Seguíanse otra vez los huertos pensiles de la alta Babilonia, y con ellos, frontera á las bocas del Nilo, de albíssima piedra cercada de agua, la alta y muy costosa Torre de Faros, en cuya altura se mostraban muchas y grandes lumbres dando guía á los presurosos navíos que por la ancha mar iban á tomar puerto.
No faltaba el obelisco de Semíramis, á manera de pirámide, salvo que era todo de una pieza, y en él por números señalados sus ciento y cincuenta pies en alto, y noventa y seis en circuito, como de los montes de Armenia fué sacado. Todo lo cual estaba en el último cuadro por la variedad de los que dello tratan, pero no estaba el antiguo templo de la Diosa, por no ofender al presente que con tanto cumplimiento suplía.
Acababan aquí las esculturas, las pinturas no, que sobre la una puerta estaba la ínsula Delfos, donde Latona, retraída de la fiera serpiente, se veía en el parto de la amada Diana, al fin del cual la misma hija ayudaba á la madre en el nacimiento de su hermano Apolo; el cual nacido se mostraba de tan perfetos matices, que verdaderamente se juzgara que él daba la luz al templo.
No era menos agradable el cuadro de la segunda puerta, donde la misma Diana, metida en su fresca y reservada fuente, había tornado ciervo al sin ventura Acteón, al cual sus propios lebreles rabiosamente despedazaban; y lo que más era de mirar del sutil artífice, que habiendo pintada una cabeza de perro ferocíssima se pintó temeroso junto á ella, queriendo honestamente loar la viveza de su pintura. Aquí entró Pradelio lleno de pesar, y viendo que la gente aun no era entrada, imaginó que estuviesse en la floresta, y assí se fué allá, que muy cerca estaba, donde con estudiosa y abundante mano parecía que la maestra Natura hubiesse querido señalarse. Eran las flores rojas, blancas y amarillas casi como rubís y diamantes entre el oro, y pienso que la esmeralda no llegasse á la fineza de la hierba; estaba en medio de la hermosa estancia una pura fuente de relevado cimiento, assí alrededor cercada de hierba y hoja que por ninguna parte se veía. Salía de allí un arroyo claro cercado de muchas plantas donde las varias aves seguras volando andaban de una en otra parte, sin faltar algunas que suavemente cantassen, no impidiendo al manso susurro que entre claveles y sándalos las abejuelas hacían. Halló Pradelio de la una parte de este arroyo que más ancha y llana era todos los pastores que buscaba esperando á las bellas ninfas que, nacidas en las aguas, en las selvas y en los montes, vivían en los secretos jardines y reservados lugares del sagrado templo. Y lo primero que el pastor vido fué á Mireno, que en compañía de Filena andaba cogiendo de las bellas flores. Sintió traspassar su corazón de rigurosa espina, y esforzándose cuanto pudo, se llegó á Siralvo y Filardo que estaban cerca de la fuente. Bien conocieron el dolor con que llegaba, y por no acrecentársele callaron. Y á poco rato que assí estuvieron, el gallardo Coridón, vaquero de valor y estima, rendido y ausente de la beldad de Fenisa y incitado de Sasio, comenzó á cantar al son de su lira esta sestina:
CORIDÓN
Faltó la luz de tus hermosos ojos,
dulce Fenisa, á los de mi alma triste,
y assí quedaron en eterna noche,
sin buscar otro alivio de su pena,
sino la muerte que les fuera vida;
¿mas cuándo les vendrá tan dulce día?
Si aquesta cuenta rematasse un día
cerrando ya mis afligidos ojos
para principio de otra nueva vida,
y pudiesse salir el alma triste
desta prisión mortal de infernal pena,
el sol saldría en medio de la noche.
Razón sería tras tan larga noche,
que apareciesse en el Oriente el día,
que no son dinos de llevar la pena,
pues que no fué la culpa de mis ojos,
el yerro fué de la ventura triste,
que siempre yerra á costa de mi vida.
Cómo podrá passar mi enferma vida
con la pesada carga de la noche,
que si es consuelo del doliente triste
la esperanza de ver el nuevo día,
ninguna tienen mis cansados ojos
que les pueda aliviar su grave pena.
Dure la ausencia, dóblese la pena
que á todo he de pagar con una vida,
no veré los despechos de mis ojos,
ni andaré tropezando por la noche,
ni tendré envidia de quien goza el día,
ni mancilla de mí, pues volví triste.
Por cuán más venturoso tengo al triste,
que le acaba la furia de su pena,
que al doliente, á quien va de día en día
atormentando la mezquina vida,
el vivir cesse ó cesse ya la noche:
ó véante ó no vean estos ojos.
Que no son ojos en tu ausencia triste,
son dura noche, son eterna pena,
pues en la vida no gozaron día.
Apenas dio Coridón fin á su canto, cuando se oyó resonar gran número de instrumentos, albogues, flautas, liras, cítaras, y cornamusas, que con suave harmonía se iban llegando á la floresta, y mirando los pastores á aquella parte vieron entrar sesenta ninfas, veinte del río, veinte del monte y veinte de las selvas; todas venían vestidas de sus propias telas de oro y seda, pero las unas traían guirnaldas de flores en sus frentes; las otras luengos ramos levantados, y los cabellos sueltos; las otras cogidos en varios velos y redes, y las aljabas á los hombros, los brazos desnudos y los arcos en las manos; tanta fué la hermosura de las Ninfas, que los pastores admirados, no sabían apartar los ojos dellas; no viniera allí la simpar Filida si no fuera por reparar la vida de su amante, que ya sabía de Florela en el estado que Siralvo estaba. Entró, pues, en la floresta tan aventajada á las demás, que no sólo á ellas, mas á la misma Diana, parecía que despreciasse. Brotó el suelo nuevas flores, el cielo mejor luz, la fuente más agua y los suaves vientos, arrogantes entre tanta beldad, desdeñándose de herir en los verdes ramos, entre las vestiduras de las ninfas, y los cabellos de sus cabezas mezclándose, hicieron graciosos y agradables juegos. Pues Siralvo, que atentamente miraba los ojos de Filida, y su alma en ellos, no es possible encarecer su sentimiento, ni es poca prueba de la hermosura de las pastoras no haber parecido mal entre las ninfas. No se detuvieron mucho en la floresta, antes llamando luego á los pastores, entraron al sagrado templo, donde quince en quince hicieron cuatro corros y los tres danzando y el uno tañendo, fueron dejando sus insignias sobre el altar: las del río sus guirnaldas, las de las selvas sus ramos y las de los montes, arcos y saetas. Con esto remitieron la oración al viejo Sileno, que entre ellos iba, y con aquel aspecto grave y gentil, vuelto al de la triforme Diana, primeramente alabó su excessiva belleza, y después con humildad le pidió perdón si algunas veces violaron los montes con la misma sangre de las fieras á ella consagradas, ó si acaso cansados de la propia caza, torpemente, el curso della maldixeron, y assimismo de otros errores y culpas, en que el frágil juicio suele caer; pero después de todo le rogó los librasse de las venenosas redes de los solícitos lisonjeros y falsos halagüeños, con la fuerza de los carnales apetitos, destruidores de devoción y salud; antes prestándoles de su cumplido favor, les diesse resistencia contra todo mal, contra todo daño y contra toda malicia. Y con esto, callando él, la música tornó á sonar, y las ninfas á la orden de sus corros, en que por gran espacio se ocuparon, hasta que pareciéndoles hora del reposo, tomando por orden sus insignias, tornaron á la floresta, y mezcladas con los pastores, se fueron repartiendo por las sombras, donde no faltaron rústicas y delicadas viandas, y algunos que durmiessen, y alguno que velasse. No os he contado la ventura de Siralvo: pues sabed que al salir del templo estuvo gran rato con Florela, que de parte de Filida le certificó que holgaba de su vida, y de la suya le avisó que se templasse en miralla, porque nunca aparencias sirvieron sino de dañar. Con esto volvió Siralvo tan contento que en sí mismo no cabía, y mientras todos reposaban, él á la sombra de un fresno en voz baxa estuvo recitando al silencio unos versos que hizo al principio de la ausencia, cuando entre temor y esperanza andaba el sufrimiento de partida; quien gustare de oirlos, podrá llegarse al pastor, en tanto que las ninfas duermen y quien no, passe por ellos y hallarálas despiertas.
SIRALVO
¡Oh tú, descanso del cansado curso
desta agra vida, á mi pesar, tan larga,
oye un momento en suma su discurso!
Y si mi boca más que hiel amarga
no te acertare á pronunciar dulzuras,
esso la culpa y esso la descarga.
Presentes sean mis entrañas puras,
mi limpio corazón, mi sano pecho,
atlantes firmes de mis desventuras.
