—Partamos.

—Paréceme, gran señor, que harias bien en armarte mejor de lo que estás, porque ¡vive Dios que no quisiera que se quedara España sin tan gran trovador! y...

—¡Chiton! Pónme en efecto esa armadura. Quitóse un capotillo propio de caza; púsose una lóriga ricamente recamada de oro sobre terciopelo verde; vistió una fuerte cota de menuda malla; ciñó una espada, y calzó las botas con la espuela de oro, insignia de caballeros de la mas alta gerarquía. Prevínose tambien contra la intemperie envolviéndose en un tabardo de belarte, y despues que Ferrus se hubo armado, aunque mas á la ligera, montaron en sus caballos y se despidieron de Fernan Perez, encargándole sobre todo que en manera alguna dejase de estar á la mañana siguiente en la cámara de su grandeza á la hora comun de levantarse; prometiólo Vadillo, besándole el estremo de la lóriga, y al son de las cornetas de los cazadores que daban ya la señal de recogida á los monteros desparcidos, picaron de espuela nuestros viajeros seguidos de Hernando.

Ya era á la sazon cerrada y oscura la noche: no dicen nuestras leyendas que les acaeciese cosa particular que digna de contar sea. Ferrus trató varias veces de aventurar alguna frase truhanesca, de aquellas que solian provocar el humor festivo de su señor; pero el silencio absoluto de éste le probó otras tantas que no era ocasion de bufonadas, y que la cabeza del caballero, sumamente ocupada con las revueltas ideas á que habia dado lugar el pliego que tan intempestivamente habia venido á arrancarle del centro de sus placeres, estaba mas para resolver silenciosamente alguna enredada cuestion de propio interes, que para prestar atencion á sus gracias pasageras. Resignóse, pues, con su suerte, y era tanto el silencio y la igualdad de las pisadas de sus trotones, que en medio de las tinieblas nadie hubiera imaginado que podia provenir de tres distintas personas aquel uniforme y monótono compas de pies.

Dos horas habrian transcurrido desde su salida de las tiendas, cuando dando en las puertas de Madrid llegaron á entrar por el cubo de la Almudena, y dirigiéndose al alcázar que á la sazon reedificaba el rey don Enrique III en esta humilde villa, llegó el principal de los viajeros á sus labios el cuerno, que á este fin no dejaba nunca de llevar un caballero, é hizo la señal de uso en aquellos tiempos; la cual oida y respondida en la forma acostumbrada, no tardaron mucho en resonar las pesadas cadenas, que inclinando el puente levadizo dieron facil entrada en el alcázar á nuestros personages: dirigiéronse inmediatamente á las habitaciones interiores sin interrumpir el silencio de su viaje, sino con el ruido de sus fuertes pisadas, cuyo eco resonaba por las galerías, donde los dejaremos, difiriendo para el capítulo siguiente la prosecucion del cuento de nuestra historia.




CAPITULO III.