Herrera.—No quiero yo altercar cuál es mejor uso en los trajes, el de entonces ó el de agora; pero solamente quiero que entendáis que el de estonces era muy á la llana y el de este tiempo muy curioso, y cuanto al parecer bien, aquello que se usa es lo que bien parece, y si se usase traer los zapatos de lana y las gorras de cuero, á nadie le parecería mal; pero dexando esto, el hábito de encima era un capuz cerrado y el que lo traía de contray de Valencia no pensaba que era poco costoso, y había de ser muy rico para traerlo, y las calzas todas eran llanas, que no sabían qué cosa era otra hechura nueva; usábanse estos bonetes que agora se traen castellanos y unas medias gorras con la vuelta alzada ó caída atrás, y gorras de grana grandes con unos tafetanes de colores por debajo de la barba.
Escobar.—Debían de ser como las que agora se pintan en las mantas francesas.
Herrera.—Decís la verdad, y aun hoy veréis muchos trajes antiguos destos que digo. Los señores por fiesta se vestían de grana colorada ó morada, y era tan grande la templanza que se solía tener en los vestidos, que andando yo buscando unas escrituras de las de la casa de un señor deste reino, vi entre ellas una carta que el rey escrebía á uno de sus pasados, por la cual le rogaba y mandaba que se llegase á la corte, que para el gasto que se hiciese le ymbiaba once mil maravedís de ayuda de costa, y que lo que le encargaba era que en ninguna dejase de llevar él su jubón de puntas y collar de brocado.
Sarmiento.—Gentil antigualla es essa para lo que agora usamos; cierto pocas acémilas debían de ser menester en este tiempo para llevar las recámaras de los señores.
Herrera.—Lo que no llevaban de recámara llevaban en la mucha y muy lucida gente de que andaban acompañados, que parecía harto mejor que los cofres en las acémilas, cargados de plata y de oro y de vestidos demasiados, y no por esso dejaban de ir bien proveídos de lo necesario para la calidad de sus personas. Y con esto traían también los señores una ropa de martas que era la cosa de más estima que estonces había, y agora así Dios me salve que la he yo visto traer á mercaderes y personas que no valían otro tanto su hacienda como el valor que tiene la ropa. Pero esto no lo tengo en tanto como ver que hoy ha cuarenta años si vían á un pobre hombre con un sayo de terciopelo por rico que fuese, le miraban como á cosa nueva y desordenada, y en este tiempo hasta los mozos y criados de los caballos y aun los oficiales no lo tienen en más que á un sayo pardo, y pluguiese á Dios que se contentasen con andar vestidos de terciopelo y de las otras maneras de sedas llanamente, que lo que mayor daño hace es las hechuras, las invenciones nuevas y costosas que muchas veces cuesta más lo acessorio que lo principal, según las cosas que piden los sastres y oficiales de seda para pespuntar, para hacer los torcidos, los caireles, los grandujados, dando golpes y cuchilladas en lo sano, deshilando y desflorando, echando pasamanos, cordones y trenzas, botones, alamares; y lo que peor es, que cuando un hombre piensa que está vestido para diez años, no es pasado uno cuando viene otro uso nuevo que luego le pone en cuidado, y lo que estaba muy bien hecho se torna á deshacer y remendar, quitando y poniendo; y aun muchas veces no aprovecha toda la industria que se pone, sino que se ha de tornar á hacer de nuevo, de manera que los usos é invenciones nuevas de cada día desasosiegan las gentes y acaban las haciendas, porque somos tan locos, que ninguno hay que se conforme con lo que puede, sino que el que tiene veinte ducados los quiere también echar en un sayo y en una capa, como el que tiene dos mil, y no ha sido esto poca parte para encarecer los paños y sedas hasta venir al precio que agora piden y tienen, que si no hubiese quien los comprase, gastándolos, tan mal gastados, ellos vendrían á valer harto más barato de lo que valen.
Sarmiento.—Una cosa no puedo yo acabar de entender, y es que cuanto más encarecen los paños y sedas y van subiendo en precio, tanto se desordenan más las gentes y procuran andar mejor vestidos y más costosos.
Herrera.—Hacen como los hombres beodos, que cuando hay mayor carestía de vino les crece más el apetito del beber, y no tienen el real cuando lo ofrecen en la taberna, aunque no les quede otro ninguno; y pluguiese á Dios que lo mismo hiciésemos nosotros yendo con los dineros en casa de los mercaderes, pero no hacemos sino sacar fiado tan sin medida como si nunca se hubiese de pagar, y por esto sube cada vara tres ó cuatro reales en precio, y el pagar es muchas veces con essecuciones, de manera que por la mayor parte viene á ser más el daño y las costas que se pagan que lo principal que se debe, y sin tener respecto á ninguna cosa destas no dejan de andar todos desmedidos y desconcertados. Y de lo que á mí me toma gana de reir es de ver que los oficiales y los hombres comunes andan tan aderezados y puestos en orden que no se diferencian en el hábito de los caballeros y poderosos, y topándolos en la calle quien no los conozca, muchas veces juzgará que cada uno dellos tiene un cuento de renta.
Sarmiento.—Sabéis, señor Herrera, que veo que esta desorden y desconcierto que decís de los vestidos solamente la hay entre los cristianos. Y aun no entre todos, porque dexando aparte los que viven fuera del conocimiento y sujeción de la madre Iglesia romana, aun de los que le son subjetos hay muchos que no tienen esta curiosidad, como son los húngaros, los escoceses y otras gentes que andan con hábitos humildes y poco costosos; y lo que á mí me parece que me da mayor causa de murmurar es ver la templanza de los infieles, moros, turcos y gentiles. Porque á los moros y turcos, que son los que confinan con la christiandad y de quien más noticia tenemos, vemos que andan todos con hábitos y aderezos casi comunes, y los que son más ricos y poderosos, cuando más se quieren diferenciar en los vestidos, ponen una almalafa ó capuz cerrado de grana colorada ó de otro paño de color, con unos borceguíes de buen cuero. Todos ellos traen zarahuelles sin gastar sus haciendas en muslos de calzas, ni en guarniciones, ni en otras cosas semejantes, que son las que consumen las haciendas. Y esta orden guardan los señores y los servidores, los ricos y los pobres, porque los buenos y que algo pueden, quieren que tomen enxemplo dellos los inferiores para no desconcertarse, y no por esso dexan de conoscer los que más valen, porque los otros les reconocen la superioridad que sobre ellos tienen mejor que nosotros hacemos. Porque no hay en el mundo tanta soberbia ni tanta presunción y exención como en los christianos, y en esto de los vestidos mucho más, porque tan bien los quieren traer el oficial como el caballero y el criado como el señor, de manera que todo va desbaratado y sin ninguna orden ni concierto, el que no falta entre las otras generaciones de gentes de quien tengamos noticia de vista ó de oídas ó por escritura, porque lo mesmo leemos de todos los antiguos que se moderaban en gran manera en los vestidos y aderezos de sus personas.
Escobar.—Pues no se os ha acordado de hablar en les aderezos del camino, que no me parece que habría poco que decir sobre ello.
Herrera.—Tenéis razón, porque casi todos son disparates, y si lo queréis ver, decidme, ¿puede ser mayor disparate en el mundo que andar un hombre comúnmente vestido de paño procurando que un sayo y una capa le dure diez años, y cuando va de camino lleva terciopelos y rasos, y los chapeos con cordones de oro y plata, para que lo destruya todo el aire y el polvo y la agua y los lodos, y muchas veces un vestido destos que les cuesta cuanto tienen, cuando han servido en un camino están tales que no pueden servir en otros? Y á mi parecer mejor sería mudar bissiesto y que los buenos vestidos serviesen de rua, y los que no lo fuesen de camino.