Torcato.—Bien se parece que son hombres, que si fueran mujeres harto más tuvieran que poder decir y escribir y con mayor verdad de los hombres que no los hombres dellas, porque verdaderamente muy mayores y más torpes y más comunes son los vicios en los hombres que en las mujeres, y nosotros, que las notamos y acusamos de parleras y desenfrenadas en sus lenguas, somos los que las infamamos diciendo tantos males dellas, que debríamos de tener vergüenza de que nuestras palabras saliessen por nuestras bocas tan perjudiciales contra personas de quien tantos bienes recebimos; y aunque haya algunas malas entre ellas, yo fiador que no sean tantas como los hombres, y nosotros mesmos somos la principal causa de sus males, importunándolas y fatigándolas con promesas, con engaños, con lisonjas y con persuasiones que bastarían á mover las piedras, cuanto más á mujeres, para que algunas veces vengan á dar en algunos yerros; y ellas jamás nos importunan ni fatigan requiriéndonos, y molestándonos con desvergüenza, antes tienen por mejor callando passar sus trabajos, que no dar á entender lo que por ventura con su flaqueza les piden sus apetitos. Y los que escribieron contra ellas no fué contra las buenas, sino contra las malas, y lo que dixeron de las unas, siendo pocas, no se ha de entender de las otras, que son muchas; así que sería mejor que todos nosotros nos empleásemos en decir bien de quien tantos bienes habemos recebido y recebimos cada día, y no mal de quien ninguno nos merece; y si alguna nos diere causa, con algunos desatinos, á que podamos decir mal della, sea particularmente para reñirla y castigarla con palabras y obras, siendo necessario, y no queramos que paguen las justas por las peccadoras y las que no tienen culpa por las que merecen el castigo; que lo que fuera desto se hiciere ó dixere, será mal dicho y mal hecho, y los vituperios y infamias y deshonras quedarán en aquellos que las dixeren, queriendo por una mujer mala hacer á todo el género de las mujeres malas, siendo por la mayor parte buenas y tan buenas que plugiesse á Dios que no fuéssemos nosotros peores que ellas; y concluyendo digo que yo no tengo la sospecha que dices de que Belisia por haber tomado amores con otro haya dexado los míos, y primero lo habré visto por los ojos que lo confirme en el pensamiento.

Filonio.—Paréceme, Torcato, que hablar alguna cosa en perjuicio de Belisia es tocarte á ti en el alma, y pues que con tanta afición y tan apassionadamente defiendes lo que le toca, yo no te veo otro remedio para salir deste piélago en que estás metido sino esperar á que el tiempo vaya consumiendo el agua poco á poco hasta que te halles en seco, y entonces juzgarás las cosas muy diferentemente de lo que agora lo haces.

Grisaldo.—Con estas pláticas se nos ha pasado el día, y pues que ya, Torcato, has descansado con decirnos tu fatiga y nosotros quedamos obligados á procurar tu remedio y consuelo en todo lo que pudiéremos hacerlo, aunque sea contra tu parecer y voluntad, procura de dexar la compañía de la soledad con que andas, porque con la conversación no tiene tanto lugar la tristeza que sin sentirlo te consumirá la vida, y agora todos nos vamos al lugar, donde los regocijos de las bodas de Silveyda no serán aún acabados, y podremos llegar á tiempo que gocemos alguna parte dellos.

Torcato.—Haced lo que os pareciere, que determinado estoy á forzarme y seguir vuestro consejo.

Filonio.—Pues ¡alto! ¡sus! caminemos, y para que menos sintamos el camino, vamos cantando alguna cosa con que tomemos placer, que, según veo, bien será menester para que Torcato deseche parte de la tristeza con que anda.

Torcato.—Yo quiero comenzar unos versos que hice en este desierto, al propósito de lo que mi corazón siente; vosotros me ayudad, para que mejor pueda cantarlos.

Grisaldo.—Comienza á decirlos, que así lo haremos.

TODOS TRES PASTORES

Montes, sierras y collados, que entendido
habéis mi pena rabiosa y mis dolores,
escuchando mis fatigas y querellas
que al alto cielo han subido,
rompiendo con mis clamores
las estrellas,
Doleos de mis trabajos y fatiga;
llorad conmigo mis ansias y mis males;
moveos á compasión de mi tormento,
pues la dulce mi enemiga
quiere sean mortales
los que siento.
Los ríos desta montaña, con las fuentes,
testigos de mis fatigas y cuidados,
cansados ya de me ver con mis enojos,
detengan hoy sus corrientes,
dando lágrimas parados
á mis ojos.
Tú, Eco, que estás contino resonando,
de mis llantos grande amiga y compañera,
llevando mis tristes voces por los vientos,
no dexes de ir publicando
cómo me acusan, que muera
mis tormentos.
Y tú, mi ganado triste y afligido,
con pastor tan sin ventura y desdichado,
que alredor deste acebo andas paciendo,
aquí te estarás tendido
tomando en ti mi cuidado,
y padesciendo.
Soledad muy agradable, y compañía
á mis tristes pensamientos y memoria,
con la cual siempre descansa mi tristeza,
no dexes de ser mi guía,
porque sienta en ti su gloria
mi firmeza.
Belisia, si mis clamores han herido
tus oídos, yo te ruego que escucharlos
quieras con lástima alguna y compasión
de verme tan afligido,
y no quieras ataparlos
sin razón.
Porque si no remediares mi dolor,
á mí me basta que sepas que padezco,
con entera libertad, y así lo quiero,
con muy verdadero amor,
pues á la muerte me ofrezco
y por ti muero.

Fin.