—Oh, la verdad nunca gusta á...

—¡El rey...! dijo una voz que salia de las piezas inmediatas.

—¡El rey! repitieron dos farautes que entraban ya vestidos de ceremonia por las puertas del salon. Apartáronse los caballeros, y don Enrique subió á su trono, rodeado de los principales señores de Castilla, á cada uno de los cuales seguian los caballeros y escuderos de sus casas.

Ocupaba don Enrique de Villena, como tio segundo que era de su alteza, el lugar preeminente, si se esceptúa el del físico y el del condestable Dávalos, que á uno y otro lado pisaban el primer escalon del trono. Tenia el conde á su izquierda á su primer escudero y detras al juglar, y rodeábanle varios caballeros, en cuyos pechos lucian las cruces de Calatrava, en lo cual echará de ver el lector que no se habia descuidado aquella mañana en atraérselos con mercedes y distinciones para tenerlos favorables á sus miras. Vestía luto, pero su semblante mas anunciaba alegría que dolor, por mas que procuraba él disimularla,

—Chanciller, dijo don Enrique cuando se hubo sentado y saludado en derredor á sus cortesanos, ¿qué letras teneis?

—Acábanse, señor, de recibir estas.

—¡Ah! de Otordesillas, de mi esposa. Díceme doña Catalina que está próxima á su alumbramiento. ¿Paréceos, Abenzarsal, que tendrá Castilla que jurar un príncipe de Asturias, despues de haber jurado solemnemente á la infanta doña María mi muy amada hija?

—Pudiera ser, señor. ¿Qué mal habria en eso?

—Haced, condestable, que se dispongan tiros, y avisad á los pueblos de aqui á Otordesillas que se hagan grandes fogadas y ahumadas en las eminencias luego que las vean hacer en el pueblo inmediato, empezando Otordesillas mismo en cuanto su alteza dé á luz un príncipe. De esta suerte sabremos ese fausto acontecimiento pocas horas despues: dispondreis que no falten atalayas. ¿Hay mas?

—Señor, desea besar los pies de tu alteza el sublime Mahomad Alcagí, embajador del llamado gran Tamorlan.