HIERÓNYMO SANT PERE,
Á GEORGE DE MONTEMAYOR
Soneto.
Parnaso monte, sacro y celebrado:
museo de Poetas deleytoso,
venido a parangon con el famoso
paresceme que estás desconsolado.
—Estoylo, y con razon; pues se han passado
las Musas, y su toro glorioso,
á este que es mayor monte dichoso,
en quien mi fama, y gloria se han mudado.
Dichosa fué en extremo su Diana,
pues para ser del orbe más mirada
mostró en el monte excelso su grandeza.
Allí vive en su loa soberana,
por todo el uniuerso celebrada,
gozando celsitud, que es más que alteza.
ARGVMENTO DESTE LIBRO
En los campos de la principal y antigua ciudad de Leon, riberas del rio Ezla, huuo una pastora llamada Diana, cuya hermosura fué extremadissima sobre todas las de su tiempo. Esta quiso y fue querida en extremo de un pastor llamado Sireno: en cuyos amores hubo toda la limpieza, y honestidad possible. Y en el mismo tiempo, la quiso más que si, otro pastor llamado Syluano, el qual fué de la pastora tan aborrecido, que no auia cosa en la uida á quien peor quisiesse. Sucedió pues, que como Sireno fuesse forçadamente fuera del reyno, a cosas que su partida no podía escusarse, y la pastora quedase muy triste por su ausencia, los tiempos y el coraçon de Diana se mudaron; y ella se casó con otro pastor llamado Delio, poniendo en oluido el que tanto auia querido. El qual, viniendo despues de un año de ausencia, con gran desseo de ver á su pastora, supo antes que llegasse como era ya casada. Y de aqui comiença el primero libro, y en los demás hallaran muy diuersas historias, de casos que verdaderamente han succedido, aunque van disfraçados debaxo de nombres y estilo pastoril[1210].
LIBRO PRIMERO
DE LA DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
Baxaua de las montañas de Leon el oluidado Sireno, á quien amor, la fortuna, el tiempo, tratauan de manera, que del menor mal que en tan triste uida padescía, no se esperaua menos que perdella. Ya no lloraua el desuenturado pastor el mal que la ausencia le prometia, ni los temores de oluido le importunauan, porque vía cumplidas las prophecías de su recelo, tan en perjuyzio suyo, que ya no tenía más infortunios con que amenazalle. Pues llegando el pastor a los verdes y deleitosos prados, que el caudaloso rio Ezla con sus aguas va regando, le vino a la memoria el gran contentamiento de que en algun tiempo allí gozado auia: siendo tan señor de su libertad, como entonces subjecto a quien sin causa lo tenía sepultado en las tinieblas de su oluido. Consideraua aquel dichoso tiempo que por aquellos prados, y hermosa ribera apascentaua su ganado, poniendo los ojos en solo el interesse que de traelle bien apascentado se le seguía, y las horas que le sobrauan gastaua el pastor en solo gozar del suaue olor de las doradas flores, al tiempo que la primauera, con las alegres nueuas del uerano, se esparze por el uniuerso; tomando a uezes su rabel, que muy polido en un çurron siempre traíaces una çampoña, al son de la qual componía los dulces versos con que de las pastoras de toda aquella comarca era loado. No se metia el pastor en la consideracion de los malos, o buenos successos de la fortuna, ni en la mudança y uariacion de los tiempos; no le passaua por el pensamiento la diligencia, y codicias del ambicioso cortesano, ni la confiança y presuncion de la Diana celebrada por solo el uoto y parescer de sus apassionados: tampoco le daua pena la hinchaçon, y descuydo del orgulloso priuado. En el campo se crió, en el campo apascentaua su ganado, y ansi no salian del campo sus pensamientos, hasta que el crudo amor tomó aquella possession de su libertad, que él suele tomar de los que más libres se imaginan. Venia pues el triste Sireno los ojos hechos fuentes, el rostro mudado, y el coraçon tan hecho a sufrir desuenturas, que si la fortuna le quisiera dar algun contento fuera menester buscar otro coraçon nueuo para recebille. El uestido era de un sayal tan aspero como su uentura, un cayado en la mano, un çurron del brazo yzquierdo colgando. Arrimose al pie de un haya, començo a tender sus ojos por la hermosa ribera, hasta que llegó con ellos al lugar donde primero auia uisto la