Cuando don Enrique de Villena volviendo silenciosamente la espalda á su esposa á la aparicion de Elvira, que habia acudido con tanta oportunidad á atajar los efectos de su furor, la dejó toda llorosa en brazos de su camarera, ignorante de cuanto habia pasado, ésta empleó cuantos medios estaban á su alcance para hacerla volver en sí del estado de estupor y de profunda enagenacion en que la habia puesto la desdichada escena que con su injusto esposo acababa de tener. Sentóla en un sillon, donde no daba muestras de vida la infeliz condesa, enjugó las lágrimas que habian inundado en un principio su rostro, pero cuyo curso habia detenido ya el esceso del dolor; le aflojó el vestido con que tan inútilmente se habia engalanado pocos momentos antes en obsequio del caballero descortés, y refrescó la atmósfera que la rodeaba con un abanico.

Al cabo de algun tiempo produjo la solicitud de Elvira todo el efecto que deseaba: comenzó la condesa á dar indicios de querer desahogar su pecho oprimido, y de alli á poco rompió de nuevo á llorar amargas y copiosas lágrimas, exhalando profundos gemidos acompañados de voces inarticuladas, las cuales producia á trechos y á pedazos en los huecos del llanto con un acento convulsivo y un tono de voz ora agudo, ora reconcentrado, que ninguna pluma de escritor ó de músico puede atreverse á representar en el papel.

Poco á poco fue perdiendo fuerzas su acceso de cólera, como pierde impetuosidad el torrente si una vez roto el dique que le enfurecia halla anchas y fáciles salidas á sus ondas por la tendida campaña; mitigóse su dolor, pero por largo espacio conservó indicios del enojo anterior, como se echaba de ver en el movimiento de elevacion y depresion de su agitado seno, semejante al mar, cuyas ondas, mucho tiempo despues de pasada la borrasca, conservan aunque decreciente la inquietud que el huracan les imprimió.

Luego que estuvo en estado de hablar con mas serenidad, refirió á Elvira cuanto con el conde le acababa de pasar, y fueron inútiles todos los consuelos que su fiel camarera trató de prodigarle. Revolvia en su cabeza mil ideas encontradas: ora queria salir inmediatamente de aquella parte del alcázar que le estaba destinada y refugiarse á sus villas, ora intentaba acogerse al amparo del mismo rey, esperando de su justicia que reprimiría los desórdenes de su esposo, y le impondría algun temor para lo sucesivo, pues pensar en que ella consintiese en la separacion que el conde manifestaba desear era sueño, puesto que se habia casado enamorada de Villena: verdad es que el trato y la mala vida que la daba hubieran sido bastantes á hacer odioso al mas perfecto de los hombres; pero todos sabemos que la frialdad y el despego suelen ser incentivos vivísimos del amor, y lo eran tanto mas en la condesa cuanto que habiendo vivido siempre don Enrique apartado de ella despues de su infausta boda, no habia dado jamas entrada al hastío que hubiera seguido á una larga y tranquila posesion. Aguijoneaba ademas á la infeliz condesa la saeta de los zelos: en varias ocasiones habia sorprendido al conde de Cangas en conquista ó persecucion de algunas bellezas, y aun una de las que habia considerado siempre como primer objeto de sus obsequios era aquella misma Elvira en quien tenia puesta toda su confianza; mas como tenia pruebas de que ésta se habia negado constantemente á dar oidos á toda proposicion amorosa del de Villena, y en la seguridad en que estaba de que cualquiera que á su lado viviese habia de escitar los deseos de su esposo, queria mas bien tener por camarera aquella de cuya lealtad y odio á la persona del conde no podia dudar en manera alguna.

En esta ocasion se equivocaba la condesa en sus temores, porque no un amor adúltero, sino la ambicion era quien á tan descortés procedimiento á don Enrique obligaba. Empero esta era la verdad: por una parte el amor, que á pesar de los desdenes de Villena en su corazon duraba, y por otra la creencia en que estaba de que solo proponia aquel rompimiento para entregarse mas á su salvo á alguna nueva intriga amorosa, eran suficientes motivos para que nunca hubiese ella prestado su consentimiento al propuesto divorcio.

