pero seguramente se inspiró en el cantar del ama de Aonia para escribir el romance que puso en boca de Diana en el libro V, siendo muy significativo que sólo en esta ocasión emplease tal metro:

Cuando yo triste naci,
Luego naci desdichada,
Luego los hados mostraron
Mi suerte desventurada.
El sol escondio sus rayos,
La luna quedó eclipsada,
Murio mi madre en pariendo,
Moza hermosa y mal lograda.
El ama que me dio leche,
Jamas tuvo dicha en nada,
Ni menos la tuve yo
Soltera ni desposada.
Quise bien y fui querida,
Olvidé y fui olvidada;
Esto causó un casamiento
Que a mí me tiene cansada.
Casara yo con la tierra,
No me viera sepultada
Entre tanta desventura,
Que no puede ser contada.
Moza me caso mi padre:
De su obediencia forzada,
Puse a Sireno en olvido,
Que la fe me tenia dada...

Pero salvo esta imitación directa, y el rasgo común de ser entrambas heroínas Diana y Aonia casadas contra su voluntad y amadas por un pastor forastero, no hay otro punto de contacto entre ambas obras. Aun la semejanza en su argumento es más aparente que real, puesto que la acción de Menina e Moça se desenvuelve antes del casamiento y la de la Diana después. La Diana carece del poder afectivo que Menina e Moça tiene. El amor no pasa allí de un puro devaneo sin consistencia: Sireno y Silvano se curan pronto con el agua del olvido que les propina la sabia Felicia, y la pastora Diana, que apenas interviene en la fábula, aunque le da nombre, no es infeliz por los recuerdos de su pasión antigua, sino por los insufribles celos de su marido:

Celos me hacen la guerra
Sin ser en ellos culpada.
Con celos voy al ganado,
Con celos a la majada,
Y con celos me levanto
Contino a la madrugada.
Con celos como a su mesa,
Y en su cama estó acostada:
Si le pido de qué ha celos,
No sabe responder nada.
Jamás tiene el rostro alegre,
Siempre la cara inclinada.
Los ojos por los rincones,
La habla triste y turbada.
¡Cómo vivirá la triste
Que se ve tan mal casada!