II.
»Hablamos de las obras nuevamente puestas á la venta, y el señor T.... me enseñó una de la cristiana y dulce escritora belga Mad. Bourdon, tan poco conocida como digna de serlo; señalóme en un estante un volúmen elegantemente encuadernado, diciéndome que aquélla era su última produccion; yo quise tomarla; el buen señor fué á adelantarse á mi deseo; pero yo, para no molestarle, alargué vivamente el brazo; el libro pesaba ménos de lo que era de esperar, atendido su tamaño; salió con violencia, cayó en el mismo velador que ya estuve yo para tirar al suelo, y derribó un tintero que sobre él habia; todos echaron á broma el suceso y me dijeron que no tuviese pena ninguna; pero yo vi la tinta caer sobre la alfombra, y sin saber lo que hacía, trémula, confusa, yerta de terror, me incliné y... ¡oh colmo de ridiculez! me puse á recogerla con mi pañuelo; tal era mi turbacion y mi dolor por mi torpeza.
»En el mismo instante un criado vino á anunciar que la comida se hallaba servida, y yo le vi contener la risa al advertir lo que estaba haciendo; encarnada como una grana seguí al comedor á la familia; la señora T.... me daba el brazo y me colocó entre ella y su hija mayor, graciosa y dulce jóven, cuya modestia nada tenía parecido á mi torpeza y timidez excesivas.
»La amabilidad de la señora de la casa empezaba á tranquilizarme, cuando el mal genio que me perseguia me dió otra prueba de su encarnizamiento contra mí; habia yo colocado el plato de sopa demasiado cerca del borde de la mesa; al volverme para contestar á una pregunta de mi vecina, la señorita de la casa, que admiraba mi cuello de encaje, dejé caer el plato con todo su contenido sobre mi falda; á pesar de haber empapado mi servilleta y otras várias que me fueron ofrecidas, mi traje verde luz se inundó de aquel líquido craso y todavía hirviente; recordé entónces el valor con el cual el dueño de la casa habia disimulado el dolor que mi pisada le habia ocasionado, y puse de mi parte todo lo posible para imitar su tranquilidad.
III.
»Una de las señoritas me suplicó que le acercase un asado colocado cerca de mí; en mi afan de complacerla puse en la boca un pedazo de budin que tenía en el tenedor sin pensar en que estaba abrasando; entónces me fué imposible disimular mi tormento; la garganta se quemaba conforme iba pasando por ella el budin; los ojos se me querian salir de las órbitas; cada uno de los presentes me propinó un remedio distinto: el uno me aconsejaba vino, otro aceite; yo pedí agua, y un criado trajo un vaso lleno; pero sea que se equivocase, sea que el traidor quisiera burlarse de mí, me trajo aguardiente en vez de agua fresca; lancé un grito, y el líquido salió por las narices y por mi boca en un acceso de tos; la señora riñó á su criado; ciega con el dolor de la quemadura y del aguardiente, llevé á la cara el pañuelo con el que habia secado la tinta; una risa general estalló entónces, porque la más exquisita cortesía no bastaba ya ante tanta ridiculez, y huí á mi casa sin despedirme de nadie y loca de dolor.
«¡Oh invencible timidez! Yo te maldigo como á mi más cruel enemigo.»
IV.
La carta que precede dice más que cuanto yo pudiera encarecer, acerca de la necesidad de adquirir aplomo y serenidad de ánimo en el trato social.
La soberbia es muy culpable; pero tambien es digna de censura la absoluta falta de confianza en el propio mérito, que conduce á una timidez invencible.