—Ni una me queda; tú lo sabes: tienes mi reloj, mis botones, mi cadena... ¡Diez y seis pesos! Mira, con ocho me contento.

—Yo no puedo hacer nada en eso; es mucho.

—Con cinco me contento, y firmaré los diez y seis y te daré ahora mismo uno de gratificación...

—Ya sabe usted que yo deseo servirle, pero como no soy el dueño... ¿A ver el frac?

Respiró el joven, sonriose el corredor; tomó el atribulado cinco pesos, dio de ellos uno y firmó diez y seis, contento con el buen negocio que había hecho.

—Dentro de tres días vuelvo por ello. Adiós. Hasta pasado mañana.

—Hasta el año que viene.

Y fuese cantando el especulador.

Retumbaban todavía en mis oídos las pisadas y le floriture del atolondrado, cuando se abre violentamente la puerta, y la señora de H***, y en persona, con los ojos encendidos y toda fuera de sí, se precipita en la habitación.

—¡Don Fernando!