—Porque es mi voluntad, page. Callad.
—Pero haceos cargo de que si está enamorado, segun dicen, ¿cómo puede él dejar de amar, ni qué culpa tiene? Yo no creía que fuérais tan rencorosa. ¡Ah! si de ese modo pagais el cariño de los que os quieren bien, os dejaré yo de querer...
—No hay remedio, Dios mio, no hay remedio, esclamó Elvira desesperada. No he de volver los ojos donde no le vea. No he de oir hablar sino de él. Si no quereis, Dios mio, mi perdicion, empezad por apartar su imágen de mis ojos, su recuerdo de mis oidos. Yo os lo pido, y os lo pido de corazon. No quiero sucumbir, no quiero.
—Ved, prima mia, que siento pasos, y que si llega alguien y os ve de esa manera, pensará que os he reñido yo á vos, en vez de reñirme vos á mí.
—Sí: voy á enjugar mis lágrimas. Jaime, ríes, porque no conoces el mundo todavia: no crezcas, ¡ay! no salgas nunca de tu dichosa edad.
Dichas estas palabras, que dejaron un tanto cuanto reflexivo y meditabundo al pagecillo, que no veía muy claro todavia qué peligro podria haber en crecer como todos habian crecido antes que él, retiróse Elvira por no ofrecer su rostro descompuesto en espectáculo á la persona que iba á entrar, si no engañaba el ruido de los pasos, que cada vez se oían mas cerca.
Apenas habia desaparecido, cuando un caballero embozado en su capilla entró mirando con espantados ojos á una y otra parte.
—Tampoco, dijo, tampoco está aqui.
—¿Adónde vais, señor? preguntó el page, asombrado del desorden que reinaba en su fisonomía y en toda su persona, ¿adónde de esa suerte?
—¿Jaime, eres tú? Pues bien: he de verla.