DELIO
Allá te avén con vanas esperanzas,
que aunque se muestra tu fortuna mansa,
quizá te arrastrarán tus confianzas.
FANIO
Delio me espanta cómo no descansa,
si topa con quien ha de respetarle,
que habla tanto, que, aunque bueno, cansa;
ya yo lo estaba casi de escucharle.
Con tales afectos representaron los discretos pastores, que á los oyentes no les parecía representación, sino propio caso, y aunque agradó á todos, á Filida mucho más, porque sabía más por entero aquella historia. Liria era su amiga y Fanio y Delio muy conocidos de todos, y assí, estuvo con gran atención desde el principio hasta el cabo; que le hizo gran donaire verlos despedir murmurándose, y agradeciendo á los pastores la curiosidad con que la entretenían, pidió á Sasio que rematasse la fiesta, el cual, las manos en la lira y el pensamiento en Silvera, pastora gentil, á quien nuevamente amaba, cantó con gran dulzura aquestos versos suaves:
SASIO
Esto que traigo en mi pecho
no puede ser sino amor,
pues me siento en su rigor
agraviado y satisfecho;
yo oso en la cobardía
y en el osar me acobardo;
¿qué me guardo,
si la nieve que me enfría
es el fuego en que me ardo?
Guárdome de tal manera
que me guardo del contento,
pues la causa del tormento
fué mi ventura primera.
Ampárome con mi ofensa
porque sé que aunque más pene,
me conviene
no hacer jamás defensa
sino al bien que sin vos viene.
En la empresa comenzada
no puede faltarme gloria,
pues la primera vitoria
de mí la tengo alcanzada;
que aunque la pena contina
mi juicio desconcierte,
es de suerte
que estimo por medicina
lo que me causa la muerte.
En tan rabioso combate
bien se verá á lo que vengo,
pues por vencimiento tengo
ser vencido y sin rescate;
porque, pastora, quedé
en lugar donde bonanza
no se alcanza,
que en los brazos de la fe
se desmaya la esperanza.
El que más se guarda y mira,
más en vano se defiende,
pues vuestra terneza prende
y ejecuta vuesta ira,
y pasa tan adelante,
que entiendo en el daño fiero
de que muero,
que sois hecha de diamante
ó pensáis que sois de acero.
Trayo comigo guardado
licor para mi herida,
un sufrimiento á medida
de vuestro rigor cortado,
que aunque en el alma me daña,
prestando á vuestra aspereza
fortaleza,
crecer puede vuestra saña,
mas no mengnar mi firmeza.
El suave son de la lira, la dulzura de la voz, la harmonía de los versos fué tal, que echó el sello á todo lo passado, y habiendo Filida hecho traer de sus cabañas una curiosa caxa de ébano fino, allí en presencia de todos la abrió, y sacando della ricas cucharas de marfil, cuchillos de Damasco, peines de box y medallas de limpio cristal, con gran amor lo repartió de su mano, y los pastores, con gran alegría recibieron sus dones, salvo Filardo que no había cosa que le pudiesse alegrar, y assí él solo triste y todos los demás contentos, salieron á la ribera con la hermosa Filida, y por la orilla del cristalino Tajo se anduvieron recreando. ¡Oh, quién supiera decir lo que aquellos árboles oyeron! porque Siralvo y Florela gran rato estuvieron solos; Finea y Alfelio lo mismo; Pradelio y Filena, por el consiguiente. Pues Sasio y Arsiano, Campiano y Mandronio, bien tuvieron que hacer en consolar á Filardo, y la sin par Filida, como señora de todo, todo lo miraba y todo lo regía; hasta que el sol traspuesto forzó á todos á hacer otro tanto. Á Filida acompañaron los dos maestros del ganado y sus pastoras, Celia y Florela, y á Filena los demás, porque assí Filida lo ordenó; sólo Filardo, viendo cuán poco allí granjeaba, por diferente parte tomó el camino de su cabaña; y sólo yo, fatigado deste cuento, un rato determino descansar, y si hay otro que también lo esté, podrá hacer lo mismo.
QUINTA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA
No es possible que á todos agrade el campo, los árboles y las hierbas; mas ya sabemos que las selvas fueron dignas de resonar en las orejas de los cónsules: la diferencia es salir el son de la zampoña de Titiro ó de la mía; mas esto tiene su descuento, que de más y menos se ordena el mundo, tan aína hallaremos quien oya el tamboril de Baco como la lira de Apolo. Haré una cosa dificultosa para mí, pero fácil para todos, que será passar en silencio lo que nos queda del florido Abril y del rico y deleitoso Mayo, donde nuestros pastores entre sus bienes y sus males con Fortuna y Amor, perdiendo y ganando, passaron cosas dignas de más cuenta que la que yo agora hago. Porque Pradelio y Filena en este tiempo, entre mucho dulzor, hallaron mucho acíbar, el pastor celoso y perdido y la pastora apremiada y confusa. Fanio y Finea fueron creciendo en las voluntades, hasta hacerse de dos almas una. Ergasto y Licio trujeron á Celio, y hallaron á Silvia enamorada, no se puede decir de quién, que cuando se sepa, será un notable hechizo de Amor; y lo que sin lágrimas no podré contar, aquella sin par nacida, principio y fin de la humana hermosura (que por estos nombres bien puede entenderse el suyo), oprimida de su bondad natural y del conocimiento de su valor, dexó los bienes, negó los deudos y despreció la libertad, consagróse á la casta Diana y llevóse tras sí á los montes la riqueza y hermosura de los campos: pues al cuitado pastor que más que á sí la amaba, nada nuevo la pudo llevar; porque el alma dada se la tenía, pero dexóle en lugar de su dulcíssima presencia una noche de eterno dolor y llanto en que ocupado passaba la mezquina vida. No buscaba los montes, porque no osaba; no seguía la ribera, porque le afligía; lo más del tiempo, solo en su cabaña entre memorias crueles, esperaba la muerte, y si alguna vez salía, no por la sombra de los árboles ni por la frescura de las fuentes, pero por riscos y collados, donde el sol de Junio abrasaba la desierta arena, sobre ella tendido llamaba en vano á la hermosa Filida, y entre estas lamentaciones, un día, sentado sobre el tronco seco de un acebo, repentinamente sacó el rabel que estaba tan olvidado, y los ojos tiernos y helados, que se pudiera juzgar que no veía, desta manera acompañó sus lágrimas: