Hacedles agradable su casa y amable vuestro trato; sed sus amigas, partid sus alegrías, consolad sus tristezas, endulzad sus dolores, cuidad sus enfermedades; procurad que nada les falte en las comodidades del hogar; velad por los intereses de la casa, que son los de ambos; haceos, en fin, necesarias á su dicha y dejadlos libres, completamente libres.
No les pregunteis adonde han ido, que ellos mismos os lo dirán.
No les pregunteis el dinero que han gastado, que los humillais; y las heridas del amor propio son las que ménos han de perdonaros.
El hombre es el jefe natural de la familia y el dueño de su casa; para impedir sus extravíos no teneis más medio lícito que imperar en su corazon.
Y si os ofenden, sed templadas y generosas.
No rechaceis con dureza al que os ofendió cuando os dé alguna muestra de arrepentimiento, por ligera que sea; no os vengueis de él cuando la sociedad le arroje lleno de amarguras y decepciones.
Vosotras, dichosas criaturas, que estais escudadas y protegidas con un amor tierno y profundo, no le perdais por vuestra imprudencia é impremeditacion.
No pidais al hombre más de lo que puede concederos; no querais violentar sus gustos, sus sentimientos, sus inclinaciones.
Respetadle al mismo tiempo que le ameis; pero sabed haceros precisas á su bienestar, á su dicha, á su vida doméstica, que es la sola ciencia y el gran talento que debe ostentar la mujer.