Inclinóse Macías en señal de gratitud, y el rey se retiró diciendo al condestable:—Rui, me recordareis que debo fijar el dia del combate.—Vos, Abrahem Abenzarsal, encargaos de esa dueña en vuestra cámara hasta que órdenes posteriores mias os indiquen dónde puede permanecer durante el plazo que falte para el combate.

El físico en consecuencia intimó la orden á la dama enlutada, y la encaminó con un page á su cámara. Retiróse el rey, y con su marcha desaparecieron en pocos momentos los mas de los cortesanos.—No ha sido del todo feliz el dia, dijo Abenzarsal á don Enrique, que se retiraba con su escudero; pero no importa, son nuestros: haced por dirigir á la noche á Hernan Perez á mi cámara.—¿Habeis hecho algo? preguntó don Enrique.—Espero hacer.—Dicho esto se separaron por no dar sospechas. Don Enrique y su escudero se fueron, departieron acerca de los muchos sucesos buenos y malos que habian pasado aquel dia, y acerca de quién podia ser la dama, si bien muy pocas dudas les quedaban, y ya se proponia salir de ellas al momento el escudero.

Entre tanto rodeaban á Macías varios caballeros, quién á darle la bien venida, quién á preguntarle nuevas de Calatrava. Entre los muchos que se le acercaban, tocóle uno en el hombro con misteriosa familiaridad.

—¡Ah! sois vos, padre mio, buen Abrahem, le dijo Macías con un estremecimiento involuntario, y una nube de tristeza envolvió su frente.—Bien venido á la corte.—¡Á la corte!—Sí: á Dios, jóven osado.—Escuchad; esas palabras... me dijísteis, es verdad... ¡corte, corte funesta! Á Dios.—¿No podeis esplicaros?—Ahora imposible: si quereis verme, al anochecer os esperaré en mi cámara.—¿Cierto, Abrahem? Esperadme.—Á Dios.—Á Dios.

Siguió el astrólogo con su aparente prisa la direccion de su cámara, y Macías, distraido, revolviendo mil confusas ideas en su imaginacion, quedó entre sus curiosos amigos, á quienes ni contestaba ya acorde, ni podia apenas atender. ¡Tal era la impresion que la palabra corte, pronunciada por el físico, habia hecho en su imaginacion!—Macías ha perdido la cabeza, iban diciendo sus amigos al despedirse de él: ese maldito hechicero, en cuyas comisiones ha andado, le ha turbado el juicio. ¡Habeis visto qué desconcierto! ¡qué distraccion! ó está enamorado, ó ha perdido el seso.




CAPITULO XVIII.