Logró por fin persuadirla Elvira á que se recogiese y tratase de poner un paréntesis á su pesar en el sueño, dejando para el dia siguiente el resolver lo que deberia hacerse. Hízolo asi la condesa, y Elvira se retiró á la cámara inmediata, en donde se proponia esperar al lado del fuego á que su señora se hubiese entregado completamente al descanso para seguir su acertado ejemplo. Sentóse cerca de la lumbre despues de haber dado las oportunas disposiciones para que durante la noche no faltasen sus dueñas del lado de la condesa, y púsose á leer un manuscrito voluminoso, que entre otros muchos y muy raros tenia don Enrique de Villena, por ser libro que á la sazon corria con mucha fama, y ser lectura propia de mugeres. Era éste el Amadis de Gaula. Hacia pocos años que su autor, Vasco Lobeira, habia dado al mundo este distinguido parto de su ingenio fecundo, y don Enrique de Villena, por el rango que ocupaba en Castilla y por su decidida aficion á las letras y relaciones que con los demas sabios de su tiempo tenia, habia podido facilmente hacer sacar de él una de las primeras copias que en estos reinos corrieron. El carácter de Elvira simpatizaba no poco con las ideas de amor, constancia eterna y demas virtudes caballerescas que en aquel libro leía: hubiera dado la mitad de su existencia por hallarse en el caso de la bella Oriana, y aun no le faltaba á su imaginacion ardiente un retrato de Amadis cuya fé la hubiera lisongeado mas que nada en el mundo: era éste un mancebo generoso de la corte de Enrique III, á quien habia conocido desgraciadamente despues que á Fernan Perez de Vadillo. Habíase casado en verdad ciegamente apasionada del hidalgo; pero desde su boda hasta el punto en que la encuentra nuestra historia se habia ensanchado considerablemente el círculo de sus ideas; Fernan Perez por el contrario era siempre el mismo que en otro tiempo habia cautivado sin mucho trabajo el inocente corazon de la niña Elvira; pero ésta no era ya la amante que se habia prendado de Fernan Perez: su carácter se habia desarrollado de una manera prodigiosa, y un foco de sensibilidad y de fogosas pasiones creado nuevamente en su corazon habia producido en su existencia un vacío de que ella misma no se sabia dar cuenta. Se habia formado en su cabeza un bello ideal, no hijo del mundo real en que habitaba, sino de su exaltacion; y se complacia en personificar este bello ideal en tal ó cual jóven cortesano que sobre el vulgo de los caballeros de la corte de Enrique III se distinguian. Uno entre todos habia avasallado ya su albedrío bajo esta personificacion, y Elvira, juguete de la naturaleza, que puede mas que sus criaturas, no sabia ella misma que iba tomando sobre su corazon demasiado imperio un amor ilícito y peligroso. Por desgracia su virtud misma era su mayor enemigo: la confianza en que estaba de que nunca podrian faltarle fuerzas para resistir la hacia entregarse sin miedo con criminal complacencia á mil ideas vagas, que cada dia iban ganando mas terreno en su imaginacion. Encontrábase en fin en aquel estado en que se halla una muger cuando solo necesita una ocasion para conocer ella misma y dar á conocer acaso á su propio amante la ventaja que sobre ella ha adquirido. Como un incendio que ha crecido oculto é ignorado en la armazon de una casa vieja, que no ha menester mas sino que descubriéndose una pequeña parte de la techumbre que lo cubre tenga entrada la mas mínima porcion de aire, entonces estalla de repente como un vasto infierno improvisado, se lanzan las llamas en las nubes, crujen las maderas, y viene al suelo el edificio desplomado, sepultando en sus ruinas al incauto y desprevenido propietario.

No era, pues, la lectura de Amadis la que á la triste Elvira mejor pudiera convenirle; pero era tanto mas disculpable, cuanto que en el siglo XIV no habia muchos libros en que escoger, y pudiera darse cualquiera por contento con divertir las horas ociosas por medio del primero que en las manos caía.

Una tristeza vaga y sin causa positivamente determinada era el síntoma predominante de la hermosa camarera de la de Albornoz, y la soledad era el gran recurso de su imaginacion, deseosa de empaparse sin reserva ni testigos en la contemplacion de las seductoras ilusiones que se forjaba: esta disposicion de ánimo no era ciertamente la mas favorable para la virtud de Elvira en las escenas sobre todo en que aquella misma noche fecunda de acontecimientos debia colocarla.

Poco tiempo podria hacer que con el primer libro de caballería en España conocido se entretenia la sensible Elvira, cuando sintió abrir la puerta del salon, y una persona, que seguramente no esperaba, se presentó á su lado dándola las buenas noches con rostro alegre y maliciosa sonrisa.

—¿Qué buscas, Jaime, en estas habitaciones, y á estas horas? Ya deben ser cerca de las diez: vuelve á la cámara del conde, si es que no te envia, como su precursor, á anunciarnos nuevos pesares y desventuras.