—Buena debe de estar la olla, que da un olor que consuela, en verdad que la he de probar.

Y diciendo y haciendo sacaba una presa; y de esta suerte daba la vuelta de uno en uno a todos los platos: que hubo día que, en viéndole venir, el que podía se comía de un bocado lo que tenía delante; y el que no, ponía la mano sobre su plato.

Con el que tenía más amistad era con un gentilhombre de casa, que estaba aguardando verle entrar a comer o cenar, y luego con su pan y queso en la mano entraba diciendo:

—Por cenar en conversación os vengo a cansar —y con esto se sentaba en la mesa y alcanzaba de lo que había.

Vino en su vida lo compró, aunque lo bebía algunas veces en esta forma: poníase a la puerta de la calle y, como iban pasando las mozas y muchachos con el vino, les pedía en cortesía se lo dejasen probar; obligándoles lo mismo a hacerlo. Si la moza o muchacho eran agradables, les pedía licencia para otro traguillo.

Viniendo a Madrid en una mula, y con un mozo que por venir en su compañía se había aplicado a servirle por ahorrar de gasto, le envió en un lugar por un cuarto de vino, y mientras que fue por él se puso a caballo y se partió, obligando al mozo a venir pidiendo limosna.

Jamás en las posadas le faltó un pariente que, haciéndose gorra con él, le ahorraba la comida. Vez hubo que dio a su mula paja del jergón que tenía en la cama, todo a fin de no gastar.

Varios cuentos se decían de don Marcos, con que su amo y sus amigos pasaban tiempo, tanto que ya era conocido en la corte por el hombre más regalado de los que se conocían en el mundo.

Vino don Marcos de esta suerte, cuando llegó a los treinta años, a tener nombre y fama de rico; y con razón, pues vino a juntar, a costa de su opinión y hurtándoselo al cuerpo, seis mil ducados, los cuales se tenía siempre consigo, porque temía mucho las retiradas de los genoveses; pues cuando más descuidado ven a un hombre le dan manotada como zorro.

Y como don Marcos no tenía fama de jugador ni de amancebado, cada día se le ofrecían varias ocasiones de casarse, aunque lo regateaba, temiendo algún mal suceso: parecíales bien a las señoras que lo deseaban para marido y quisieran más fuese gastador que guardoso, que con este nombre calificaron su miseria.