Regad el venturoso y fértil suelo,
corrientes aguas, puras y abundosas,
dad á las hierbas y árboles consuelo,
y frescas sostened flores y rosas;
y ansí con el favor del alto cielo
tendré yo mis riberas tan hermosas,
que grande envidia habrán de mi corona
el Pado, el Mincio, el Rhódano y Garona.
Mientras andáis el curso apressurando,
torciendo acá y allá vuestro camino,
el Valentino suelo hermoseando
con el licor sabroso y cristalino,
mi flaco aliento y débil esforzando,
quiero con el espíritu adevino
cantar la alegre y próspera ventura
que el cielo á vuestros campos assegura.
Oidme, claras Nimphas y pastores,
que sois hasta la Arcadia celebrados:
no cantaré las coloradas flores,
la deleitosa fuente y verdes prados,
bosques sombríos, dulces ruiseñores,
valles amenos, montes encumbrados,
mas los varones célebres y extraños
que aquí serán después de largos años.
De aquí los dos pastores estoy viendo
Calixto y Alexandre, cuya fama,
la de los grandes Césares venciendo,
desde el Atlante al Mauro se derrama:
á cuya vida el cielo respondiendo,
con una suerte altíssima los llama,
para guardar del báratro profundo
cuanto ganado pasce en todo el mundo.
De cuya ilustre cepa veo nascido
aquél varón de pecho adamantino,
por valerosas armas conoscido,
Cesar romano y Duque valentino,
valiente corazón, nunca vencido,
al cual le aguarda un hado tan malino,
que aquél raro valor y ánimo fuerte
tendrá fin con sangrienta y cruda muerte.
La mesma ha de acabar en un momento
al Hugo, resplandor de los Moncadas,
dejando ya con fuerte atrevimiento
las mauritanas gentes subjectadas:
ha de morir por Carlos muy contento,
después de haber vencido mil jornadas,
y pelear con poderosa mano
con el francés y bárbaro africano.
Mas no miréis la gente embravescida
con el furor del iracundo Marte:
mirad la luz que aquí veréis nascida,
luz de saber, prudencia, genio y arte;
tanto en el mundo todo esclarescida,
que ilustrará la más oscura parte:
Vives, qué vivirá, mientras al suelo
lumbre ha de dar el gran señor de Delo.
Cuyo saber altíssímo heredando
el Honorato Juan, subirá tanto,
que á un alto rey las letras enseñando,
dará á las sacras Musas grande espanto;
parésceme que ya le está adornando
el obispal cayado y sacro manto:
ojalá un mayoral tan excelente
sus greyes en mis campos apasciente.
Cuasi en el mesmo tiempo ha de mostrarse
Núñez, que en la doctrina en tiernos años
al grande Stagyrita ha de igualarse,
y ha de ser luz de patrios y de extraños:
no sentiréis Demósthenes loarse
orando él. ¡Más, ay, ciegos engaños!
¡ay, patria ingrata, á causa tuya siento
que orillas de Ebro ha de mudar su assiento!
¿Quién os dirá la excelsa melodía,
con que las dulces voces levantando,
resonarán por la ribera mía
poëtas mil? Ya estoy de aquí mirando
que Apolo sus favores les envía,
porque con alto espíritu cantando,
hagan que el nombre de este fértil suelo
del uno al otro polo extienda el vuelo.
Ya veo al gran varón que celebrado
será con clara fama en toda parte,
que en verso al rojo Apolo está igualado
y en armas está al par del fiero Marte:
Ausías March, que á tí, florido Prado,
Amor, Virtud y Muerte ha de cantarte,
llevando por honrosa y justa empresa
dar fama á la honestíssima Teresa.
Bien mostrará ser hijo del famoso
y grande Pedro March, que en paz y en guerra,
docto en el verso, en armas poderoso,
dilatará la fama de su tierra;
cuyo linaje ilustre y valeroso,
donde valor claríssimo se encierra,
dará un Jáime y Arnau, grandes poëtas,
á quien son favorables los planetas.
Jorge del Rey con verso aventajado
ha de dar honra á toda mi ribera,
y siendo por mis Nimphas coronado
resonará su nombre por do quiera;
el revolver del cielo apressurado
propicio le será de tal manera,
que Italia de su verso terná espanto
y ha de morir de envidia de su canto.
Ya veo, Franci Oliver, que el cielo hieres
con voz que hasta las nubes te levanta,
y á ti también, claríssimo Figueres,
en cuyo verso habrá lindeza tanta;
y á tí, Martín García, que no mueres,
por más que tu hilo Lachesis quebranta;
Innocent de Cubells, también te veo
que en versos satisfaces mi deseo.
Aquí tendréis un gran varón, pastores,
que con virtud de hierbas escondidas
presto remediará vuestros dolores
y enmendará con versos vuestras vidas:
pues, Nimphas, esparcid hierbas y flores
al grande Jaime Roig agradescidas,
coronad con laurel, serpillo y apio
el gran siervo de Apolo y de Esculapio.
Y al gran Narcis Viñoles, que pregona
su gran valor con levantada rima,
tejed de verde lauro una corona,
haciendo al mundo pública su estima;
tejed otra á la altíssima persona,
que el verso subirá á la excelsa cima,
y ha de igualar al amador de Laura,
Crespi celebradíssimo Valldaura.
Parésceme que veo un excelente
Conde, que el claro nombre de su Oliva
hará que entre la extraña y patria gente,
mientras que mundo habrá, florezca y viva;
su hermoso verso irá resplandesciente
con la perfecta lumbre, que deriva
del encendido ardor de sus Centellas,
que en luz competirán con las estrellas.
Nimphas, haced del resto, cuando el cielo
con Juan Fernández os hará dichosas,
lugar no quede en todo aqueste suelo,
do no sembréis los lirios y las rosas;
y tú, ligera Fama, alarga el vuelo,
emplea aquí tus fuerzas poderosas,
y dale aquel renombre soberano
que diste al celebrado Mantuano.
Mirando estoy aquel poëta raro
Jaime Gazull, que en rima valentina
muestra el valor del vivo ingenio y claro
que á las más altas nubes se avecina;
y el Fenollar que á Tityro acomparo,
mi consagrado espíritu adevina,
que resonando aquí su dulce verso
se escuchará par todo el universo.
Con abundosos cantos del Pineda
resonarán también estas riberas,
con cuyos versos Pan vencido queda,
y amansan su rigor las tigres fieras;
hará que su famoso nombre pueda
subir á las altíssimas espheras:
por éste mayor honra haber espero,
que la soberbia Smyrna por Homero.
La suavidad, la gracia y el assiento
mirad con que el gravíssimo Vicente
Ferrandis mostrará el supremo aliento,
siendo en sus claros tiempos excelente:
pondrá freno á su furia el bravo viento,
y detendrán mis aguas su corriente
oyendo al son armónico y suave
de su gracioso verso, excelso y grave.
El cielo y la razón no han consentido,
que hable con mi estilo humilde y llano
del escuadrón intacto y elegido
para tener oficio sobrehumano,
Fernan, Sans, Valdellos y el escogido
Cordero, y Blasco ingenio soberano,
Gacet, lumbres más claras que la Aurora,
de quien mi canto calla por agora.
Cuando en el grande Borja, de Montesa
Maestre tan magnánimo imagino,
que en versos y en cualquier excelsa empresa
ha de mostrar valor alto y divino,
parésceme que más importa y pesa
mi buena suerte y próspero destino,
que cuanta fama el Tíber ha tenido,
por ser allí el gran Rómulo nascido.
A ti del mismo padre y mismo nombre
y misma sangre altíssima engendrado,
claríssimo Don Juan, cuyo renombre
será en Parnasso y Pindo celebrado,
pues ánimo no habrá que no se assombre
de ver tu verso al cielo levantado;
las Musas de su mano en Helicona
te están aparejando la corona.
Con sus héroes el gran pueblo Romano
no estuvo tan soberbio y poderoso,
cuanto ha de estar mi fértil suelo ufano,
cuando el magno Aguilón me hará dichoso,
que en guerra y paz consejo soberano,
verso subtil, y esfuerzo valeroso,
le han de encumbrar en el supremo estado
donde Maron ni Fabio no han llegado.
Al Seraphin centellas voy mirando,
que el canto altivo y militar destreza
á la región etérea sublimando,
al verso añadirá la fortaleza,
y en un extremo tal se irá mostrando
su habilidad, su esfuerzo y su nobleza,
que ya comienza en mí el dulce contento
de su valor y gran merescimiento.
A Don Luis Millán recelo y temo
que no podré alabar como deseo,
que en música estará en tan alto extremo,
que el mundo le dirá segundo Orpheo;
tendrá estado famoso, y tan supremo,
en las heroicas rimas, que no creo
que han de poder nombrársele delante
Cino Pistoya y Guido Cavalcante.
A tí, que alcanzarás tan larga parte
del agua poderosa de Pegaso,
á quien de poesía el estandarte
darán las moradoras de Parnasso,
noble Falcón, no quiero aquí alabarte,
porque de ti la fama hará tal caso,
que ha de tener particular cuidado
que desde el Indo al Mauro estés nombrado.
Semper loando el ínclito imperante
Carlos, gran rey, tan grave canto mueve,
que aunque la fama al cielo le levante,
será poco á lo mucho que le debe;
veréis que ha de passar tan adelante
con el favor de las hermanas nueve,
que hará con famosíssimo renombre
que Hesiodo en sus tiempos no se nombre.
Al que romanas leyes declarando,
y delicados versos componiendo,
irá al sabio Licurgo aventajando
y al veronés poeta antecediendo,
ya desde aquí le estoy pronosticando
gran fama en todo el mundo, porque entiendo
que cuando de Oliver se hará memoria
ha de callar antigua y nueva historia.
Nymphas, vuestra ventura conosciendo,
haced de interno gozo mil señales,
que casi ya mi espíritu está viendo
que aquí están dos varones principales:
el uno militar, y el otro haciendo
cobrar salud á míseros mortales,
Siurana y el Ardévol, que levantan
al cielo el verso altíssimo que cantan.
¿Queréis ver un juicio agudo y cierto
un general saber, un grave tiento?
¿queréis mirar un ánimo despierto,
un sossegado y claro entendimiento?
¿queréis ver un poético concierto,
que en fieras mueve blando sentimiento?
Phelippe Catalán mirad, que tiene
posessión de la fuente de Hipocrene.
Veréis aquí un ingenio levantado,
que gran fama ha de dar al campo nuestro,
de soberano espíritu dotado,
y en toda habilidad experto y diestro,
el Pellicer, doctísimo letrado,
y en los poemas único maestro,
en quien han de tener grado excessivo
grave saber y entendimiento vivo.
Mirad aquel, en quien pondrá su assiento
la rara y general sabiduría;
con este Orpheo muestra estar contento,
y Apolo influjo altíssimo le envía;
dale Minerva grave entendimiento,
Marte nobleza, esfuerzo y gallardía:
hablo del Romaní, que ornado viene
de todo lo mejor que el mundo tiene.
Dos soles nascerán en mis riberas
mostrando tanta luz como el del cielo;
habrá en un año muchas primaveras,
dando atavío hermoso el fértil suelo,
no se verán mis sotos y praderas
cubiertos de intractable y duro hielo,
oyéndose en mi selva ó mi vereda
los versos de Vadillo y de Pineda.
Los metros de Artieda y de Clemente
tales serán en años juveniles,
que los de quien presume de excelente,
vendrán á parescer bajos y viles:
ambos tendrán entre la sabia gente
ingenios sossegados y subtiles,
y prometernos han sus tiernas flores
fructos entre los buenos los mejores.
La fuente que á Parnasso hace famoso
será á Juan Pérez tanto favorable,
que de la Tana al Gange caudaloso
por siglos mil tendrá nombre admirable;
ha de enfrenarse el viento pressuroso,
y detenerse ha el agua deleznable,
mostrando allí maravilloso espanto
la vez que escucharán su grave canto.
Aquel, á quien de drecho le es debido
por su destreza un nombre señalado,
de mis sagradas Nymphas conoscido,
de todos mis pastores alabado,
hará un metro sublime y escogido,
entre los más perfectos estimado:
este será Almudévar, cuyo vuelo
ha de llegar hasta el supremo cielo.
En lengua patria hará clara la historia
de Nápoles el célebre Espinosa,
después de eternizada la memoria
de los Centellas, casa generosa,
con tan excelso estilo, que la gloria,
que le dará la fama poderosa,
hará que este poeta sin segundo
se ha de nombrar allá en el nuevo mundo.
Recibo un regalado sentimiento
en la alma de alegría enternescida,
tan sólo imaginando el gran contento
que me ha de dar el sabio Bonavida:
tan gran saber, tan grave entendimiento
tendrá la gente atónita y vencida,
y el verso tan sentido y elegante
se oirá desde Poniente hasta Levante.
Tendréis un Don Alfonso, que el renombre
de ilustres Rebolledos dilatando,
en todo el universo irá su nombre
sobre Maron famoso levantando;
mostrará no tener ingenio de hombre,
antes con verso altíssimo cantando,
parescerá del cielo haber robado
la arte subtil y espíritu elevado.
Por fin deste apacible y dulce canto,
y extremo fin de general destreza,
os doy aquel, con quien extraño espanto
al mundo ha de causar naturaleza;
nunca podrá alabarse un valor tanto,
tan rara habilidad, gracia, nobleza,
bondad, disposición, sabiduría,
fe, discreción, modestia y valentía.
Este es Aldana, el único Monarca,
que junto ordena versos y soldados,
que en cuanto el ancho mar ciñe y abarca,
con gran razón los hombres señalados
en gran duda pondrán, si él es Petrarca
ó si Petrarcha es él, maravillados
de ver que donde reina el fiero Marte,
tenga el facundo Apolo tanta parte.
Tras éste no hay persona á quien yo pueda
con mis versos dar honra esclarescida,
que estando junto á Phebo, luego queda
la más lumbrosa estrella escurecida,
y allende desto el corto tiempo veda
á todos dar la gloria merescida.
Adiós, adiós, que todo lo restante
os lo diré la otra vez que cante.
Este fué el canto del río Turia, al cual estuvieron muy atentos los pastores y Nymphas, ansí por su dulzura y suavidad, como por los señalados hombres que en él á la tierra de Valencia se prometían. Muchas otras cosas os podría contar, que en aquellos dichosos campos he visto; pero la pesadumbre que de mi prolijidad habéis recibido, no me da lugar á ello. Quedaron Marcelio y las pastoras con gran maravilla de lo que Clenarda les había contado, pero cuando llegó á la fin de su razón, vieron que estaban muy cerca del templo de Diana y comenzaron á descubrir sus altos chapiteles, que por encima de los árboles sobrepujaban. Mas antes que al gran palacio llegassen, vieron por aquel llano cogiendo flores una hermosa Nympha, cuyo nombre, y lo que de su vista sucedió, sabréis en el libro que se sigue.
Fin del libro tercero.
LIBRO CUARTO
DE DIANA ENAMORADA
Grandes son las quejas que los hombres dan ordinariamente de la Fortuna; pero no serían tantas ni tan ásperas si se tuviesse cuenta con los bienes que muchas veces nos vienen de sus mudanzas. El que estando en ruin estado huelga que la fortuna se mude, no tiene mucha razón de increparla y afrentarla con el nombre de mudable cuando algún contrario sucesso le acontesce. Mas pues ella en el bien y en el mal tiene por tan natural la inconstancia, lo que toca al hombre prudente es no vivir confiado en la possessión de los bienes ni desesperado en el sufrimiento de los males: antes vivir con tanta prudencia que se passen los deleites como cosa que no ha de durar, y los tormentos como cosa que puede ser fenescida. De semejantes hombres tiene Dios particular cuidado, como del triste y congojado Marcelio, librándole de su necessidad por medio de la sapientíssima Felicia, la cual, como con su espíritu adevinasse que Marcelio, Diana y los otros venían á su casa, hizo de manera que aquella hermosa Nympha saliesse en aquel llano para que les diesse ciertas nuevas y sucediessen cosas que con su extraña sabiduría vió que mucho convenían. Pues como Marcelio y los demás llegassen donde la Nympha estaba, saludáronla con mucha cortesía, y ella les respondió con la misma. Preguntóles para dónde caminaban, y dijéronle que para el templo de Diana. Entonces Arethea, que este era el nombre de la Nympha, les dijo: Según en vuestra manera mostráis tener mucho valor, no podrá dejar Felicia, cuya Nympha soy, de holgar con vuestra compañía. Y pues ya el sol está cercano del occaso, volveré con vosotros allá, donde seréis recebidos con la fiesta possible. Ellos le agradescieron mucho las amorosas ofertas, y juntamente con ella caminaron hacia el templo. Grande esperanza recibieron de las palabras desta Nympha, y aunque Polydoro y Clenarda habían estado en la casa de Felicia, no la conoscían ni se acordaban habella visto. Esto era por la muchedumbre de Nymphas que tenía la sabia, las cuales obedesciendo su mandado entendían en diversos hechos en diferentes partes. Por esso le preguntaron su nombre, y ella dijo que se llamaba Arethea. Diana le preguntó qué había de nuevo en aquellas partes, y ella respondió: Lo que más nuevo hay por acá es que habrá dos horas que llegó á la casa de Felicia una dama en hábito de pastora, que vista por un hombre anciano que allí hay fué conoscida por su hija, y como había mucho tiempo que andaba perdida por el mundo, fué tanto el gozo que recibió, que ha redundado en cuantos están en aquella casa. El nombre del viejo, si bien me acuerdo, es Eugerio, y el de la hija Alcida. Marcelio oyendo esto quedó tal como un discreto puede presumir, y dijo: ¡Oh venturosos trabajos los que alcanzan fin con tan próspera ventura! ¡Ay, ay! y queriendo passar adelante se le añudó el corazón y se le travó la lengua, cayendo en el suelo desmayado. Diana, Ismenia y Clenarda, sentándose cabe él, le esforzaron y le dijeron palabras para dalle ánimo. Y ansí tornando luego en sí, se levantó. No se holgaron poco Polydoro y Clenarda con semejante nueva, viendo que sus desventuras con la venida de su hermana Alcida habían de acabarse; y Diana y Ismenia también recibieron grande alegría, assí por la que sus compañeros tenían, como por la que ellas esperaban de mano de la que sabía hacer tales maravillas. Diana, por saber algo de Syreno, á la Nympha preguntó assí: Nympha hermosa, gran confianza me distes de contento con decirme el que hay en el palacio de Felicia por la venida de Alcida, pero más cumplido le recibiré si me contáis los pastores más señalados que en ella están. Respondió entonces Arethea: Muchos pastores hallaréis allí de singular merescimiento; pero los que agora se me acuerdan son Sylvano y Selvagia, Arsileo y Belisa, y un pastor, el más principal de todos, llamado Syreno, de cuyas habilidades hace Felicia mucho caso; mas tiene un ánimo tan enemigo de Amor, que á cuantos están allí tiene maravillados. De la mesma condición es Alcida, tanto que después que ella ha llegado, los dos no se han partido, tratando del olvido y platicando cosas de desamor. Y ansí tengo por muy cierto que Felicia los hizo venir á su casa para casallos, pues son entrambos de un mesmo parescer, y están sus ánimos en las condiciones tan avenidos, que aunque él es pastor y ella dama, puede Felicia añadirle á él más valor del que tiene, dándole muchíssima riqueza y sabiduría, que es la verdadera nobleza. Y prosiguiendo su razon Arethea, vuelta á Marcelio dijo: Por esso tú, pastor, pues ves tu bien en peligro de venir á manos ajenas, no te detengas un punto, que si llegas á tiempo podrás hurtarle la ventura á Syreno. Diana, después de haber oído estas palabras, sintió bravíssima pena, y la señalara con voces y lágrimas si la vergüenza y la honestidad no se lo impidieran. El mesmo dolor, y por la mesma causa, sintió Marcelio, y quedó dél tan atormentado que pensó morirse, haciendo grandíssimos extremos: de manera que un mesmo cuchillo travessó los corazones de Marcelio y Diana, y un mesmo recelo les fatigó las almas. Marcelio temía el casamiento de Alcida con Syreno y Diana el de Syreno con Alcida. La hermosa Nympha bien conocía á Marcelio y Diana y todos los demás; pero por orden sapientíssima, que Felicia les había dado, había dissimulado con ellos y había dicho una verdad, para darle á Marcelio una no pensada alegría, y una mentira para más avivar su deseo y el de Diana, y para que con esta amargura después les fuessen más dulces los placeres que allí habían de recebir. Llegados ya á una plaza ancha y hermosíssima, que está delante la puerta de aquel palacio, vieron salir por ella una venerable dueña con una saya de terciopelo negro, tocada con unos largos y blancos velos, acompañada de tres hermosíssimas Nymphas, representando una honestíssima Sibila. Esta era la sabia Felicia, y las Nymphas eran Dorida, Cynthia y Polydora. Llegando Arethea delante su señora, avisada primero su compañía cómo aquélla era Felicia, se le arrodilló á sus pies y le besó las manos, y lo mesmo hicieron todos. Mostró Felicia tener gran contento de su venida, y con gesto muy alegre les dijo: Preciados caballeros, dama y pastoras señaladas, aunque es muy grande el placer que tengo de vuestra llegada, no será menor el que recibiréis de mi vista. Mas porque venís algo fatigados id á tomar descanso y olvidad vuestro tormento, pues lo primero no podrá faltaros en mi casa y lo segundo con mi poderoso saber será presto remediado. Mostraron todos allí muchas señales y palabras de agradescimiento, y al fin dellas se despidieron de Felicia. Hizo la sabia que Polydoro y Clenarda quedassen allí diciendo tener que hablar con ellos; y los demás, guiados por Arethea, se fueron á un aposento del rico palacio, donde fueron aquella noche festejados y proveídos de lo que convenía para su descanso. Era esta casa tan sumptuosa y magnífica, tenía tanta riqueza, era poblada de tantos jardines, que no hay cosa que de gran parte se le pueda comparar. Mas no quiero detenerme en contar particularmente su hermosura y riqueza, pues largamente fué contada en la primera parte. Sólo quiero decir que Marcelio, Diana y Ismenia fueron aposentados en dos piezas del palacio entapizadas con paños de oro y seda ricamente labrados, cosa no acostumbrada para las simples pastoras. Fueron allí proveídos de una abundante y delicada cena, servidos con vasos de oro y de cristal, y al tiempo de dormir se acostaron en tales camas, que aunque los cuerpos de sus penas y cansancios venían fatigados, la blandura y limpiezas dellas y la esperanza que Felicia les había dado les convidó á dulce y reposado sueño. Por otra parte, Felicia en compañía de sus tres Nymphas, y de Polydoro y Clenarda; y avisándoles que no dijessen nada de la venida de Marcelio, Diana é Ismenia, fué á un ameníssimo jardín, donde vieron que en un corredor Eugerio con su hija Alcida estaba passeando. Don Félix y Felismena, Syreno, Sylvano y Selvagia, Arsileo y Belisa y otro pastor estaban más apartados sentados en torno de una fuente. Estaba aún Alcida con los mismos vestidos de pastora con que aquel día había llegado, pero luego por sus hermanos fué conoscida. La alegría que todos tres hermanos recibieron de verse juntos, y la que el padre tuvo de ver á sí y á ellos con tanto contento, el gozo con que se abrazaron, las lágrimas que vertieron, las razones que passaron y las preguntas que se hicieron, no se pueden con palabras declarar. Grandes fiestas hizo Alcida á los hermanos, pero muchas más á Polydoro que á Clenarda, por la presumpción que tenía que con Marcelio se había ido, dejándola en la desierta isla, como habéis oído. Pero queriendo Felicia aclarar estos errores y dar fin á tantas desdichas, habló ansí: Hermosa Alcida, por más que la fortuna con desventuras muy grandes se ha mostrado tu enemiga, no negarás que con el contento que agora tienes, de todas sus injurias no estés cumplidamente vengada. Y porque el engaño, que hasta agora tuviste, aborresciendo sin razón á tu Marcelio, si vives más en él, es bastante para alterar tu corazón y darle mucho desabrimiento, será menester que de tu error y sospecha quedes desengañada. Lo que de Marcelio presumes es al revés de lo que piensas: porque dejarte allí en la isla no fué culpa suya, sino de un traidor y de la fortuna. La cual, por satisfacer el daño que te hizo, te ha encaminado á mí, en cuya boca no hallarás cosa ajena de verdad. Todo lo que acerca desto passa, tu hermana Clenarda largamente lo dirá; oye su razón y da crédito á sus palabras, que por mí te juro que cuantas cosas sobre ello te contará serán certíssimas y verdaderas. Comenzó entonces Clenarda á contar el caso como había passado, desculpando á Marcelio y á sí, recitando largamente la grande traición y maldad de Bartofano y todo lo demás que está contado. Oído lo cual, Alcida quedó muy satisfecha, y junto con el engaño salió de su corazón el aborrescimiento. Y tanto por estar fuera del error passado como por la obra que las poderosas palabras de Felicia hacían en su alma, comenzó á despertarse en ella el adormido amor y avivarse el sepultado fuego, y como tal le dijo á Felicia: Sabia señora, bien conozco el yerro mío y la merced que me heciste en librarme dél, pero si yo desengañada amo á Marcelio, estando él ausente como está, no tendré el cumplimiento de alegría que de tu mano espero, antes recibiré tan extremada pena, que para el remedio della será menester que me hagas nuevos favores. Respondió á esto Felicia: Buena señal es de amor tener miedo de la ausencia; pero ésta no tardará mucho, pues yo tomé á cargo tu salud. El sol ya sus rayos ha escondido, y es hora de recogerse; vete con tu padre y hermanos á reposar, que mañana hablaremos en lo demás. Dicho esto se salió del jardín, y lo mesmo hicieron Eugerio y sus hijas, yendo á los aposentos del palacio que Felicia les tenía señalados, que estaban apartados de los de Marcelio y sus compañeras. Quedaron un rato Don Félix y Felismena, los otros pastores y pastoras en torno de la fuente; pero luego se fueron á cenar dejando concertado de volver allí al día siguiente, una hora antes del día, para gozar de la frescura de la mañana. Pues como la esperanza del placer les hiciesse passar la noche con cuidado, todos madrugaron tanto que antes de la hora concertada acudieron con sus instrumentos á la fuente. Eugerio, con el hijo y hijas, avisado de la música, madrugó, y fué también allá. Comenzaron á tañer, cantar y mover grandes juegos y bullicios á la lumbre de la Luna, que con lleno y resplandeciente gesto los alumbraba como si fuera día. Marcelio, Diana y Ismenia dormían en dos aposentos, el uno al lado del otro, cuyas ventanas daban en el jardín. Y aunque por ellas no podían ver la fuente, á causa de unos espessos y altos álamos que lo estorbaban, pero podían oir lo que en torno della se hablaba. Pues como al bullicio, regocijo y cantares de los pastores Ismenia recordasse, despertó á Diana, y luego Diana dando golpes en la pared que los dos aposentos dividía, despertó á Marcelio, y todos se asomaron á las ventanas, donde estuvieron sin ser vistos ni conoscidos. Marcelio se paró á escuchar si por ventura sentiría la voz de Alcida. Diana estaba muy atenta por oir la de Syreno. Sola Ismenia no tenía confianza de oir á Montano, pues no sabía que allí estuviesse. Pero ella tuvo más ventura, porque á la sazón un pastor al son de su zampoña cantaba deste modo:
Sextina.
