Agradeció Fabio lo mejor que supo, y supo bien, el quererle hacer archivo de sus secretos, y asegurándole, después de haberle dicho su nombre, de su peligro, y sentándose juntos cerca de la fuente, empezó el hermoso zagal su historia de esta suerte.
—Mi nombre, discreto Fabio, es Jacinta, que no se engañaron tus ojos en mi conocimiento; mi patria Baeza, noble ciudad de la Andalucía, mis padres nobles, y mi hacienda bastante a sustentar la opinión de su nobleza.
Nacimos en casa de mi padre un hermano y yo, él para tristeza suya, y yo para su deshonra; tal es la flaqueza en que las mujeres somos criadas, pues no se puede fiar a nuestro valor nada, porque tenemos ojos que a nacer ciegos menos sucesos hubiera visto el mundo, que al fin viviéramos seguras de engaños.
Faltó mi madre al mejor tiempo, que no fue pequeña falta, pues su compañía, gobierno y vigilancia fuera más importante a mi honestidad que no los descuidos de mi padre, que no le tuvo en mirar por mí y darme estado (yerro notable de los que aguardan a que sus hijas le tomen sin gusto): quería el mío a mi hermano ternísimamente, y esto era solo su desvelo, sin que se le diese yo en cosa ninguna: no sé qué era su pensamiento, pues había hacienda bastante para todo lo que quisiera emprender.
Diez y seis años tenía yo cuando una noche, estando durmiendo, soñaba que iba por un bosque amenísimo, en cuya espesura hallé un hombre tan galán que me pareció (¡ay de mí! y cómo hice despierta experiencia de ella) no haberlo visto en mi vida tal; traía cubierto el rostro con el cabo de un ferreruelo leonado, con pasamanos y alamares de plata.
Pareme a mirarle, agradada del talle y deseosa de ver si el rostro conformaba con él: con airoso atrevimiento llegué a quitarle el rebozo, y apenas lo hice cuando, sacando una daga, me dio un golpe tan cruel por el corazón que me obligó el dolor a dar voces, a las cuales acudieron mis criadas y despertándome del pesado sueño me hallé sin la vida del que me hizo tal agravio, la más apasionada que puedas pensar, porque su retrato se quedó estampado en mi memoria de suerte que en largo tiempo no se apartó de ella.
Deseaba yo, noble Fabio, hallar para dueño un hombre de su talle y gallardía, y traíame tan fuera de mí esta imaginación que le pintaba en ella, y después razonaba con él, de suerte que a pocos lances me hallé enamorada sin saber de quién; y me puedes creer que si fue Narciso moreno, Narciso era el que vi.
Perdí con estos pensamientos el sueño y la comida, y tras esto el color de mi rostro, dando lugar a la mayor tristeza que en mi vida tuve, tanto que casi todos reparaban en mi mudanza. ¿Quién vio, Fabio, amar a una sombra? Pues aunque se cuenta de muchos que han amado cosas increíbles y monstruosas, por lo menos tenían forma a quien querer.
Disculpa tiene conmigo Pigmalión, que adoró la imagen que después Júpiter le animó; y el mancebo de Atenas, y los que amaron el árbol y el delfín; mas yo que no amaba sino una sombra y fantasía, ¿qué sentirá de mí el mundo? ¿Quién duda que no creerá lo que digo, y si lo cree me llamará loca? Pues doyte mi palabra, a ley de noble, que ni en esto ni en lo demás que te dijere, adelanto nada más de la verdad.
Las consideraciones que hacía, las reprensiones que me daba, créeme que eran muchas; y asimismo que miraba con atención los más galanes mozos de mi patria, con deseo de aficionarme de alguno que me librase de mi cuidado; mas todo paraba en volverme a querer a mi amante soñado, no hallando en ninguno la gallardía que en aquel.