Tenían duda de que las segundas, que habían de desengañar a las damas de los engaños en que viven, igualasen a las primeras, y deseaban ver cómo salían de su empeño; aunque tengo por cierto que si bien estaban estas, como las pasadas, determinadas a tratar con rigor las costumbres de los hombres, no era por aborrecerlos sino por enmendarlos, para que si les tocaba alguno no llevasen el pago que llevan las demás; y no me espanto, que suele haber engaños tan bien sazonados que, aunque se conoce que lo son, no empalagan, y aun imagino que cuando más desengañan las mujeres entonces se engañan mejor: demás que mis desengaños son para los que engañan y para las que se dejan engañar; pues, aunque en general se dice por todos, no es para todos, pues las que no se engañan no hay necesidad de desengañarlas, ni a los que no engañan no les tocará el documento.
Quién ignora que habría esta noche algunos no muy bien intencionados a quienes me parece los oigo decir: «¿Quién las pone a estas mujeres en estos disparates? Porque enmendar a los hombres es lindo desacierto».
Veamos ahora a estas bachilleras, que no faltará ocasión de venganza; y como no era fiesta en que se podía pagar un silbo a un mosquetero, dejarían en casa doblado el papel y cortadas las plumas para vengarse, mas también imagino que a las desengañadoras no se les daba mucho, que diciendo verdades no hay que temer, pues pueden poner falta en lo hablado tanto en verso como en prosa; mas en la misma verdad no puede haber falta, como lo dijo Cristo nuestro Señor cuando dijo: «Si verdad os digo, ¿porqué no me creéis?»
Que trabajos del entendimiento, el que sabe lo que es, lo estima, y el que no lo sabe, su ignorancia le disculpa; como sucedió en la primera parte de este sarao, que si unos le desestimaron, ciento le aplaudieron, y todos le buscaron y le buscan, y ha gozado de tres impresiones, dos naturales y una hurtada, que los bien intencionados son como la abeja, que de las flores silvestres y sin sabor ni olor hace dulce miel; y los malos, como el escarabajo, que de las olorosas hace basura.
Pues crean que aunque las mujeres no son Homeros con basquiñas y enaguas, y Virgilios con moño, por lo menos tienen el alma, las potencias y los sentidos como los hombres. No quiero decir el entendimiento, que aunque muchas pudieran competir en él con ellos, fáltales el arte de que ellos se valen en estudios; y como lo que hacen no es más que una natural fuerza, es preciso que no salga tan acendrado: mas esta noche no les valió las malas intenciones, pues en lugar de vengarse se rindieron, que aquí se vio la fuerza de la verdad.
Salieron las desengañadoras siguiendo a Lisis, que traía de la mano a doña Isabel, muy ricamente vestidas y aderezadas, y muy bien prendidas, y con tantas joyas que parecía cada una un sol con muchos soles; y más doña Isabel, que habiendo renunciado el hábito morisco, pues ya no era necesario, su aderezo era costosísimo; tanto que no se podía juzgar qué daba más resplandores, si su hermoso rostro o sus ricas joyas, que esta noche hizo alarde de las que la pasada había dicho tenía reservadas para los gastos de su religión.
Doña Isabel se pasó al lado de los músicos, y las demás con Lisis al estrado, y la discreta Laura, su madre, que era la primera que había de desengañar, al asiento del desengaño.
Admirados quedaron todos de tanta hermosura y gallardía: los que las habían visto la noche antes juzgaron que en esta se habían armado de nueva belleza, y los que no las habían visto, juzgando que el cielo se había trasladado a la tierra y todos los ángeles a aquella sala, pareciéndoles que con las deidades no se puede tener rencor, perdieron el enojo que traían y decían:
—Aunque más mal digáis de nosotros, os lo perdonamos, por el bien de haber visto tanta hermosura.
Pues sentadas las damas y sosegados todos, la hermosa doña Isabel cantó sola este romance, que se hizo estando ausente el excelentísimo señor conde de Lemos, que hoy vive, y viva muchos años, y mi señora la condesa, su esposa: