La noble señora, inocente de estos sucesos, por no haberle dado su marido parte de las pretensiones de don Rodrigo, dando la culpa al haberse levantado, hizo que diese la vuelta el coche para volverse a casa; de suerte que cuando doña Leonor volvió de su desmayo ya estaba en su cama, y cercada de médicos y criadas, que con remedios procuraban darle la vida que creían tener perdida.

Aunque don Rodrigo tenía prevenida su partida, no le dio lugar amor para hacerla dejando su sol eclipsado, y así la suspendió hasta que por la esclava, tercera de su amor, supo como doña Leonor, más aliviada de su mal, aunque no de su pena, estaba reposando.

Con cuyas nuevas se partió el mismo día, quedando la dama al combate de las persecuciones de su padre, que como discreto no ignoraba de qué podía proceder el mal y disgusto con que siempre la veía, teniendo la ausencia de don Rodrigo por el autor de todo, más no por eso dejaba de prevenir lo necesario para que cuando don Alonso viniese no hallase dificultad en su casamiento.

Llegó don Rodrigo a Flandes y fue recibido del duque de Alba, que a este tiempo gobernaba aquellos estados, con el gusto que podía tener un caballero tan noble como don Rodrigo, a quien desde luego comenzó a ocupar en cargos y oficios convenientes a su persona y calidad, sucediendo a cada paso ocasiones en que don Rodrigo mostraba su valor y hazañas, de las cuales el duque satisfecho y contento, cada día le hacía mil honras y favores, siendo su gala y persona, discreción y nobleza, los ojos de la ciudad.

Sucedió en este tiempo que estando un día con el duque de Alba no solo don Rodrigo, sino todos los más nobles y principales caballeros y valerosos soldados del ejército, entró una principal señora flamenca, y arrodillada a los pies del duque le pidió que oyese un caso portentoso y notable que venía a contarle. El duque, que conocía la nobleza y calidad de doña Blanca, se levantó y la recibió con aquella acostumbrada cortesía de que tanto se preció y era dotado; y haciéndola sentar, la dijo que manifestase el suceso que tanto encarecía.

Entonces doña Blanca contó en presencia de los circunstantes cómo hacía un año que había muerto su marido, y desde entonces se oía en su casa un grandísimo ruido, pero que había cuatro meses que se veía en ella una fantasma, tan alta y temerosa que no tenía ella y sus criados otro remedio más que, en dando las once de la noche (que es la hora en que se dejaba ver), encerrarse en un retrete y aguardar allí hasta que dadas las doce se desaparecía, porque nunca jamás entraba en aquella parte donde ellas se retiraban. Acabó su plática con pedirle que mandase hacer en este caso alguna diligencia.

El duque que, como sabio, consideró que si fuera fantasma, como doña Blanca decía, no tuviera lugar separado, ni llaves ni cerraduras que le impidieran el entrar adonde doña Blanca se recogía, discurriendo en estas imaginaciones un poco, mandó a todos los que estaban allí guardar en aquel caso secreto; y como en varias ocasiones tenía experiencia del valor, ánimo y prudencia de don Rodrigo, le mandó que asistiese a la casa de doña Blanca y viese qué fantasma era aquella que la inquietaba.

Besó don Rodrigo la mano al duque por la merced que le hacía en elegirle a él para aquel caso, habiendo en la sala personas más beneméritas y de más valor que él, humildades que más hacían lucir su valerosa condición.

Volviose doña Blanca a su casa, con orden de no decir en ella que don Rodrigo había de ir a verse con aquella figura espantosa que en ella se advertía, porque en esto le pareció al duque que consistía el saber qué era.

Vino la noche, y con más espacio que el animoso don Rodrigo quisiera, tal era el deseo con que estaba de ver el fin de este negocio; el cual se fue en casa de doña Blanca bien armado y prevenido, y después de haber estado en conversación hasta las diez, sin que en este tiempo hubiese tratado de la causa a qué iba, como vio que ya podía prevenirse, la habló aparte, informándose del modo que la fantasma venía, y después la ordenó que llamase un criado de los que la servían para que le acompañase, sin que el tal entendiese para qué era llamado.