hermosura, gracia, honestidad de la pastora Diana, aquella en quien naturaleza sumó todas las perfeciones, que por muchas partes auia repartido. Lo que su coraçon sintio imaginelo aquel que en algun tiempo se halló metido entre memorias tristes. No pudo el desuenturado pastor poner silencio á las lagrimas, ni escusar los sospiros que del alma le salian. Y boluiendo los ojos al cielo, començo a dezir desta manera: ¡Ay, memoria mia! enemiga de mi descanso, no os ocuparades mejor en hazer me oluidar desgustos presentes, que en ponerme delante los ojos contentos passados? ¿Qué dezis, memoria? Que en este prado vi á mi señora Diana. Que en el comence a sentir lo que no acabaré de llorar. Que junto a aquella clara fuente, cercada de altos y verdes sauces, con muchas lagrimas algunas vezes me juraua, que no auia cosa en la vida, ni noluntad de padres, ni persuasion de hermanos, ni importunidad de parientes que de su pensamiento le[1211] apartasse. Y que quando esto dezia, salian por aquellos hermosos ojos vnas lagrimas, como orientales perlas, que parescian testigos de lo que en el coraçon le quedaua, mandandome só pena de ser tenido por hombre de baxo entendimiento, que creyesse lo que tantas vezes me dezia. Pues espera vn poco, memoria, ya que me aueis puesto delante los fundamentos de mi desuentura (que tales fueron ellos, pues el bien que entonces passé, fué principio del mal que ahora padezco) no se os oluiden, para templar me este descontento, de poner me delante los ojos vno a vno, los trabajos, los desassossiegos, los temores, los recelos, las sospechas, los celos, las desconfianças, que aun en el mejor estado no dexan al que verdaderamente ama. ¡Ay, memoria, memoria, destruydora de mi descanso! ¡quan cierto está responder me, qu'el mayor trabajo que en estas consideraciones se passaua, era muy pequeño, en comparacion del contentamiento que a trueque dél recebia; Vos, memoria, teneis mucha razon, y lo peor dello es tenella tan grande. Y estando en esto, sacó del seno un papel, donde tenia embueltos vnos cordones de seda verde y cabellos[1212] y poniéndolos sobre la verde yerua, con muchas lagrimas sacó su rabel, no tan loçano como lo traía al tiempo que de Diana era fauorescido, y començo a cantar lo siguiente:
¡Cabellos, quanta mudança
he visto despues que os vi
y quan mal paresce ahí
esta color de esperança!
Bien pensaua yo cabe ellos
(aunque con algun temor)
que no fuera otro pastor
digno de verse cabe ellos.
¡Ay, cabellos, quantos dias
la mi Diana miraua,
si os traya, ó si os dexaua,
y otras cien mil niñerias!
Y quantas vezes llorando
¡ay!, lagrimas engañosas,
pedia celos, de cosas
de que yo estaua burlando.
Los ojos que me matauan,
dezid, dorados cabellos,
¿que culpa tuue en creellos,
pues ellos me assegurauan?
¿No vistes vos que algun dia,
mil lagrimas derramaua
hasta que yo le juraua,
que sus palabras creya?
¿Quien vió tanta hermosura
en tan mudable subjecto?
y en amador tan perfecto,
quien vio tanta desuentura?
Oh, cabellos ¿no os correys,
por venir de ado venistes,
viendo me como me vistes
en uerme como me veys?
Sobre el arena sentada
de aquel rio la ui yo
do con el dedo escriuió:
antes muerta, que mudada.
Mira el amor lo que ordena,
que os uiene hazer creer
cosas dichas por mujer,
y escritas en el arena.
No acabara tan presto Sireno el triste canto, si las lagrimas no le fueran a la mano, tal estaua como aquel a quien fortuna tenia atajados todos los caminos de su remedio. Dexó caer su rabel, toma los dorados cabellos, bueluelos a su lugar, diziendo: ¡Ay, prendas de la más hermosa, y desleal pastora, que humanos ojos pudieron ver! Quan a vuestro saluo me aueis engañado. ¡Ay, que no puedo dexar de veros, estando todo mi mal en aueros visto! Y quando del çurron sacó la mano, acaso topó con una carta, que en tiempo de su prosperidad Diana le auia embiado; y como lo vio, con vn ardiente sospiro que del alma le salia, dixo: ¡Ay, carta, carta, abrasada te vea, por mano de quien mejor lo pueda hazer que yo, pues jamas en cosa mia pude hazer lo que quisiesse; malhaya quien ahora te leyere! Mas ¿quien podra hazerlo? Y descogiendola vio que dezia: