—Vamos, ven acá, Jaime, y dime quién te ha dado ese anillo, ó si por ventura tienes que acusarte de algun...
—¡Chiton! señora prima, interrumpió el page con indignacion.
—¡Ah! ya le tengo, gritó Elvira aprovechando para asirle la mano aquel momento en que la pundonorosa irritabilidad del page le habia estorbado la precaucion; ya le tengo.
—No, no me lastimes y te le daré, dijo el page viendo que se disponia la interesante Elvira, tan niña como él, á valerse de la superioridad que le daban sus fuerzas para ver á su salvo el anillo: quitósele en efecto, pero echando á correr, en cuanto Elvira le hubo cogido, no me importa, añadió; ¿qué vereis, señora curiosa? Nada: un anillo; mas no por eso sabreis quién me lo ha dado.
Equivocábase el inesperto page: la perspicaz Elvira, que al principio habia sido inducida solo por mera curiosidad al reconocimiento de la alhaja, cuya posesion no creía natural en el pagecillo, habia fijado notablemente en ella su atencion, y examinaba al parecer alguna señal ó particularidad por donde esperaba venir en conocimiento de su procedencia.
—No hay duda, esclamó sonrojándose como grana, no hay duda: una letra pierdo; pero sería mucha casualidad... esmeralda... e; lapislázuli... l; brillante, b; rubí, r; amatista, a. Y luego... una, dos, tres, cuatro, cinco, seis. No hay duda.
El page, que habia alborotado la sala con sus risas y sus burlas al ver la perplejidad de su prima, no se asombró poco al oir la estraordinaria y no esperada esplicacion que daba á la sortija; y tanto mas confundido quedó cuanto que creyó no haber sido en esta ocasion sino el juguete del doncel, que se habia valido de él para manifestar á Elvira aquel su amor, de que el malicioso page tenia ya no pocas sospechas.
Nada mas comun en aquel tiempo que estas combinaciones de piedras y ese lenguaje amoroso de geroglíficos en motes, colores, empresas y lazadas. Un platero de Burgos habia engarzado artísticamente á ruego de Macías en un mismo anillo aquellas seis piedras, cuya traduccion habia acertado tan singularmente Elvira por un presentimiento sin duda de su corazon. Habia perdido la significacion de una piedra, cosa nada estraña, no hallándose ella muy adelantada en el arte del lapidario; pero en cambio habia entendido la equivocacion del platero, que habia significado la v con la b, inicial de brillante; ni el qui proquo del platero ni el acierto de Elvira tenian nada de particular en un tiempo en que no sabian ortografia ni los plateros ni los amantes. El número sin embargo de las piedras, y la colocacion de las conocidas, no dejaba la menor oscuridad acerca de la intencion del que habia mandado hacer la sortija.
Quedábale todavía á Elvira un resto de duda, que á toda costa queria satisfacer: en primer lugar no era ella la única Elvira que en Castilla se encerraba; y en segundo la alusion, que la habia puesto en camino de sospechar, no le daba sin embargo noticia cierta de quién fuese el que usaba con ella semejante galantería. Deseaba por una parte saberlo; temia por otra oir un nombre indiferente.
—¿Quieres cambiar este anillo, Jaime, por otro mejor que yo te dé?