—¡Ah! señor maestre, contestó el muchacho, que parecia conocer al caballero, ¡es la loca!

—¿Y quién es la loca?

—Aqui, repuso el muchacho, solo por ese nombre la conocemos; de temporada en temporada se aparece por el pueblo: otras veces vive por el monte, y dicen los pastores que gusta mucho de pasar los dias enteros mirando á los barrancos. No habla mas que dos palabras. No llora nunca: ¿oís esa carcajada? Eso es lo que hace; aqui siempre estamos deseando que venga, porque es para todo el pueblo una diversion.

—¡Infeliz! dijo don Luis: ¿no quereis verla, señor Hernan Perez?

—No; esos espectáculos me ponen de mal humor. ¡Miserable! será acaso alguna madre que haya perdido á su hija. Vamos de aqui, señor don Luis.

—O alguna amante desdichada, señor Hernan Perez, dijo riéndose con indiferencia don Luis, y picando espuelas á su caballo. De alli á poco ambos caballeros desaparecieron, apartándose de la turba que seguia ostigando á la demente, la cual solo respondia de cuando en cuando con su acostumbrada carcajada y su desdichado estribillo: ¡es tarde! ¡es tarde!

Pocos años despues entró una madrugada el sacristan de la parroquia de santa Catalina de Arjonilla en la iglesia, y parecióle ver un bulto estraordinario al lado de un sepulcro. Efectivamente, era la loca.

—Loca, le dijo dándole con el pie. ¡Pues está bueno! Esta se quedaria aqui ayer en la iglesia cuando la cerré. Vamos, buena muger ¡Estará borracha!

Dábale con el pie, pero el bulto no se movia. Acercóse el sacristan, y vió que la loca tenia un hierro en la mano, con el cual habia medio escrito sobre la piedra; ¡es tarde! ¡es tarde! Pero ella estaba muerta. Sus labios frios oprimian la fria piedra del sepulcro. Un epitafio decia en letras gordas sobre la losa:

AQUI YACE MACÍAS EL ENAMORADO.