Y tú, que con tus manos tienes hecho
el grave monte que su fuerza oprime,
no hagas cierto lo que yo sospecho.
Ya que tan grave mal no te lastime,
pues eres dél la causa, no la niegues,
porque, siquiera, á padecer me anime.
Amor te obliga que á razón te llegues,
y aun ella quiere que su fuerza entiendas:
no lo será, que con su lumbre ciegues.
¡Oh, es necesario que el rigor suspendas
de los duros peñascos, do no hallan
las aves nidos ni las bestias sendas!
Los perversos contrarios que batallan
por acabarme en desigual pelea
mientras te hablo, mira cómo callan.
Vieron mis ojos celestial idea
de gracia y discreción, tu soberana
beldad, que sola sin igual passea,
Desde la parte donde la lozana
aurora tierna de su luz hermosa,
abre á las gentes la primer ventana,
Hasta el ocaso á do la trabajosa
muestra, dada del sol, en premio justo,
en los brazos de Dórida reposa;
Y desde aquella do el ardor injusto
la habitación de su morada evita,
enflaqueciendo al Etíope adusto,
Hasta las fuentes donde el duro Scita
mata la sed y el inclemente Arturo
cuajando el mar, el curso al agua quita.
Y por essa beldad misma te juro
que, con ser en el mundo la primera,
es la menor que tiene en ti seguro,
La deleitosa y fértil primavera
de juventud, el sin igual tesoro
de esse rostro, do Amor teme y espera;
La mansedumbre y gravedad que adoro;
los cabellos que el ébano bruñido
han imitado, despreciando el oro;
El cristal de la frente, el encendido
rosicler puro ó púrpura de Oriente,
sobre los blancos lirios esparcido;
Las finas perlas, el coral ardiente,
con las dos celestiales esmeraldas,
beldad que loor humano no consiente,
Aunque de preciosíssimas guirnaldas
ciñen al sol y á Amor las francas sienes,
son las menores rosas de tus faldas.
Essotras plantas, que en el alma tienes,
que tocando en el cielo con sus ramas,
nos dan por fruto incomparables bienes;
Essos ricos tesoros que derramas
del pecho ilustre en abundancia tanta,
que á los deseos más remotos llamas;
Esse juicio, que á la tierra espanta;
esse donaire, que enamora el cielo;
esse valor, que á todos adelanta;
Essas y otras grandezas con que el suelo
tienes tan rico y tan enriquecida
el alma que te adora de consuelo,
Dejando aparte ahora el ser nacida
sobre las ilustríssimas llamada
y entre las más honestas escogida;
Y con ser de fortuna acompañada,
porque Himeneo al gusto te ofendía,
quisiste ser á Delia dedicada.
Aquestos bienes, que tu alma cría,
impressos en mi alma, y aun aquellos
de carne y sangre, en carne y sangre mía.
Llevo el yugo de Amor sobre dos cuellos,
que si no fuera más que de diamante,
fuera rompido á cada pa so dellos.
Cuando el cuello del cuerpo va delante
queda atrás el del alma, y cuando él passa,
cae el del cuerpo, y no hay quien le levante.
El uno quiere retirarse á casa,
llamado de la sombra y del reposo;
el otro al yermo, donde el sol abrasa;
El cuerpo está sediento, trabajoso;
el alma harta de sossiego llena,
¿quién compondrá combate tan furioso?
De suerte que, derecha la melena,
cuerpo y alma caminen, con templanza,
por la carrera para entrambos buena.
Y si hallaren muerta la esperanza,
y á la fe siempre viva que la llora,
juntos alaben á la confianza.
¿Mas, quién pondrá tan alta paz, señora,
entre dos enemigos tan contrarios,
que con lo que uno sana otro empeora?
Estos combates son tan ordinarios,
que los dones del alma escarnecidos
me son también mortales adversarios.
Los deleites del cuerpo no cumplidos,
los del alma turbados con engaños
y los inconvenientes tan unidos.
Bien sé que el solo medio destos daños
fuera apartarse deste cuerpo esta alma,
poniendo fin á mis cansados años.
Aquella fuera generosa y alma
vida del cuerpo cuando en tierra vuelto,
libre dejara al spíritu la palma.
Que como es el autor del mal revuelto,
y el alma está bañada en sus zozobras,
la vida es furia de enemigo suelta.
