Julián ó Julio Iñiguez de Medrano, puesto que de ambos modos se titula en su libro, era un caballero navarro que, después de haber rodado por muchas tierras de España y de ambas Indias, aprendiendo, según dice, «los más raros y curiosos secretos de natura», vivía «en la ermita del Bois de Vincennes», al servicio de la Reina Margarita de Valois. Á estos viajes suyos aluden en términos muy pomposos los panegiristas que en varias lenguas celebraron su libro, comenzando por el poeta regio Juan Daurat ó Dorat (Ioannes Auratus):
Julius ecce Medrana novus velut alter Ulysses,
A variis populis, a varioque mari,
Gemmarum omne genus, genus omne reportat et auri:
Thesaurus nunquam quantus Ulyssis erit.
La verdad es que de tales tesoros da muy pobre muestra su Silva Curiosa, cuya primera y rarísima edición es de 1587[173]. De los siete libros que la portada anuncia, sólo figura en el volumen el primero, que lleva el título de «dichos sentidos y motes breves de amor». Los otros seis hubieron de quedarse inéditos, ó quizá en la mente de su autor, puesto que parecen meros títulos puestos para excitar la curiosidad. El segundo debía tratar de «las yerbas y sus más raras virtudes»; el tercero, de las piedras preciosas; el cuarto, de los animales; el quinto, de los peces; el sexto, de las «aves celestes y terrestres»; el séptimo «descubre los más ocultos secretos de las muieres, y les ofrece las más delicadas recetas». Ni del tratado de los cosméticos, ni de la historia natural recreativa que aquí se prometen, ha quedado ningún rastro, pues aunque lleva el nombre de Julio Iñiguez de Medrano cierta rarísima Historia del Can, del Caballo, Oso, Lobo, Ciervo y del Elefante, que se dice impresa en París, en 1583, este libro no es más que un ejemplar, con los preliminares reimpresos, del libro Del can y del caballo que había publicado en Valladolid el protonotario Luis Pérez en 1568, sin que para nada se hable del oso ni de los demás animales citados en la portada[174]. La superchería que Medrano usó apropiándose este libro para obsequiar con él, no desinteresadamente sin duda, al Duque de Epernon, da la medida de su probidad literaria, que acaba de confirmarse con la lectura de la Silva, especie de cajón de sastre, con algunos retales buenos, salteados en ajenas vestiduras. No sería difícil perseguir el origen de las «letras y motes», de las preguntas, proverbios y sentencias morales; pero limitándonos á lo que salta á la vista en cuanto se recorren algunas páginas de la Silva, vemos que Medrano estampa su nombre al principio de un trozo conocidísimo de Cristóbal de Castillejo en su Diálogo de las condiciones de las mujeres y da por suyo de igual modo aquel soneto burlesco atribuido á D. Diego de Mendoza y que realmente es de Fray Melchor de la Serna:
Dentro de un santo templo un hombre honrado...
Tales ejemplos hacen sospechar de la legítima paternidad de sus versos. Y lo mismo sucede con la prosa. Casi todos los «dichos sentidos, agudas respuestas, cuentos muy graciosos y recreativos, y epitafios curiosos» que recoge en la segunda parte de la Silva, habían figurado antes en otras florestas, especialmente en el Sobremesa de Timoneda, del cual copia literalmente nada menos que cuarenta cuentos, con otros cinco de Juan Aragonés[175].
Hay, sin embargo, en el libro dos narraciones tan mal forjadas y escritas, que sin gran escrúpulo pueden atribuirse al mismo Julián de Medrano. Una es cierta novela pastoril de Coridón y Silvia; y aun en ella intercaló versos ajenos, como la canción de Francisco de Figueroa:
Sale la aurora, de su fértil manto
Rosas suaves esparciendo y flores...
La otra, que tiene algún interés para la historia de las supersticiones populares, es un largo cuento de hechicerías y artes mágicas, que el autor supone haber presenciado yendo en romería á Santiago de Galicia.
No es inverosímil que Lope de Vega, que lo leía todo y de todo sacaba provecho para su teatro, hubiese encontrado entre los ejemplos de la Silva Curiosa el argumento de su comedia Lo que ha de ser, aunque al fin de ella alega «las crónicas africanas».
Dice así el cuentecillo de la Silva, que no tengo por original, aunque hasta ahora no puedo determinar su fuente: