No es, pues, la posesion lo que apaga el amor que inspiran las mujeres hermosas; es que si no tienen más que hermosura, la vista se acostumbra á ella, y no hallándose alimentada el alma, no hay amor que dure y que resista el cansancio.
Ademas, las mujeres son casi todas graciosas ántes de hallar un esposo: pero una vez conseguido, podria creerse que su gracia era un anzuelo, y que conseguida la pesca lo han arrojado como cosa incómoda é inútil.
Desde la hermosa Esther, reina de los judíos, que pasó de la esclavitud al trono, hasta nuestros dias, la mujer que quiere y sabe conseguirlo, es siempre adorable y adorada.
II.
He visto algunas mujeres que equivocan la gracia con el gracejo, y que sólo creen poseerla usando de maneras desahogadas y de palabras libres.
Eso no es la gracia; ó á lo ménos, no es la gracia tal como yo la entiendo y como se admira en la buena y culta sociedad.
La gracia es la reunion encantadora del candor púdico, de la decencia irreprochable, del natural cultivado, que se manifiesta con el lenguaje dulce y cortés: la gracia es un compuesto de benevolencia, de elegancia natural y perfecta, de maneras distinguidas: la gracia, cuando verdaderamente la posee una mujer, traspira en todo lo que hace, y en todo lo que toca, y hasta en todo lo que la rodea.
Una mujer dominante y de carácter duro é irascible, no tendrá jamas gracia; por eso las virtudes rígidas, severas, y perfectas en una palabra, tienen siempre muchos ménos adeptos que las amables debilidades de algunas mujeres: parece como que la mujer debe estar siempre envuelta en una delicada nube, que es la mitad decoro y la mitad coquetería, y que la gracia debe flotar en la atmósfera que respira, como un perfume impalpable.
La mujer es amable cuando llora, cuando rie y hasta cuando padece, si es que quiere serlo: siempre que se descubra en ella la gracia y la suavidad y que sus impresiones demuestren una alma noble y un buen corazon, puede estar segura de su imperio.
III.