Sonríeme, nada dije a mi sobrino, ya que nada había oído, y asistí al baile.

Los músicos tocaron; las luces ardieron.

¡Oh utilidad de los usureros!

No quisiera acabar mi artículo sin advertir que reconocí en el baile al famoso prestamista, y en los hombros de su mujer el chal magnífico que llevaba tres Carnavales en el cautiverio; y dejó de asombrarme desde entonces el lujo que en ella tantas veces no había comprendido.

Retireme temprano, que no les sientan bien a mis canas ver entrar a Febo en los bailes; acompañome mi sobrino, que iba a otra concurrencia. Bajé del coche, y nos despedimos. Pareciome no encontrar en su voz aquel mismo calor afectuoso, aquel interés con que por la mañana me dirigía la palabra. Un adiós bastante indiferente me recordó que aquel día había hecho un favor, y que el tal favor ya había pasado.

Acaso había sido yo tan necio como loco mi sobrino.

—No era mucho—decía yo,—que un joven los pidiera; ¡pero que los diera un viejo!

Para distraer estas melancólicas imaginaciones, que tan triste idea dan de la humanidad, abrí un libro de poesía, y acertó a ser en aquel punto en que dice Bartolomé de Argensola:

De estos niños Madrid vive logrado.
Y de viejos tan frágiles como ellos,
Porque en la misma escuela se han criado.

CARTAS A ANDRÉS NIPORESAS