Después de haberla adorado, ofreciéndola el alma llena de devotos afectos, y mirando con atención aquellas grandiosas paredes, cubiertas de mortajas y muletas, con otras infinitas insignias de su poder, subía Fabio, ilustre hijo de la noble villa de Madrid, lustre y adorno de su grandeza, pues con su excelente entendimiento y conocida nobleza, amable condición y gallarda presencia, la adorna y enriquece tanto como cualquiera de sus valerosos fundadores, y de quien ella, como madre, se precia mucho.

Llevaba este virtuoso mancebo por tan ásperas malezas deseos piadosos de ver en ellas las devotas celdas y penitentes monjes que han muerto al mundo por vivir para el cielo.

Después de haber visitado algunas, y recibiendo sustento para el alma y cuerpo, y considerando la santidad de sus moradores, pues obligan con ella a los fugitivos pajarillos a venir a sus manos a comer las migajas que les ofrecen; caminando a lo más remoto del monte por ver la nombrada cueva que llaman de san Antón; así por ser la más áspera, como prodigiosa, respecto de las cosas que allí se ven, tanto de las penitencias de los que la habitan, como de los asombros que les hacen los demonios; que se puede decir que salen de ellas con tanta calificación de espíritu, que cada uno por sí es un san Antón.

Cansado de subir por una estrecha senda, respecto de no dar lugar su aspereza a ir de otro modo que a pie, y haber dejado en el convento la mula y un criado que le acompañaba, se sentó a la margen de un pequeño arroyuelo, que derramando sus perlas entre menudas yerbecillas, descolgándose con sosegado rumor de una hermosa fuente, que en lo alto del monte goza regalado asiento, pareciendo allí fabricada más por manos de ángeles que de hombres, para recreo de los santos ermitaños que en él habitan; cuya música y cristalina risa, ya que no la veían los ojos, no dejaba de agradar a los oídos.

Y como el caminar a pie, el calor del sol y la aspereza del camino le quitasen parte del animoso brío, quiso recobrar allí el perdido aliento.

Apenas dio vida a su cansada respiración, cuando llegó a sus oídos una voz muy suave, que en bajos acentos mostraba no estar muy lejos el dueño. La cual tan baja como triste, por servirle de instrumento la humilde corriente, y pensando que nadie la escuchaba, cantó así:

¿Quién pensara que mi amor,

Escarmentado en mis males,

Cansado de mis desdichas,

No hubiera muerto cobarde?