Filonio.—Por tu fe, Grisaldo, que ordeñes aquella cabra negra que tan llenas trae las tetas de leche como si el cabrito no hubiera hoy mamado; que pues hay barreños y cuchares en que la comamos, no vendrá á mal tiempo para tomarla por fruta de postre.
Grisaldo.—Bien has dicho; harta tiene para todos, aunque, según tú tienes las migas hechas, no parece que te bastaría toda la que traen las cabras y ovejas del rebaño.
Filonio.—No las hago todas para mí, que muy bien podrán repartirse, y assí haz tu de la leche; bien está, para mí no eches más.
Torcato.—Pues harta tenemos yo y Grisaldo en la que queda.
Grisaldo.—Dios te dé muchos días de vida, Torcato, que así nos has socorrido.
Filonio.—El barril vuelva á visitarnos, que la hambre ya la maté como ella me mataba.
Grisaldo.—Toma y bebe á tu placer; paréceme que no hay sacristán que mejor ponga las campanas en pino.
Filonio.—De ti lo aprendí cuando fueste monacino, que solías hacer de la mesma manera á las vinajeras antes que se desnudase el clérigo que había dicho la misa.
Grisaldo.—Hora sus, pues estamos hartos. ¡Dios loado! recoge, Torcato, lo que queda, que no dexará de aprovechar para otro día.
Torcato.—Bien me parece que seas en tus cosas tan bien proveído; y pues todo está ya guardado, ved qué es lo que más os agrada que hagamos.