Carlomagno envía pregones á todas las ciudades, villas y lugares de su reino, ofreciendo 100.000 escudos de oro á quien entregue á los fugitivos. «Y como llegase á oídos del desdichado Milón de Anglante, andaba con su amada Berta silvestre, incógnito y temeroso; caminando por ásperos montes y profundos valles, pedregosos caminos y abrojosos senderos; vadeando rápidos y presurosos ríos; durmiendo sobre duras rayces de los toscos y silvestres árboles, teniendo por lecho sus frondosas ramas; los que estaban acostumbrados á pasear y á dormir en entoldados palacios, arropados de cebellinas ropas, comiendo costosísimos y delicados manjares, ignorantes de la inclemencia de los elementos... y assi padeciendo infinitos trabajos, salieron de todo el Reyno de Francia y entraron en el de Italia... Mas sintiéndose ella agravada de su preñez y con dolores del parto, se quedaron en el campo, en una oscura cueva, lexos una milla de la ciudad de Sena en la Toscana... Y á la mañana, al tiempo que el hijo de Latona restauraba la robada color al mustio campo, salió de la cueva Milón de Anglante á buscar por las campestres granjas algun mantenimiento, ropas y pañales para poder cubrir la criatura». Durante esta ausencia de su marido, Berta «parió con mucha facilidad un niño muy proporcionado y hermoso, el cual, así como nació del vientre de su madre, fué rodando con el cuerpo por la cueva, por estar algo cuesta abaxo». Por eso su padre, que llegó dos horas después, le llamó Rodando (sic), y «de allí fué corrompido el nombre y lo llaman Orlando».
Hasta aquí las variantes son pocas, pero luego se lanza la fantasía del autor con desenfrenado vuelo. Milón perece ahogado al cruzar un río, y Eslava no nos perdona la lamentación de Berta, que se compara sucesivamente con Dido abandonada por Eneas, con Cleopatra después de la muerte de Marco Antonio, con Olimpia engañada por el infiel Vireno. Hay que leer este trozo para comprender hasta qué punto la mala retórica puede estropear las más bellas invenciones del genio popular. Lo que sigue es todavía peor: el sueño profético de Berta pareció, sin duda, al novelista, muy tímida cosa, y le sustituye con la aparición de una espantable sierpe, que resulta ser una princesa encantada hacía dos mil años por las malas artes del mágico Malagis, el cual la había enseñado «el curso de los cielos móviles, y la influencia y constelacion de todas las estrellas, y por ellas los futuros sucesos y la intrínseca virtud de las hierbas, y otra infinidad de secretos naturales».
Contrastan estas ridículas invenciones con el fondo de la narración, que en sustancia es la de los Reali, sin omitir los pormenores más característicos, por ejemplo, la confección del vestido de Orlando con paño de cuatro colores: «Y así un dia los mochachos de Sena, viéndolo casi desnudo, incitados del mucho amor que le tenían, se concertaron de vestirle entre todos, y para eso los de una parroquia ó quartel le compraron un pedazo de paño negro, y los de las otras tres parroquias ó quarteles otros tres pedazos de diferentes colores, y así le hizieron un vestido largo de los cuatro colores, y en memoria desto se llamaba Orlando del Quartel; y no se contentaba con sólo esto, antes más se hacía dar cierta cantidad de moneda cada dia, que bastase á sustentar á su madre, pues era tanto el amor y temor que le tenían, que hurtaban los dineros los mochachos á sus padres para dárselos á trueque de tenerlo de su bando».
La narración prosigue limpia é interesante en el lance capital de la mesa de Carlomagno. «Estando, pues, en Sena, en su real palacio, acudian á él á su tiempo muchos pobres por la limosna ordinaria de los Reyes, y entre ellos el niño Orlando... el qual como un dia llegase tarde... se subió á palacio, y con mucha disimulacion y atrevimiento entró en el aposento donde el Emperador estaba comiendo, y con lento paso se allegó á la mesa y asió de un plato de cierta vianda, y se salió muy disimulado, como si nadie lo hubiera visto, y así el Emperador gustó tanto de la osadía del mochacho, que mandó á sus caballeros le dexasen ir y no se lo quitasen; y así fué con él á su madre muy contento y pensando hacerla rica... El segundo dia, engolosinado del primero, apenas se soltó de los brazos de su madre, cuando fué luego á Sena y al palacio del Emperador y llegó á tiempo que el Emperador estaba comiendo, y entrando en su aposento, nadie le estorbó la entrada habiendo visto que el Emperador gustó dél la primera vez, y fuese allegando poco á poco á su mesa, y el Emperador, disimulando, quiso ver el ánimo del mochacho, y al tiempo que el mochacho quiso asir de una rica fuente de oro, el Emperador echó una grande voz, entendiéndole atemorizar con ella; mas el travieso de Orlando, con ánimo increible le asió con una mano de la cana barba y con la otra tomó la fuente, y dixo al Emperador con semblante airado: «No bastan voces de Reyes á espantarme», y fuese, con la fuente, de palacio; mandando el Emperador le siguiesen cuatro caballeros, sin hacerle daño, hasta do parase, y supiesen quién era».
La escena del reconocimiento está dilatada con largas y pedantescas oraciones, donde se cita á Tucídides y otros clásicos; todo lo cual hace singular contraste con la brutalidad de Carlomagno, que da á su hermana un puntillazo y la derriba por el suelo, provocando así la justa cólera de Orlando. Al fin de la novela vuelve el autor á extraviarse, regalándonos la estrafalaria descripción de un encantado palacio del Piamonte, donde residía cada seis meses, recobrando su forma natural, la hermosísima doncella condenada por maligno nigromante á pasar en forma de sierpe la otra mitad del año. ¿Quién no ve aquí una reminiscencia de la Melusina de Juan de Arras, traducida ya al castellano en el siglo XV?[261].
Si las dos novelas de Antonio de Eslava que hasta ahora llevamos examinadas despiertan la curiosidad del crítico como degenerada expresión del ideal caballeresco ya fenecido, un género de interés muy distinto se liga al capítulo 4.º de la Primera noche, en que el doctor Garnett y otros eruditos ingleses modernos han creído ver el germen del drama fantástico de Shakespeare La Tempestad, que es como el testamento poético del gran dramaturgo[262]. Ya antiguos comentadores, como Malone, habían insinuado la especie de una novela española utilizada por Shakespeare en esta ocasión, pero seguramente habían errado la pista fijándose en Aurelio é Isabela, ó sea en la Historia de Grisel y Mirabella de Juan de Flores, que ninguna relación tiene con tal argumento. Más razonable ha sido buscarle en la historia que Antonio de Eslava escribió de «la soberbia del Rey Niciphoro y incendio de sus naves, y la Arte Magica del Rey Dardano». Como esta fábula no ha entrado todavía en la común noticia, por ser tan raro el libro que la contiene, procede dar aquí alguna idea de ella.
El Emperador de Grecia Nicéforo, hombre altivo, soberbio y arrogante, exigió del Rey Dárdano de Bulgaria su vecino que le hiciese donación de sus estados para uno de sus hijos. Dárdano, que sólo tenía una hija llamada Serafina, se resistió á tal pretensión, á menos que Nicéforo consintiese en la boda de su primogénito con esta princesa. El arrogante Nicéforo no quiso avenirse á ello, é hizo cruda guerra al de Bulgaria, despojándole de su reino por fuerza de armas. «Bien pudiera el sabio Rey Dardano vencer á Niciphoro si quisiera usar del Arte Magica, porque en aquella era no avia mayor nigromántico que él, sino que tenía ofrecido al Altissimo de no aprovecharse della para ofensa de Dios ni daño de tercero... Y assi viéndose fuera de su patria y reynos, desamparado de sus exercitos, y de los cavalleros y nobles dél, y ageno de sus inestimables riquezas, desterrado de los lisonjeros amigos, sin auxilio ni favor de nadie, se ausentó con su amada hija...».
Retírase, pues, con ella á un espeso bosque, y después de hacer un largo y filosófico razonamiento sobre la inconstancia y vanidad de las cosas del mundo, la declara su propósito de apartarse del trato y compañía de los hombres, fabricando con su arte mágica «un sumptuoso y rico palacio, debaxo del hondo abismo del mar, adonde acabemos y demos fin á esta caduca y corta vida, y adonde estemos con mayor quietud y regalo que en la fertil tierra». Préstase de mejor ó peor grado Serafina, con ser tan bella y moza, á lo que de ella exige su padre, el cual confirma con tremendos juramentos «al eterno Caos» su resolución de huir «de la humana contratacion de este mundo».
«Y andando en estas razones, llegaron á la orilla del mar, adonde halló una bien compuesta barca, en la qual entraron, asiendo el viejo rey los anchos remos, y rompiendo con ellos la violencia de sus olas, se metió dentro del Adriático golfo, y estando en él, pasó la ligera barca, sacudiendo á las aguas con una pequeña vara, por la qual virtud abrió el mar sus senos á una parte y otra, haziendo con sus aguas dos fuertes muros, por donde baxó la barca á los hondos suelos del mar, tomando puerto en un admirable palacio, fabricado en aquellos hondos abismos, tan excelente y sumptuoso quanto Rey ni Principe ha tenido en este mundo». Hago gracia á mis lectores de la absurda descripción de este palacio, pero lo que no puede ni debe omitirse es que la hermosa Serafina era «con arte mágica servida de muchas Sirenas, Nereydes, Driadas y Ninfas marinas, que con suaves y divinas musicas suspendian á los oyentes».
Así pasaron dos años, pero, á pesar de tantos cánticos, músicas y regalos, algo echaba de menos la bella Serafina, y un día se atrevió á confesárselo al rey Dárdano: «Si en todas las cosas hay, amado padre, un efecto del amor natural, no es mucho, ni de admirar, que en esta vuestra solitaria hija obre los mismos efectos el mismo amor. Por algo deshonesta me tendreys con estas agudas razones, mas fuerçame a dezirlas el verme sin esperança alguna de humana conversacion, metida y encarcelada en estos hondos abismos; y assi os pido y suplico, ya que permitís que muera y fenezca mi joventud en estos vuestros Magicos Palacios, que me deys conforme a mi estado y edad un varon illustre por marido». El viejo rey Dárdano, vencido de las eficaces razones de su hija, promete casarla conforme á su dignidad y estado.