¡Oh tú, que á todas las potencias sobras
de bien y mal, tu pederosa mano
estampe en mí la fuerza de tus obras!
Que deste trance y cautiverio insano,
desta tristeza, deste mal terrible,
podrás dejarme libre, alegre y sano.
A tí sola ha dejado Amor posible
que aquesta piedra de mi gran cuidado
hagas, sobre esta roca, inconmovible.
Y estas navajas, con que el tierno lado
abre la rueda de mis fantasías,
sean rotas, y mi cuerpo desatado.
Y esta águila infernal, que tantos días,
me halla en este monte de sospechas,
no sepa más á las entrañas mías.
Y estas plantas y frutas tan ahechas
á burlar por momentos al deseo,
dejen mi sed y hambre satisfechas.
Mil continos estorbos ya los veo,
y otros más de creer dificultosos,
por mi corta ventura más los creo.
Ojos abiertos, pechos enconosos,
tu gran beldad, mis ricas intenciones,
cercadas de legiones de envidiosos.
Bien imagino yo que si te pones
á querer tropellar dificultades,
irás segura en carros de leones.
Bien tienes entendidas mis verdades,
y que en mí son llanezas conocidas
las que en mil otros son curiosidades.
Bien sabes que quisiera tantas vidas
cuantos momentos vivo por contallas,
por muy ganadas, en tu Amor perdidas.
Y bien sé yo que en mi rudeza hallas
iugenio soberano para amarte,
y sabes que te escucho aun cuando callas.
Entiendes que me huyo por buscarte,
y alguna vez tan sin piedad me dexas,
que pierdo la esperanza de hallarte.
Conoces claramente que mis quexas
llevan puro dolor sin artificio,
y con descuido mi cuidado aquexas.
Mis ojos ven que el principal oficio
que, sustentando el cuerpo, al alma honra,
es, no faltar los dos de tu servicio.
Y ven los tuyos, vueltos á mi honra,
que el rato que sin ellos me imagino,
tengo el alma y la vida por deshonra.
Alguna vez creciendo el desatino,
á fuerza del pestífero veneno
matarme ó despeñarme determino.
Acoge ¡oh mar! en tu sagrado seno
esta barquilla, que á tu golfo embiste,
porque se alabe de algún día sereno.
Essos divinos Nortes, que escogiste,
de la primera inacessible lumbre,
para alegrar al navegante triste,
Muéstrense en essa soberana cumbre,
hincha la vela el viento favorable
contra la calma desta pesadumbre.
Deje el cuidado el remo incomportable,
y estotras jarcias de trabajos llenas,
tórnense en ejercicio saludable.
Cántenme tus dulcíssimas sirenas,
que vencida del sueño mi barquilla,
y á voluntad la sangre de mis venas,
Si tu Neptuno á mi favor se humilla
aumentarás tus obras y mi suerte,
librando en tan heroica maravilla
á quien te ofrece el alma de la muerte.
Aunque Siralvo en sus versos iba mezclando tristeza, su corazón contento estaba; pero como pocas veces hallaremos un alegre sin un triste, Pradelio, que menos dormía, le fué buscando entre todos y le dió cuenta de la poca que ya Filena tenía con él, antes le era tan contraria, que á sus mismos ojos no se hartaba de favorecer á Mireno, y hablándole él, no le había respondido. Esto decía con tanto dolor y enojo, que casi quería reventar, y mientras Siralvo procuraba consolarse, ya los pastores y Ninfas, viendo passada la hora ardiente de la siesta, iban buscando la clara fuente y el manso arroyo. A una parte del agua llegaron las tres más hermosas del gremio de Diana: era la una Filida, diosa en los montes; la otra Filis, deesa en las selvas; la otra Clori, Ninfa en el río; con ellas estaban Silvia y Filardo y Filena y Mireno, entreteniéndose en dulces pláticas y suaves canciones; también llegaron Siralvo y Pradelio, uno de placer y otro de pesar incitados, y no faltaron los dos caudalosos y apuestos rabadanes Cardenio y Mendino. Gran cosa se había juntado si Pradelio no llegara: porque de once, solo él dejaba de estar contento; y mirando la sin par Filida la agradable compañía, escogió al triste para que cantasse; mas viendo Siralvo que no estaba para cantares, le disculpó con Filida, y rogó á Filardo que lo hiciesse; el cual, los ojos en la graciosa Silvia, tocó la lira, y comenzó á cantar assí al son della: