Del enorme Roman de Troie, de Benoît de Sainte-More, tenemos dos traducciones castellanas hechas del francés y otra gallega hecha del castellano. Su respectiva filiación, así como el tiempo en que se tradujeron y las personas para quien los códices se escribieron, constan en las suscripciones finales de una y otra. «Este libro mandó faser (dice la castellana) el muy alto e muy noble e muy escelent rey don Alfonso, fijo del muy noble rey don Fernando e de la Reyna doña Costanza. E fue acabado de escribir e de estoriar en el tiempo que el muy noble rey don Pedro su fijo regnó all cual mantenga Dios al su servicio por muchos tiempos et bonos. Et los sobredichos donde él viene sean heredados en el regno de Dios. Amen. Fecho el libro postremero dia de diziembre. Era de mill et trecientos et ochenta et ocho años. Nicolas Gonçales, escriban de los sus libros, lo escribi por su mandado».
El códice gallego más completo de los dos que se han conservado[228] traduce la suscripción del escribán castellano y añade: «Este liuro foy acabado VIII dias andados do mes de Janeyro, era de mill é quatroçentos et onze años». El que escribió en parte y dirigió en lo demás la copia de este códice fué, según consta en otra suscripción, el clérigo Fernán Martis (¿Martínez?), capellán de Fernán Pérez de Andrade. Es inestimable el valor lingüístico de esta versión (que parece hasta ahora el monumento más antiguo de la prosa literaria gallega); pero ha de tenerse en cuenta que es traducción de traducción, y que abunda por tanto en formas castellanas y francesas. Publicada ya con estricto rigor paleográfico, gracias á los desvelos de D. Andrés Martínez Salazar[229], ofrece abundante y novísima materia al estudio de los filólogos.
Del Canciller Pero López de Ayala dijo Fernán Pérez de Guzmán en sus Generaciones y semblanzas que «por causa dél son conocidos algunos libros que antes no lo eran», contando entre ellos la Historia de Troya. No parece que esto pueda entenderse del poema de Benoît de Sainte-More (Beneyto de Santa María que dijo el intérprete castellano), puesto que ya estaba traducido en 1350 (era 1388), cuando el futuro Canciller no pasaba de los diez y siete años, sino que debe referirse á la crónica latina de Guido de Columna, lo cual también está más de acuerdo con el género de estudios y aficiones propios de Ayala; pero siendo varias las versiones manuscritas de este libro, no parece fácil determinar en cuál de ellas pudo intervenir el Canciller, ni realmente dice su biógrafo que él hiciese la traducción, sino que dió á conocer el libro en Castilla. Pero, de todos modos, no fué obstáculo para que el Roman de Troie volviese á ser traducido por autor anónimo de fines del siglo XIV, que intercaló algunos trozos en verso (á la manera de los lays que se leen en el Tristán y en otras novelas bretonas), dejando con esto marca indeleble del origen poético del libro[230]. Proceden, por el contrario, de la Crónica de Guido de Columna la traducción catalana del protonotario Jaime Conesa, terminada en 18 de junio de 1367[231], y la castellana de Pedro de Chinchilla, emprendida á instancias del primer conde de Benavente, D. Alonso Pimentel, en 1443[232]. La Crónica Troyana, varias veces impresa en el siglo XVIn el nombre de Pedro Núñez Delgado[233], toma á Guido por principal fuente en lo que toca á la leyenda troyana, pero añade otras fábulas mitológicas sacadas de diversos autores[234]. Es probable que utilizase una compilación ya existente análoga al Recueil des histoires de Troye, de Raoul Lefèvre.
Aun hay otras pruebas de la extraordinaria difusión del ciclo troyano en España. El conde D. Pedro recuerda en su Nobiliario las «grandes fazemdas e grandes cavallarias» que hubo en Troya «assy como falla na sa estorea». El cronista de D. Pedro Niño, Gutierre Díaz de Gámez, tomó de un libro que llama de la Conquista de Troya un largo episodio sobre Bruto, supuesto progenitor de los ingleses, y la reina de Armenia, Dorotea, que no está en ninguna de las versiones conocidas y difiere mucho del relato de Godofre de Monmouth, al cual se conforma la crónica impresa. Últimos ecos de esta vivaz leyenda fueron, en pleno siglo XVI, el poema de las Guerras de Troya, de Ginés Pérez de Hita[235], y los dos de Joaquín Romero de Cepeda, El infelice robo de Elena, reyna de Esparta, por Paris Infante Troyano[236], y La antigua memorable y sangrienta destruicion de Troya... á imitacion de Dares, troyano, y Dictys, cretense griego[237]. Los romances semipopulares y relativamente viejos de la reina Elena, de la reina de las Amazonas y de la muerte que dió Pirro á la muy linda Policena, son reminiscencias de la Crónica Troyana, en la cual también se inspiró bizarramente la musa lírica para el Planto de la reina Pantasilea, bella composición atribuida, no sé si con fundamento, al Marqués de Santillana.
Por medio de la escuela erudita del mester de clerecía había penetrado en el siglo XIII la novela bizantina de Apolonio de Tiro, cuyo original griego se ha perdido, pero que tuvo en su forma latina extraordinaria boga, sobre todo después que fué incorporada en el Gesta Romanorum. Menos afortunada entre nosotros que en Inglaterra, donde, después de la Confesio amantis de Gower, suscitó el drama Pericles príncipe de Tiro, atribuido á Shakespeare, quedó enterrada en el viejo poema en versos alejandrinos, que no carece de expresión y gracia narrativa, y sólo á fines del siglo XVI reapareció en el Patrañuelo, de Juan de Timoneda.
La fábula de Psiquis (cambiando el sexo del protagonista), no tomada, según creemos, de Apuleyo, sino del fondo primitivo y misterioso de los cuentos populares, donde permanece viva aún, sirve de principal argumento á la linda novela francesa del siglo XII Partinopeus de Blois. Traducida al castellano, probablemente en el siglo XV, y del castellano al catalán, ha sido muchas veces impresa como libro de cordel en ambas lenguas, y es uno de los mejores relatos de su género, de los más racionalmente compuestos y de los más ingeniosos en los detalles, aunque por acaso no de los más honestos[238]. En todo el cuento se advierte un color clásico muy marcado, y siendo la escena en Constantinopla, puede presumirse que la narración oral fuese recogida allí por algún cruzado. El poemita francés pertenece al siglo XII.
Otro tanto puede decirse de la interesante historia de Flores y Blancaflor, sencilla y tierna novela de dos niños, hijo el uno de un rey sarraceno é hija la otra de una esclava cristiana. El amor que nace en ellos desde la infancia, las peripecias que los separan, sus largas peregrinaciones, el encerramiento de Blancaflor en la torre del emir de Babilonia, donde consigue penetrar el enamorado Flores escondido en una cesta de rosas; el peligro en que se ven los dos amantes de perecer juntos en la hoguera (patética situación análoga á la de Olindo y Sofronia en el episodio del Tasso), forman un conjunto sobremanera agradable, que recuerda, sin exagerarlos, los procedimientos de la novela bizantina de viajes y aventuras; pero con una delicadeza moral que en ella no suele encontrarse, salva la excepción de Heliodoro. Dos poemas franceses del siglo XII, publicados el uno por Bekker y el otro por du Méril, desarrollan con notables variantes este argumento, del cual es también bellísima imitación la novelita (chantefable) de Aucassin y Nicolette, escrita parte en prosa, parte en versos trocaicos asonantados. En todas las literaturas tuvo grandísimo éxito esta ficción[239]; prestó á Boccaccio argumento para su primer libro en prosa italiana Il Filocolo, y entre nosotros era ya conocida á fines del siglo XIII, puesto que la Gran Conquista de Ultramar no sólo la menciona, sino que la presenta ya enlazada con el ciclo carolingio. «Flores libró al rey de Babylonia de mano de sus enemigos quando le dio á Blancaflor por mujer... Estos fueron los mucho enamorados que ya oistes hablar... Según su ystoria lo cuenta». Estas referencias, como tomadas de un libro francés de origen, no prueban que la novela estuviese ya traducida; pero al ver que en la Gran Conquista Flores y Blancaflor (fabulosos abuelos de Carlomagno) son calificados de reyes de Almería, hay que reconocer que había comenzado á españolizarse la leyenda. También la conocía el Arcipreste de Hita:
Ca nunca fue tan leal Blancaflor á Flores,
dice en la cantiga de los clérigos de Talavera. Para Micer Francisco Imperial y otros poetas del Cancionero de Baena, Flores y Blancaflor son prototipo de leales amadores, como otras parejas célebres, Paris y Viana, Tristán é Iseo, Oriana y Amadís. La traducción, varias veces impresa en el siglo XVI, y de la cual es vil extracto el libro de cordel que todavía se expende, debió de hacerse en el siglo XV, como casi todas las de su género, y los nombres son casi los mismos que en el Filocolo de Boccaccio, con el cual tiene también otras semejanzas, que du Méril explica por una fuente común y no por imitación de la novela italiana. Pero no se limita á ella la popularidad de este sabroso cuento en nuestra literatura, pues aunque falta este tema en las antiguas colecciones de romances abundan los nombres de Blancaflor y el conde Flores en la tradición oral de la Península, como lo prueban las muchas versiones recogidas en Portugal, Asturias, Montaña de Santander, Cataluña, Andalucía, en la isla de Madera, en las Azores y hasta en el Brasil. Es cierto que estos romances, designados por los coleccionistas con los varios nombres de Reina y cautiva, Las dos hermanas, etc., conservan sólo una vaga impresión de la leyenda primitiva. Pero sin duda suponen otros más antiguos, en que la fidelidad al tema novelesco sería mayor.
De origen oriental parecen otros dos libros populares que la literatura francesa comunicó á la nuestra, y que todavía siguen reproduciéndose en miserables compendios, al paso que las ediciones góticas se cuentan entre las joyas más preciadas de la bibliografía. Una de ellas es la Historia del muy valiente y esforzado caballero Clamades, hijo del rey de Castilla, y de la linda Claramonda, hija del rey de Toscana, cuyo original francés en prosa, indicado recientemente por el Sr. Foulché-Delbosc[240], es Le livre de Clamades, filz du roy despaigne et de la belle Clermonde... impreso en Lyon por los años de 1480, el cual, como todos los de su especie, procede de un antiguo poema que aquí es Li Roumans de Cleomades, del famoso trovero Adenet le Roi. Gastón Paris considera posible que la fuente inmediata de Adenet haya podido ser española. Se trata, en efecto, de un cuento árabe, que lo mismo pudo entrar por España que por Oriente. Nuestro vulgo le designa con el nombre de historia del caballo de madera, fijándose en el episodio más saliente, que tiene su paradigma en el caballo mágico de las Mil y una noches, y fué parodiado por Cervantes en el episodio de Clavileño. Otro poema francés, el Méliacin, de Gerardo de Amiens, trata el mismo argumento.