Estas dos cosas son la osadía y el talento.

El talento es bello y luminoso: hijo del alma, ni grita, ni hace ruido, ni rivaliza, ni lo necesita.

La osadía no va jamas solitaria por el mundo: le acompañan el charlatanismo, la vanidad, el afan de figurar, el lujo y lo que se llama en lenguaje gráfico, aunque no sea muy castellano, la cursilería, que es el empeño de aparecer, en primer término.

Nada hay más cándido, más noble, más leal, que el verdadero talento: la osadía le engaña con su malicia siempre que quiere, porque el talento se mece en regiones ideales y no entiende nada de las miserias y pequeñeces de la vida; vuela y no rastrea; da y no calcula; sufre y no se queja. No conoce la envidia, porque, grande por sí mismo, se basta para abrirse ancho y hermoso camino, que al cabo le ceden las medianías que han querido cerrarle el paso.

Como se da el nombre de amor, profanándolo, á muchos sentimientos que nada de semejante tienen con aquél, se da tambien el nombre de talento á muchas cosas que, como la osadía, son graves defectos de carácter y de educacion.

De una mujer habladora, sin saber lo que decia, he oido asegurar que tenía mucho talento; he oido aclamar el talento de otra mujer cáustica, burlona y maldiciente, y bautizar tambien con el nombre de talento la manía de intriga, la tenacidad para conseguir sus fines y la falta de dignidad de muchas otras.

--Concha tiene mareado al señor de Castro,--decia hace pocos dias una amiga mia á otra señora,--se casará, y hará de él lo que quiera. ¡Qué talento tiene esa muchacha!

--Los hombres que se dejan marear ó engañar, que es la misma cosa,--repuso su interlocutora,--son tontos, y no es gran hazaña el aturdirlos, ni cuesta gran trabajo.

En efecto, no hay en el mundo un marido peor que un hombre engañado, de cuyos ojos ha caido la venda.

II.