En este tiempo que doña Juana amaba tan rendida, y don Fernando amaba como poseedor, y ya la posesión le daba enfado, sucedió que una amiga de doña Juana, mujer de más de cuarenta y ocho años, si bien muy agraciada y gallarda y que aún no tenía perdida la belleza que en la mocedad había alcanzado, animándolo todo con grandísima cantidad de hacienda que tenía y había granjeado en Roma, Italia y otras tierras que había corrido, siendo calificada en todas ellas por grandísima hechicera, aunque esta habilidad no era conocida de todos, porque jamás la ejercitaba en favor de nadie sino en el suyo, por cuya causa también doña Juana la ignoraba, si bien por las semejanzas no tenía entera satisfacción de Lucrecia, que ese era el nombre de esta buena señora, porque era natural de Roma, mas tan ladina y españolizada como si fuera nacida y criada en Castilla.
Esta pues, como era muy familiar en casa de doña Juana, con quien se daba por amiga, se enamoró de don Fernando, tanto como puede considerar quien sabe lo que es voluntad favorecida del trato, pues no era este el primer lance que en este particular Lucrecia había tenido.
Procuró que su amante supiese su amor, continuando las visitas a doña Juana y el mirar tierno a don Fernando, del cual no era entendida, porque le parecía que ya Lucrecia no estaba en edad para tratar de galantería ni amores.
Ella, que ya amaba a rienda suelta, viendo el poco cuidado de don Fernando y el mucho de doña Juana, que sin sospecha de su traición era estorbo de su deseo, porque como amaba no se apartaba de la causa de su amor, se determinó la astuta Lucrecia a escribir un papel, del cual prevenida hasta hallar ocasión, aguardó tiempo, lugar y ventura, que hallándole, se le dio, el cual decía así:
«Disparate fuera el mío, señor don Fernando, si pretendiera apartaros del amor de doña Juana, entendiendo que no había de ser vuestra mujer; mas viendo en vuestras acciones y en los entretenimientos que traéis que no se extiende vuestra voluntad más que a gozar de su hermosura, he determinado descubriros mi afición: yo os amo desde el día que os vi, que un amor tan determinado como el mío no es menester decirle por rodeos; hacienda tengo con que regalaros; de esta y de mí seréis dueño: con que os digo cuanto sé y quiero.
Lucrecia.»
Leyó don Fernando el papel, y como era vario de condición, aceptó el partido que le hacía acudiendo desde el mismo día a su casa, no dejando por esto de ir a la de doña Juana, disfrazando sus visitas para con Lucrecia, que le quisiera quitar de todo punto de ellas con sus obligaciones.
Doña Juana, que por las faltas que hacía su amante y haber visto en Lucrecia acciones de serlo, y también en verla retirada de su casa, sospechando lo mismo que era, dio en seguirle y escudriñar la causa: a pocos lances descubrió toda la celada y supo con la frecuencia que Lucrecia le daba hacienda para que gastase y destruyese: tuvo sobre esto la dama con su ingrato dueño muchos disgustos, mas todos sirvieron de hacerse más pesada, más enfadosa y menos querida; porque don Fernando no dejaba de hacer su gusto ni la pobre señora de atormentarse, la cual viendo que no servían los enojos más que de perderle, tomó por partido el disimular hasta ver si conseguía su amor el fin que deseaba, que no vivía sin don Fernando, cuya tibieza le traía sin juicio.
Lucrecia se valía de más eficaces remedios, porque acontecía estar el pobre caballero en casa de doña Juana, y sacarle de ella, ya vestido, ya desnudo, como lo hallaba el engaño de sus hechizos.
Viendo en fin doña Juana cuán de caída iban sus cosas, quiso hacerle guerra con las mismas armas, pues las de su hermosura ya podían tan poco: y andando inquiriendo quién le ayudaría en esta ocasión, no faltó una amiga que le dio noticia de un estudiante que residía en la famosa villa de Alcalá, tan ladino en esta facultad que solo en oírle se prometió dichoso fin.