Ojos bellos, no lloréis,
si mi muerte no buscáis,
pues de mi alma sacáis
las lágrimas que vertéis.
Esse licor que brotando,
de vuestra lumbre serena,
va la rosa y azucena
del claro rostro bañando,
ojos bellos, no penséis
que es agua que derramáis,
sino sangre que sacáis
de esta alma que allá tenéis.
Ya que el ajeno provecho
me hace á mí daño tanto,
al menos templad el llanto,
ya que vivís en mi pecho;
si no con él sacaréis
las entrañas donde estáis,
pues dellas mismas sacáis
las lágrimas que vertéis.
De aquestas gotas que veo,
la más pequeña que sale,
si se compara, más vale
que todo vuestro deseo.
Ya yo veo que tenéis
pena de lo que lloráis
y culpa, pues derramáis
lágrimas que no debéis.
Ojos llenos de alegría,
entended que no es razón
que otro lleve el galardón,
de la fe, que es sola mía;
agraviad, si vos queréis,
al alma que enamoráis,
mas mirad que si lloráis,
alma y vida acabaréis.

Palabras eran éstas con que Amarantha se pudiera enternecer si no tuviera toda su ternura sujeta á tan diferente causa; mas ahora no hicieron en ella más que en los peñascos duros. ¡Oh, gran tirano de la humana libertad! ¿Es possible que, siendo Amor, permitas que uno muera deseando lo que otro desecha, y que sea tan flaco el hombre que no sólo se rinda, pero te dé lazos con que le ates, armas con que le hieras y veneno con que le atosigues las heridas? Rómpase el cielo y caya una ley que borre todas las tuyas; no venga escrita, que perecerá, sino de mano oculta se imprima en tu voluntad, para que con solo un ñudo ates dos corazones, y cuando se rompiere, ambos se suelten, que quedar uno riendo y otro llorando no es reliquia de amistad, sino de mortal desafío; mas, ¿cuándo podrá cumplirse este deseo? Assí te hallamos y assí te dexaremos, Amor. Bien poco ha que vimos á Alfeo morir por Andria, á Finea por Orindo, Silvia por Celio, Filardo por Filena, y á Filena y Pradelio amándose tan contentos. Pues mirad del arte que están ahora: Alfeo y Finea se aman, y Andria llora: Silvia y Filardo, amigos; Celio olvidado; Pradelio y Filena combatidos de irreparable tempestad, donde la fe de Filena y la ventura de Pradelio, con el agua á la boca, miserablemente se van anegando. Llevó el cruel destino á la cabaña de Filena á Mireno, rico y galán pastor, en fuerte punto para Pradelio, porque enamorado della y continuando su morada, y persuadido de Lirania, deudo suyo, y de la persona y hacienda de Mireno, Pradelio iba á mal andar, y cada día peor, pero con un corazón valeroso dissimulaba su mal. Pues como llegasse el día que se celebraba la fiesta de la casta Diana, donde se habían de juntar los pastores de la ribera y las ninfas de los montes, ríos y selvas, Pradelio la noche antes, solo al pie de un roble, estaba enajenado de sí, cuando un buho puesto sobre el árbol, con su canto llenó de amargura el pecho del pastor, y queriéndose alentar cantando, los grillos no le daban lugar; y no eran grillos, que en el temblor de la voz los hubiera conocido, y si alacranes fueran, en el silbo breve lo pudiera entender, y si abejarrones, en el ruido prolongado; donde creyó Pradelio que el son estaba en sus oídos, y retirado á su cabaña, llegaron sus mastines mordidos de los lobos, y calentando sus zagales aceites para curarlos, la cabaña se comenzó á quemar. En reparar estos daños se passó la noche, aunque el principal no tenía reparo. Y ya que aparecía la hermosa mañana, más benigno el cielo, oyó Pradelio el son de dos suaves instrumentos acordados, una lira y un rabel, y atentamente escuchando, conoció ser los pastores Bruno y Turino, que á poco rato que tañeron, sobre estas dos letras ajenas comenzaron assí á cantar á su propósito:

TURINO

Sembré el Amor de mi mano,
pensando haber galardón,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión.
Aré con el pensamiento
y sembré con fe sincera
semillas que no debiera,
llevar la lluvia ni el viento;
reguélo invierno y verano
con agua del corazón,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión
.
Era la tierra morena,
que el buen fruto suele dar,
y cuando quise segar
halléla de abrojos llena;
probéla á escardar en vano,
y bajé la presunción,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión
.
Torné de nuevo á rompella,
por ver si me aprovechaba,
y cuando el fruto assomaba,
vino borrasca sobre ella,
que quiso el Tiempo tirano
que no llegasse á sazón,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión
.
Aunque ella vaya faltando,
no ha de faltar la labor,
que como buen labrador,
pienso morir trabajando;
todo se me hace llano
por tan valida intención,
aunque me dé cada grano
mil manojos de passión
.

BRUNO

Con Amor, niño rapaz,
ni burlando ni de veras
os pongáis á partir peras

si queréis la pascua en paz.
Por verle niño pensáis
que está la vitoria llana,
burláis dél entre semana,
mas la fiesta lo pagáis.
Convertíseos ha el solaz
en fatigas lastimeras.
Sobre el partir de las peras
perderéis sossiego y paz.

Yo me vi que Amor andaba
tras robarme la intención,
y mirando la ocasión
dél y della me burlaba;
fué mi confianza el haz
donde encendió sus hogueras,
el fuego el partir las peras
y la ceniza mi paz
.
Prometióme sus contentos,
y al fin vencióme el cruel,
y fuí perdido tras él.
Cuando me daba tormentos,
llamóme y fuí pertinaz
á las demandas primeras,
una vez partimos peras
y mil me quitó la paz
.
Ya que estoy desengañado
tan á propia costa mía,
su tristeza ó su alegría
no se arrime á mi cuidado;
para las burlas capaz,
inútil para las veras,
otro le compre sus peras,
que yo más quiero paz
.

Tanta fué la dulzura con que los pastores dixeron sus cantares, que Pradelio suspendió un poco su tristeza, y con pesar de que tan presto acabassen, salió á ellos y con mucha cortesía, sentándose entre los dos, les pidió que tornassen á su canto, y ellos, con no menos amor, se lo otorgaron, y con otras dos letras viejas tornaron á su intención, como primero.

TURINO

¿En qué puedo ya esperar,
pues á mis terribles daños
no los cura el passar años
ni mudanza de lugar?
Para el dolor, que camina
con mayor furia y poder,
tiempo ó lugar suelen ser
la más cierta medicina;
todo ha venido á faltar,
en el rigor de mis daños,
porque crecen con los años
sin respeto de lugar.
Siendo el tiempo mi enemigo,
¿cómo querrá defenderme?
¿Qué lugar ha de valerme,
si me llevo el mal conmigo?
Bien puedo desesperar
de remedio de mis daños,
aunque gastasse mil años
en mudanza de lugar.
No hay tan cierta perdición
como la que es natural,
ni enemigo más mortal
que el que está en el corazón;
pues, ¿qué tiempo ha de bastar
para reparar mis daños,
si son propios de mis años
y es el alma su lugar?
No está en el lugar la pena
ni tiene el tiempo la culpa;
mi ventura los desculpa,
y ella misma me condena;
la voluntad ha de estar
enterneciendo mis daños,
pues aunque passen más años,
serán siempre en un lugar.

BRUNO