LA CORONA DE SANGRE
Pág.
[I] . — La familia real de Asturias y Galicia [3]
[II] . — Esposo, hermano y verdugo [9]
[III] . — Los amores de don Fruela [12]
[IV] . — Una santa y un ángel [16]
[V] . — La mujer fuerte [20]
[VI] . — Una mujer sin corazón [24]
[VII] . — Ángel de luz y ángel de tinieblas [30]
[VIII] . — La sangre en la frente [36]
[IX] . — La víctima [40]
[X] . — La ermita [44]
[XI] . — La agonía [46]
[XII] . — El vengador [51]
[XIII] . — Quien a hierro mata, a hierro muere [56]
[XIV] . — La loca [59]
LA DIADEMA DE PERLAS
PARTE PRIMERA
Los bastardos de Alonso onceno [63]
PARTE SEGUNDA
El mártir del corazón [97]
LUZ DE LUNA
[I] . — Tristeza [141]
[II] . — El paje de la reina [147]
[III] . — La corte de Enrique IV [150]
[IV] . — Amor [155]
[V] . — La entrada de Villena [159]
[VI] . — El trono y el honor [164]
[VII] . — ¡Castilla por don Enrique! [168]
[VIII] . — Los Lunas [171]
[IX] . — El sacrificio [173]
LA PRINCESA DE LOS CASPIOS
[I] . — Hermione [177]
[II] . — Dolores sin consuelo [185]
[III] . — El regicida [189]
[IV] . — El puñal de Estratón [194]
[V] . — Justicia de Alejandro el Grande [197]
[VI] . — El campamento [207]
LA HERMANA DE VELÁZQUEZ
[I] . — La velada de San Juan [213]
[II] . — Amor de artista [218]
[III] . — El ruego de una madre [223]
[IV] . — La hidalguía española [227]
[V] . — Rey de nombre y rey de hecho [230]
[VI] . — Isabel de Borbón [235]
[VII] . — El rapto [239]
[VIII] . — Juan de Pareja [244]
[IX] . — El embajador [247]
[X] . — Ana [252]
[XI] . — El retrato de la reina [260]
[XII] . — El taller [263]
[XIII] . — El esclavo [269]
[XIV] . — La cruz de Santiago [272]
[XV] . — Ángel y mártir [276]
[XVI] . — La doble tumba [285]

LA CORONA DE SANGRE


I

LA FAMILIA REAL DE ASTURIAS Y GALICIA

En una de esas tranquilas y apacibles tardes de primavera, tan bellísimas bajo el templado clima de Asturias, dos personas de diferente sexo, pero ambas jóvenes y hermosas, se encontraban en una sala octógona del castillo real de Pravia; tres enormes ventanas, abiertas de par en par, daban luz al aposento, que ostentaba por todo mueblaje algunos sitiales góticos, mezclados con taburetes groseros y oscuros, y una mesa bastante baja y cubierta de un tapete de lana roja, en el cual estaban bordadas en seda las armas reales de los reyes de Asturias y Galicia.

Las paredes, de maciza encina, veíanse decoradas con estandartes godos que formaban trofeos, confundidos y enlazados con alfanjes damasquinos, capacetes árabes y banderas desgarradas de los hijos de Islam: aquellos objetos habían sido arrancados sin duda a los árabes por los reyes montañeses que, desde Pelayo, habían vivido en aquel rincón de Asturias con los destrozados restos del imperio godo.

El aspecto del salón era pobre, severo, sombrío; solo la hermosa y diáfana luz de aquella alegre tarde de abril podía disipar un tanto la melancolía que en él se advertía.

A través de las ventanas se divisaban los cuadrados torreones del monasterio de San Salvador, y las peladas rocas que constituían en aquella época los únicos caminos de Asturias.

Era el siglo VIII y reinaba Fruela I, hijo de Alfonso el Católico, en aquel estrecho y olvidado pedazo del fecundo y hermoso reino de España, a la sazón ocupado casi todo por los árabes.