Y como los negocios no se despachen a gusto de los pretendientes, y es fuerza aguardar un mes y otro mes, un año y otro año, y los de don Gaspar fuesen despacio, empezó, travieso, a buscar las casas de juego donde destruir su opinión y hacienda, y, ocioso, algún sujeto con que entretenerse; y fuilo yo por mi desdicha, porque viéndome un día en Nuestra Señora de San Llorente, dijo que cautivé su alma, y lo que pensaba buscar por entretenimiento hubo de solicitar por pasión de voluntad; y fuelo cierto, porque él me robó la voluntad, la opinión y el sosiego, pues ya para mí acabó en una hora.

Era su gallardía, entendimiento y donaire tanto que, sin tener las demás gracias que el mundo llama dones de naturaleza, como son música y poesía, bastara a rendir y traer a quererle cualquiera dama que llegase a verle, cuanto más la que se vio solicitada, pretendida y alabada.

¡Ay de mí, y cuán presentes están en mi alma sus gracias, ya no para estimarlas sino para sentir que fueran ellas las que me tienen en el estado que estoy, tan fuera de parecer quien soy cuanto de volver a verme en la vida dichosa que gocé antes de conocerle!

Supe su amor por medio de una criada (esfinge fiera y astuta perseguidora de mi honor), y él supo de ella misma mi agradecimiento y voluntad, escribiéndonos por su medio algunas veces que, imposibilitados de vernos por el recato de mi marido, entreteníamos de esta suerte nuestros amorosos deseos.

Sentía don Gaspar sumamente el verme casada, y yo más que él, porque no hay mayor desdicha para quien ama que tener dueño, y más si le aborrece, que esto era fuerza en mí, supuesto que quería a don Gaspar; y cuando no fuera por esto, por lo menos por estorbo de mi amor no había de ser gustosa su compañía. Decíame sobre esto don Gaspar la vez que me hablaba, que era en la iglesia, mil lástimas acompañadas de tantas ternezas que ya, cuanto más apriesa subía mi amor, bajaba mi honor y daba pasos atrás; y en sus papeles más por entero, porque en ellos se habla sin el estorbo del recato y dícense las razones más sentidas.

Acuérdome que una noche que quiso que fuese yo testigo de su divina voz, fue con unas endechas que si gustáis de oírlas las diré para que me disculpéis de mi yerro; pues no es milagro que se rinda la fragilidad de una mujer a unas quejas bien dichas.

A esto respondió don García (ya de todo punto rendida su voluntad a la belleza y donaire con que la hermosa Hipólita contaba su tragedia) que antes le pedía que no pasase en silencio nada, porque la oía con tanto gusto que quisiera que su historia durara un siglo.

—Pues si es así —respondió la dama—, las endechas yo las aprendí de memoria, y creo no se me olvida ninguna; ellas decían así:

Un imposible adoro,

Por esto me atormento,