Tauriso.
Juntó á la clara fuente
Sentada con su esposo
La pérfida Dïana estaba un día,
Y yo á mi mal presente
Tras un jaral umbroso,
Muriendo de dolor de lo que vía.
Él nada le decía,
Mas con mano grosera
Trabó la delicada
Á torno fabricada
Y estuvo un rato así que no debiera.
Y yo tal cosa viendo,
De ira mortal y fiera envidia ardiendo.
Berardo.
Un día al campo vino,
Aserenando el cielo,
La luz de perfectísimas mujeres,
Las hebras de oro fino
Cubiertas con un velo,
Prendido de dorados alfileres;
Mil juegos y placeres
Pasaba con su esposo,
Yo tras un mirto estaba,
Y vi que él alargaba
La mano al blanco velo, y el hermoso
Cabello quedó suelto,
Y yo de vello en triste miedo envuelto.
No se limitó Gil Polo á cultivar magistralmente casi todos los metros largos y cortos usados en su tiempo, casi todas las combinaciones sin excluir la rima percossa[738] y los tercetos esdrújulos acreditados por el ejemplo de Sannazaro[739], sino que fué un verdadero innovador métrico, que continuando la obra de Boscán y Garcilaso, intentó añadir nuevas cuerdas á la lira castellana. Dos tipos de estrofas líricas introdujo en nuestro Parnaso, dignas entrambas de haberle sobrevivido, aunque apenas han tenido imitadores. Una y otra son curiosas además porque prueban trato íntimo con literaturas poco conocidas ó ya olvidadas en España. Á la una llamó rimas provenzales, á la otra versos franceses. Es de presumir que por poetas provenzales entendiese los catalanes del último tiempo, únicos que es verosímil que hubiese leído; no creo, sin embargo, que abunde en ellos el tipo estrófico usado por dos veces en la Diana. Yo sólo recuerdo uno, no igual en el número de los versos, sí análogo por la combinación de endecasílabos y pentasílabos, en unos versos del notario barcelonés Antonio de Vallmanya, que obtuvo la joya en un certamen de 1457[740]. Los de Gil Polo son encantadores, y parecen nacidos para puestos en música:
Cuando con mil colores devisado
Viene el verano en el ameno suelo,
El campo hermoso está, sereno el cielo,
Rico el pastor y próspero el ganado,
Filomena por árboles floridos
Da sus gemidos,
Hay fuentes bellas,
Y en torno dellas
Cantos suaves
De Ninfas y aves;
Mas si Elvinia de allí sus ojos parte,
Habrá continuo hibierno en toda parte.
Cuando el helado cierzo de hermosura
Despoja hierbas, árboles y flores,
El canto dejan ya los ruiseñores,
Y queda el yermo campo sin verdura,
Mil horas son más largas que los días
Las noches frías,
Espesa niebla
Con la tiniebla
Escura y triste
El aire viste;
Mas salga Elvinia al campo y por doquiera
Renovará la alegre primavera.
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Si Delia en perseguir silvestres fieras,
Con muy castos cuidados ocupada
Va de su hermosa escuadra acompañada
Buscando sotos, campos y riberas;
Napeas y Hamadryadas hermosas,
Con frescas rosas
Le van delante,
Está triunfante
Con lo que tiene;
Pero si viene
Al bosque donde caza Elvinia mía,
Parecerá mejor su lozanía.
Y cuando aquellos miembros delicados
Se lavan en la fuente esclarescida,
Si allí Cintia estuviera, de corrida
Los ojos abajara avergozados,
Por que en la agua de aquella trasparente
Y clara fuente
El mármol fino y peregrino
Con beldad rara
Se figurara,
Y al atrevido Actéon, si la viera,
No en ciervo, pero en mármol convirtiera![741]
Los que Gil Polo llama versos franceses son, como puede suponerse, alejandrinos, quizá los únicos que en todo el siglo XVI se compusieron en España, pero no dispuestos en la horrible forma de pareados, ni en el tetrástrofo monorrimo que nuestros poetas de clerecía usaban en los siglos medios, sino combinados con su hemistiquio, formando una estrofa de mucha amplitud y pompa lírica, que parece forjada sobre el modelo de alguna de las de Ronsard. En este metro compuso Gil Polo el epitalamio de Diana y Sireno, uno de los mejores trozos que hay en la Diana:
De flores matizadas se vista el verde prado,
Retumbe el hueco bosque de voces deleitosas,
Olor tengan más fino las coloradas rosas,
Floridos ramos mueva el viento sosegado.
El río apresurado
Sus aguas acreciente,
Y pues tan libre queda la fatigada gente
Del congojoso llanto,
Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto...
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Casados venturosos, el poderoso cielo
Derrame en vuestros campos influjo favorable,
Y con dobladas crías en número admirable
Vuestros ganados crezcan cubriendo el ancho suelo.
No os dañe el crudo hielo
Los tiernos chivaticos,
Y tal cantidad de oro os haga á entrambos ricos,
Que no sepáis el cuánto.
Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto...
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Remeden vuestras voces las aves amorosas,
Los ventecicos suaves os hagan dulce fiesta,
Alégrese con veros el campo y la floresta,
Y os vengan á las manos las flores olorosas:
Los lirios y las rosas,
Jazmín y flor de Gnido,
La madreselva hermosa y el arrayán florido,
Narciso y amaranto.
Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto...
El primor y lindeza de la mayor parte de las poesías contenidas en la Diana de Gil Polo han hecho que queden algo en la sombra los indisputables méritos de su prosa, muy culta, amena y limada, si bien no dejan de notarse en ella, lo mismo que en los versos, algunos giros y frases propios de la nativa lengua del autor y tal cual italianismo, que desdicen de la pureza con que generalmente escribió el castellano. Tales son las voces tempesta por tempestad y superbos por soberbios, alguna rima falsa por efecto de pronunciación valenciana:
Medres y crescas
En yerbas frescas,