Hallose sobre todo esto sin más remedio que el de Dios para enterrarle; ni se atrevía a ir con esta necesidad a doña Juana, considerando que harto hacía en tenerle y sustentarle sus hijas. Determinose pues a vender su pobre cama, aunque no tuviese después en qué dormir; mas no estaba a este tiempo Dios olvidado de la virtud y sufrimiento de doña Clara, y así, ordenando que don Sancho, que todo el tiempo que ella había estado fuera de Toledo había estado en su estado (que ya le había heredado por muerte de su padre, sin haberse querido casar, aunque se le habían ofrecido muchas ocasiones, conforme a quien era), supiese por cartas de un criado, que en Toledo estaba casado, lo que pasaba, y deseoso de volver a ver al querido dueño de su alma, amante firme y no fundado en el apetito, vino a la ciudad y entró en ella el día en que estaba doña Clara en esta desdicha, y como supiese lo que pasaba, no pudo sufrir el enamorado mozo tal cosa; y así se entró por las puertas de la dama, y después de haberla dado el pésame breve y amorosamente, ordenó el entierro de don Fernando con la mayor grandeza que pudo, llevándole con tanto acompañamiento como si fuera su padre, acompañándole él mismo y a su imitación los caballeros de Toledo.
Dada sepultura al cuerpo y vuelto con toda aquella ilustre compañía a la pobre casa de doña Clara, en presencia de todos la dijo estas palabras:
—Hermosa Clara, yo he cumplido con lo que a caridad debo, dando sepultura al cuerpo de tu difunto esposo: la voluntad con que lo he hecho bien sabes tú y sabe esta ciudad que no ha sido fomentada más que con mis deseos, por no haber jamás alargado los tuyos a más que a un agradecimiento honesto, y esto fue antes que tuvieses dueño; que en teniéndole, ni aun tu vista merecí, no habiéndome faltado a mí diligencias, mas todas sin provecho respecto de tu virtud, de la cual si antes me enamoraba tu hermosura, hoy me hallo más enamorado.
Ya no tengo padre que me impida, ni tú ocasión para que no seas mía; justo es que pagues este amor y deudas en que estás a mi firmeza con un solo sí que te pido; y yo a ti asimismo, pues no solo yo, sino todos los hombres del mundo, deben portarse de este modo con las mujeres que a fuerza de virtudes granjean la voluntad de los que las desean. No dilates mi gloria ni te quites el premio que mereces: tus hijas tendrán padre en mí, y tú un esclavo que toda la vida adore tu hermosura.
No tuvo otra respuesta que dar doña Clara a don Sancho sino echarse a sus pies, diciendo que era su esclava y que por tal la tuviese. Con esto los que habían venido a dar los pésames, dieron las enhorabuenas.
Siguiéronse las órdenes de la iglesia en amonestaciones y lo demás, estando doña Clara mientras pasaban en casa del corregidor, que era deudo de don Sancho, donde cumplido el tiempo se desposaron, alcanzando don Sancho licencia del rey para hacer su casamiento, que todo sucedió como quien tenía al cielo de su parte, deseoso de premiar la virtud de doña Clara.
Hiciéronse en fin las bodas, dotando don Sancho a las hijas de doña Clara, que quisieron quedarse monjas con doña Juana, cuya discreta elección dio motivo a esta maravilla para darle nombre de Desengañado amado, que no es poca cordura que quien ama se desengañe.
Doña Clara vivió muchos años con su don Sancho, de quien tuvo hermosos hijos, que sucedieron en el estado de su padre, siendo por su virtud la más querida y regalada que se puede imaginar, porque de esta suerte premia el cielo la virtud.
NOCHE CUARTA.