Habló del caso a su padre, y viendo ambos que persuadirla amando era excusado, ordenaron entre los dos una carta, poniéndola en nombre de un criado que don Rodrigo había llevado y ellos conocían, en que le avisaba como su señor se había casado con una señora flamenca, muy rica y hermosa, cuyo dote había venido a su propósito.

Esta carta se dio a los padres de don Rodrigo, los cuales, aunque no la tuvieron por muy cierta, por no avisarle su hijo de ello, con todo esto la divulgaron por la ciudad, de suerte que como las nuevas en siendo malas no se encubren, llegaron a los oídos de doña Leonor, que midiendo la inconstancia de los hombres con su desdicha y viendo que el tiempo que decían había que se había casado era el mismo, poco más o menos, que don Rodrigo no la escribía, las creyó luego; y desesperada de remedio cuanto deseosa de venganza, pareciéndole que no la podía tomar mayor de sí misma y de su amante que con rendirse a un tirano dueño, que así llamaba al esposo que sus padres la daban, si bien llorosa y triste, en sabiendo su desdicha dio la mano a don Alonso, celebrándose en Salamanca sus bodas.

Quien viese a doña Leonor casada hoy con diferente dueño del que sus pasiones prometían parece que podrá culpar la inconstancia de las mujeres; pues habrá quien diga que no debiera creerse tan de ligero de la primera información; mas de esta culpa la absuelve el haber pasado un año más del concierto. Pero lo que más disculpará y hará verdadero su amor será el suceso que del casamiento resultó.

Y así, en tanto que goza a su disgusto los enfadosos regalos de su esposo, a quien aborrecía, aun antes de casarse, porque no tan solo en dándole la mano se arrepintió, mas aun antes de habérsela dado; por cuyo disgusto se dejó vencer de una tan profunda melancolía que tenía, no solo a su marido, mas también enfadados a todos. Súfrala, pues creyó un engaño tan grande, que yo me paso a Flandes.

Don Rodrigo, inocente y temeroso de este suceso, después de ver a doña Blanca y a don Beltrán en posesión de su amor, el galán más enamorado y la dama muy contenta, siguiendo muy valerosamente en su ejercicio de la guerra y teniendo el duque en esta ocasión muy valerosos soldados en su compañía, y viendo ser don Rodrigo de los que más señaladamente se aventajaban en todas ocasiones, le honró con una compañía de caballos, en cuyo ejercicio hizo valerosas hazañas.

Sucedió en este tiempo el saco de Amberes, tan solemnizado y sabido de todos, y viendo don Rodrigo que a traer la nueva a la católica y prudente majestad del rey don Felipe II había de venir algún caballero, y considerando que esta ocasión era la misma que él siempre deseaba, fiado en sus valerosos hechos pidió por merced al duque le honrase con este cargo. Concediole el duque esta petición, y mucho más que pidiera, por conocer ser merecedor de mayores acrecentamientos, con lo cual, más contento que en su vida estuvo, se puso por la posta en España.

Llegó a la corte, dio las nuevas, y en albricias de ellas, después de haberle hecho Su Majestad mil honras, le hizo merced de un hábito de Santiago y cuatro mil ducados de renta, y con todas estas grandezas, fenecida la ocasión de estar en la corte, se fue a descansar a su patria, con intento de pedir por esposa a su querida señora; o, en caso que se la negasen, mostrando la cédula sacarla por el vicario.

Llegó a Salamanca, y después de haber desengañado a sus padres de las falsas nuevas que de su casamiento habían tenido, con pedirles de nuevo tornasen a tratar sus bodas con la bellísima doña Leonor, y oído de ellos una respuesta tan cruel como la de haberse casado, él, más desesperado, triste y confuso que en su vida estuvo, harto de lastimarse y sentir tal desdicha, y cansado de atormentarse con imaginaciones, se salió de casa con intento de hablar a doña Leonor, y en diciéndole su sentimiento, culpando su poca lealtad, dar la vuelta a Flandes y morir sirviendo al rey.

Llegó a su casa a tiempo que estaba la triste señora en un balcón de ella más rendida que nunca a sus tristezas y melancólicos pensamientos; porque demás de haberse casado, como he dicho, por parecerle irritada de cólera que se vengaba de su ingrato dueño, y estos casamientos hechos con tales designios siempre paran en aborrecimiento, era el marido celoso y no de mejor condición que otro, y tras esto amigo de seguir sus apetitos y desconciertos, sin perdonar las damas ni el juego, causas para que doña Leonor le hubiese del todo aborrecido, y él viendo su despego, no la trataba muy amorosamente, y estas cosas la traían sin gusto; pues como don Rodrigo la vio tan triste, se paró muy turbado a mirarla, tanto que la dama tuvo lugar, volviendo de su suspensión de reparar en aquel soldado que tan galán y cuidadoso la miraba, y conociendo a don Rodrigo, dando un grandísimo grito se cayó de espaldas en el suelo, dando con el cuerpo un grandísimo golpe, dejando a don Rodrigo tan turbado que le pesó mil veces de haberse puesto delante de sus ojos por no darle tal pesar.

Al ruido que hizo con la caída acudieron su madre y criados, y hallándola a su parecer sin ningún sentido, creyendo ser algún desmayo, la llevaron a la cama y, desnudándola, la pusieron en ella, y con toda priesa enviaron criados, unos a buscar su marido y otros a traer los médicos; y estos venidos, haciéndola mil diligencias y remedios sin provecho, ya con unturas y fomentos, ya con crueles garrotes, cansados de atormentarla, declararon que era muerta; nueva bien rigurosa, no solo para su casa sino para toda la ciudad, que como se publicó su repentino fin generalmente la lloraban, sintiendo todos como propia suya la pérdida de tan hermosa dama; pues si a los que no les tocaba esta desdicha la sentían, ¿qué sería a quien la tenía en el alma, que era don Rodrigo?