La hermosa, rubicunda y fresca Aurora
ha de venir tras la importuna noche;
sucede á la tiniebla el claro día,
las Nymphas salirán al verde prado,
y el aire sonará el suave canto,
y dulce son de cantadoras aves.
Yo soy menos dichoso que las aves
que saludando están la alegre Aurora,
mostrando allí regocijado canto;
que al alba triste estoy como la noche,
ó esté desierto ó muy florido el prado,
ó esté ñubloso ó muy sereno el día.
En hora desdichada y triste día
tan muerto fuí, que no podrán las aves,
que en la mañana alegran monte y prado,
ni el rutilante gesto de la Aurora
de mi alma desterrar la escura noche,
ni de mi pecho el lamentable canto.
Mi voz no mudará su triste canto,
ni para mí jamás será de día;
antes me perderé en perpetua noche,
aunque más canten las parleras aves
y más madrugue la purpúrea Aurora
para alumbrar y hacer fecundo el prado.
¡Ay, enfadosa huerta! ¡Ay, triste prado!
pues la que oir no puede este mi canto,
y con rara beldad vence la Aurora,
no alumbra con su gesto vuestro día;
no me canséis ¡ay! importunas aves,
porque sin ella vuestra Aurora es noche.
En la quieta y sossegada noche,
cuando en poblado, monte, valle y prado
reposan los mortales y las aves,
esfuerzo más el congojoso canto,
haciendo lloro igual la noche y día,
en la tarde, en la siesta y en la Aurora.
Sola una Aurora ha de vencer mi noche,
y si algún día ilustrará este prado,
darme ha contento el canto de las aves.
Luego Ismenia, que por la ventana estuvo escuchando, conosció que el que cantaba era su esposo Montano, y recibió tanto gozo de oirle, como dolor en sentir lo que cantaba. Porque presumió que la pena de que en su canción decía estar atormentado era por otra y no por ella. Pero luego quedó desengañada, porque oyó que en acabando de cantar Montano dió un suspiro, y dijo: ¡Ay, fatigado corazón, cuán mal te fué en dar crédito á tu sospecha y cuán justamente padesces los males que tu misma liviandad te ha procurado! ¡Ay, mi querida Ismenia, cuánto mejor fuera para mí que tu sobrado amor no te forzara á buscarme por el mundo, para que cuando yo, conoscido mi error, á la aldea volviera, en ella te hallara! ¡Ay, engañosa Sylveria, cuán mala obra heciste al que de su niñez te las hizo tan buenas! Mas yo te agradesciera el desengaño que después me diste declarándome la verdad, si no llegara tan tarde, que no aprovecha sino para mayor pena. Ismenia, oído esto, se tuvo por bienaventurada, y recibió tanto gozo que no se puede imaginar. Las lágrimas le salieron por los ojos de placer, y como aquélla que vió cercana la fin de sus fatigas, dijo: Ciertamente ha llegado el tiempo de mi ventura, verdaderamente esta casa es hecha para remedio de penados. Marcelio y Diana se holgaron en extremo de la alegría de Ismenia, y tuvieron esperanza de la suya. Quería Ismenia en todo caso salir de su aposento y bajar al jardín, y al tiempo que Marcelio y Diana la detenían, paresciéndoles que debía esperar la voluntad de Felicia, oyeron nuevos cantos en la fuente, y conosció Diana que eran de Syreno; Ismenia y todos se sosegaron, por no estorbar á Diana el oir la voz de su amado, y sintieron que decía ansí:
SYRENO