CAPITULO XXXII.
En Castilla está un castillo
que se llama Rocafrida;
tanto relumbra de noche
como el sol al medio dia.
Rom. de Montesinos.
Existe á cinco leguas de Jaen una poblacion pequeña ahora, y pequeña en los tiempos á que se refiere nuestra narracion, que tiene por nombre Arjonilla, ora por haber sido fundacion de algunos habitantes salidos de Arjona; ora por su inmediacion á esta ó por las relaciones que con ella pudo tener en lo antiguo. Pertenecia esta villa al maestrazgo de Calatrava, y era una de las primeras que se habian declarado por don Enrique de Villena, á causa de la influencia que le daban á este en aquel punto varias posesiones que en su territorio tenia. En el siglo XV presentaba el aspecto, que aun en el dia suelen presentar muchos pueblos de nuestra patria. Algunas casas que, mas que viviendas de hombres, parecian cuevas de animales, esparcidas aqui y alli, formaban irregulares callejones. No era sin embargo tan pequeña su importancia, que tuviesen que acudir sus habitantes á algun pueblo vecino de mayor cuantía para cumplir con sus deberes espirituales. Poseía una iglesia parroquial, no muy grande en verdad, pero que no dejaba por eso de bastar para su reducido vecindario; y que se hallaba bajo la proteccion y advocacion de Santa Catalina. En el dia será todo lo mas si puede traslucirse su antigua grandeza en los restos míseros que la constituyen en la humilde gerarquía de ermita, pero en el reinado de Enrique III, nos dice Jimena en sus anales eclesiásticos de Jaen, no solo era la iglesia parroquial, sino que era una obra moderna que no tenia mas fecha que los años que hacia que habia sido reconquistado aquel pais á los moros.
A cosa de un cuarto de legua del pueblo rivalizaba en grandeza con la iglesia parroquial un castillo sombrío y viejo, que si no era de los mas fuertes y afamados de Castilla, no dejaba por eso de ser sólido, y una de las posiciones militares mas ventajosas de la comarca. Edificado como todos los de aquel tiempo en una eminencia, mejor diremos en la punta de una peña, podia servir de reducto á un tercio militar en retirada, ó de baluarte á un destacamento avanzado de un ejército invasor. Tenia su doble muralla almenada, torres, foso, contrafoso, puente levadizo, en una palabra, cuanto hacia necesario en semejantes edificios la táctica militar de ataque y defensa de aquella época belicosa, y de perpetuo temor y desconfianza. Crecia la yerba tranquilamente en derredor de las almenas, prueba evidente de que hacia mucho tiempo que no oponian obstáculos los artes de la guerra á su abundante vegetacion. Un largo litigio que sobre la pertenencia del tal castillo habia sostenido contra la corona de Castilla la orden de Calatrava habia sido ocasion de hallarse inhabitado algunos años, y se habian adherido á él, como en aquellos tiempos de ignorancia solia frecuentemente suceder, mil vagas tradiciones, mil supersticiones fabulosas que habian consolidado algunos malhechores, cobijándose en él secretamente y haciéndole cuartel general y centro de sus operaciones. Era fama por el pais que en tiempos anteriores un moro, mago, si jamas los hubo, habia sido fundador del castillo, cuya construccion se perdia en los tiempos remotos de la conquista y reconquista; opinion á que no daba poco realce el color negruzco de la piedra, y el aspecto todo venerable y misterioso de sus antiquísimas murallas. El mago habia construido el castillo, segun la mas recibida opinion, para satisfaccion de odios y rencores propios suyos: en él habia atormentado durante su vida á muchas hermosas doncellas que no habian querido rendirse á sus brutales deseos, pues todas las tradiciones convenian en que este habia sido el flaco del moro encantador y descomunal. Añadíase á esto que no le habia faltado razon para ello, pues se referia de él la siguiente historia. El moro habia amado en sus lucidos abriles á una mora llamada Zelindaja, hija de un reyezuelo de Andalucía; la cual habia correspondido primero á su pasion, pero le habia dejado despues sin verdadero motivo por otro y otros moros succesivamente con la natural facilidad y ligereza de su sexo leal y encantador. El moro, que debia de haber sido hombre de suyo sentado y poco aficionado á mudanzas, habia tomado la cosa muy á mal y el desaire muy á pechos, y en vez de volver los ojos á otra Zelindaja mejor que la primera, lo cual hubiera sido determinacion de hombre prudente, habia jurado vengarse castigando en el sexo todo la culpa de uno de sus individuos. Hé aqui la causa de su odio á las mugeres: para lograr sus fines habíase dado á la mágia y á la confeccion de bebidas y filtros amorosos. Con ellos enquillotrava á las doncellas, las cuales, al punto que apuraban á poder de engaños la pócima, asi quedaban del moro enamoradas como si en el mundo no hubiera habido otro hombre ni moro ni cristiano. Entonces entraba la parte de su venganza; entonces el pícaro moro hacíase de pencas y dejábalas llorar y suplicar, suspirar y gemir por los sus encantos, con lo cual íbanse consumiendo y acabando las enquillotradas doncellas, como bugía que se apaga. Conforme las iba el bribonazo del encantador seduciendo, íbalas encerrando en el castillo, y era todo su placer, cuando veía á una ya tan madura y encaprichada de él como juzgaba necesario, hacerla testigo de los enamorados motetes y de las apasionadas caricias que á otra fingia, usando despues con esta y con todas las succesivas de igual odioso manejo. Mesábanse los cabellos las infelices, y decíanle injurias y ternezas; pero el moro habia aprendido tan bien de su Zelindaja, que hacia oidos de mercader, y no parecia sino que habia nacido hembra y mora mas bien que varon y moro. Todo lo mas que solia decirlas cuando las veía presas en las redes de su pérfido amor era contestarlas como le habia contestado á él Zelindaja:—Mi honor, les decia, no lo consiente.—Cede, bien mio, replicaban ellas.—Imposible, reponia él con grave remilgamiento y afectado pudor y compostura. ¡Mi honor es lo primero!—¿Y los juramentos, ingrato, y las promesas, falso? solian responderle.—¿Yo juré nunca, prometí yo acaso? añadia el moro haciendo el olvidadizo.—¿Y los placeres que gozamos?—¡Insolente, qué osadía! ¿cuándo, en dónde?—Ved que mi muerte, moro mio, será obra de tu rigor, acababan ellas.—Podeis hacer lo que gusteis, concluia entonces el redomado moro cogiendo un abanico, é imitando con él y con el desvio de sus ojos el antiguo sistema de su pérfida Zelindaja. Con lo cual tenia á las perdidas doncellas en un infierno perpetuo, muy parecido al que pasan voluntariamente en esta vida los incautos que dan en creerse de palabras y juramentos, de prendas, en fin, y de ternezas de moras pérfidas y veleidosas.