—Vendrá á hacer compañía á la mora Zelindaja, que anda pidiendo su esposo á las paredes del castillo desde el tiempo de Abderramen...
—¡Ba! dijo el otro comensal: ¿vos os creeis tambien de moros encantados?
—¡Chiton, señores, chiton! repuso el hostalero; lo que yo sé deciros es, que no pasaria ni una hora despues de media noche, en el castillo. Mirad: yo habia oido contar á mi abuela muchas veces la historia del moro mago, y de la mora Zelindaja, y del letrero árabe del castillo; y lo que sé decir es, que nunca le dí un noven á mi abuela porque me lo contase, ni sus padres de ella le dieron una blanca porque lo creyese; lo cual digo para probar que nada se echaba de ella en el bolsillo por la mayor ó menor certeza del caso. Pero como al hombre le tienta el diablo muchas veces para que dude de las cosas que ve, cuanto mas de las que no ve, ni ha visto ni verá, yo me temia mis dudas, pesia á mí. Y era cierto que hacia algun tiempo ni se oían ruidos de noche en el castillo, ni voz de mora, ni de cristiana, ni...
—Adelante, Nuño, adelante.
—Como gusteis. Pero hace cosa de meses comenzó á decirse por el pueblo que se habia oido una noche á deshora rumor de gentes que habian entrado en el castillo, las cuales gentes no se han visto salir; quién sabe si serian gentes de estas que se usan: ello es que nadie los vió: desde entonces ha tornado el run run de las cadenas y de las voces, y de los espantosos nocturnos; y lo que sé decir es, que yo me pasaba una noche, no hace muchas, por el castillo, porque venia de trabajar la huerta que tengo mas allá: bien sabe Dios ó el diablo que yo me traía conmigo todas mis dudas; era tarde ya, y oí efectivamente yo mismo una voz lamentable que decia á grandes gritos: “Esposo, esposo mio.” Mirad, aun se me hiela la sangre en las venas: levanté los ojos, y en una de las ventanas mas altas de la torre, de donde parecian salir las voces, se veía una luz, pero una luz pálida y blanquecina que andaba de una parte á otra, y de cuando en cuando parecia ponérsele por delante una sombra, mas larga que una esperanza que no se cumple.
—¿Vos lo visteis? dijo Peransurez.
—¿No lo creeis? preguntó el hostalero mas espantado de la incredulidad de su huésped que del mismo caso que referia.
—Mirad, contestó Peransurez, toda mi vida tuve grandes deseos de conocer á un encantado, y nunca pude verle la cara á ninguno: desde que fuí monacillo, y sacristan despues de la Almudena, tengo ese pio. ¿Sois hombre, compañero, para apurar esta aventura y ver de hacer una visita á ese moro y á esa señora Zelindaja...?
—¿Qué decís? interrumpió Nuño. Como gusteis, pero os suplico que mireis...
—¡Quite allá, señor hostalero! ¿Qué decís vos, comensal?