Pero cuando no os veo, desespero.
Si más que a mí no os quiero,
Si veros me da vida,
Tenedla, si no os veo, por perdida.
Bien conoció el príncipe que estaban las rejas ocupadas, y no dudó de que estaría en ellas doña Blanca, y con mucho desenfado y donaire, como quien galanteaba con fe de amante y seguridad de esposo, dijo, llegándose más cerca:
—¿Seré tan dichoso que entre tantas estrellas esté el sol, y entre tantos nortes la blanca y plateada Cintia?
—Sí —respondió una de las damas, que como estos amores iban con las conveniencias ya dichas, y a lo público, no le querían regatear los favores, ni se temían las murmuraciones.
—¿Pues cómo, señora mía —prosiguió—, cubrís vuestros divinos rayos y lustrosos candores con la oscuridad del silencio? Merezca yo un favor vuestro, aunque sea mandarme morir.
—Que viváis muchos años —respondió doña Blanca—, y que prosiga la música es lo que mando.
Y con esto, avisando a los músicos, volvieron a cantar este romance: