Aun no habia conciliado el sueño el poderoso rey de Castilla, cuando ya el impaciente conde de Cangas y Tineo sabia palabra por palabra el coloquio que en el anterior capítulo dejamos descrito. A la mañana siguiente creyó ya del caso la llegada de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava; tomó en consecuencia sus disposiciones para que el enviado, que precisamente habia llegado la víspera, y que él habia sabido entretener, se presentase en la corte de aquel dia, y esperó tranquilo el resultado de su artificio.
El salon principal del alcázar donde tenia corte su alteza se hallaba ya ocupado en la mañana del dia, que tan fecundo prometia ser en notables acontecimientos, por algunos caballeros jóvenes donceles del rey, por varios pages de lanza y de estribo, y por los ballesteros que guardaban las puertas como prevenia la etiqueta del tiempo. Algunos caballeros cortesanos de los que no acompañaban al rey á la misa, que á la sazon oía: discurrian sobre las noticias del dia.
—¿Qué novedades, dijo un jóven de gallarda apostura y de pulido arreo á otro caballero que paseaba con él á lo largo del salon, qué novedades habeis recogido para vuestra corónica, señor coronista Pedro Lopez de Ayala?
—La principal, señor don Luis de Guzman, es la que de Sevilla me escribe el ginovés Micer Francisco Imperial.
—¿El de las trovas que comienzan Gran sosiego é mansedumbre á doña Angelina de Grecia, la princesa que ha regalado á Castilla el gran Tamorlan, del botin que cogió al turco Bayaceto?
—El mismo. Buen ingenio.
—¿Y qué os dice?
—Díceme que el ginebrino que envió á buscar su alteza á París para componer el reloj de la torre de Sevilla, hálo compuesto á las mil maravillas, y que da todas las horas como antes de haberle caido el rayo hace un año.
—Cierto que es importante, porque no habia otro reloj tan maravilloso en Castilla, ni quien supiera componer aquella enredada máquina. Premiaránlo bien.
—Merece mas de diez mil maravedís. ¿Habeis oido, señor comendador, que acaba de llegar un demandadero de Calatrava?