Lerma.—Ningún engaño recibe vuestra merced en esso, y plega á Dios que no sean todos los que esso hacen, y pues que aqui puede pasar, menester es que todas sean verdades las que se dixeren.

Dionisio.—Diga vuestra merced lo que quisiere, que ninguna pena recebirá dello con tal que yo sea también oído antes que la cuestión se determine, pues estos señores han de ser jueces della.

D. Gaspar.—Razón tiene Dionisio en lo que pide.

Lerma.—Yo soy contento de que, cuando sea tiempo, pueda replicar y alegar de su derecho. Y porque vuestras mercedes entiendan que no me muevo sin razón á lo que he dicho, sepan que las condiciones que han de tener los boticarios escriben muchos autores, y quien particularmente las trata, es Saladino en la primera parte de su obra; y porque referir todo lo que dice sería confusión y prolijidad, diré algunas cosas dellas. Y lo primero es que el boticario ha de ser de muy buen ingenio, hombre sin vicios, sabio y experimentado en su oficio; no ha de ser avariento, ni deseoso de adquirir hacienda; sobre todo ha de ser muy fiel para que no haga cosa contra su conciencia, ni por su parecer, sino con consejo de médico docto, y que en el precio de las medicinas sea convenible. Estas son cosas tan necesarias, que obligan tanto al boticario á guardarlas y cumplirlas, que no lo haciendo, no es poco el daño ni pocos los inconvenientes que dello se siguen á los enfermos; pero yo he hablado sin perjuicio de los buenos boticarios (que son tan pocos, que apenas se hallará uno entre ciento), diré lo que cerca desto hacen. Lo primero en lo que toca á ser hombre sabio y experimentado en su oficio no tienen ellos toda la culpa, que la mayor parte se puede dar á los protomédicos porque examinan y dan por hábiles y suficientes á muchos que ni saben ni entienden qué cosa son medicinas, ni tienen experiencia dellas ni conocimiento para alcanzar cuál es una ni cuál es otra, sino que si van á la feria á comprar sus drogas, no solamente se engañan en distinguir y apartar lo malo de lo bueno, pero muchas veces toman uno por otro sin conocerlo, porque ignoran la condición y calidades que han de tener para ser aquella medicina que piensan; y por no se mostrar ignorantes, quieren más dexarse engañar de los que los venden que tomar consejo con quien podría desengañarlos para que no errasen.

Pimentel.—Pues, ¿por qué los protomédicos hacen una cosa tan fuera de razón como essa?

Lerma.—O por no perder el interese de los derechos que los pagan ó porque reciben servicios con que se obligan á hacer lo que no deben, y sin esto aprovechan mucho los favores de personas señaladas ó de algunos amigos á quien estiman en más que á las conciencias, y así veréis que muchos vienen examinados y con su carta de examen muy bien escrita y iluminada, que podrían con más justa razón traer una albarda que usar el oficio. Y con poner sus boticas muy compuestas con cajas doradas y botes pintados, y las redomas con unos rétulos muy grandes, á muchas gentes hacen entender que es oro todo lo que reluce, y que vayan á tomar medicinas á sus tiendas, que aprovechan más para enfermar con ellas los sanos que para dar salud á los enfermos.

D. Gaspar.—En esto también me parece que tienen la culpa los médicos como los boticarios, pues lo saben y lo permiten.

Lerma.—Yo no quiero excusar á los que esso hacen.

Dionisio.—Ni podría vuesa merced hacerlo aunque quisiese, pero yo lo guardo todo para mi respuesta, porque no quiero quebrar el hilo satírico que vuestra merced lleva tan bien ordenado.

Lerma.—Bien es que lo hagáis así, que también, como ya he dicho, os oiré yo lo que en favor vuestro y de los boticarios alegásedes. Y tornando al propósito, digo que es cosa recia la desorden que en esto se tiene, que en una cosa que va la salud y vida de los hombres, no se ponga mayor diligencia en conocer á los que pueden tratar dello.