Precipítome huyendo del teatro en la literatura. Un señorón encopetado acaba de publicar una obra indigesta.

«Señor redactor—me dice en una carta seductora,—confío en el talento de usted y en nuestra amistad, de que le tengo dadas bastantes pruebas—por desgracia suele ser verdad,—que hará un juicio crítico de mi obra, imparcial—imparcial llama él a un juicio que le alabe,—y espero a usted a comer para que juntos departamos acerca de algunas ideas que convendría indicar, etc.» Resista usted a estas indirectas, y opte usted entre la gratitud y la mentira. Ambos vacíos tienen sus acerbos detractores, y unos u otros se han de ensangrentar en el triste Fígaro. ¡Oh qué placer el de ser redactor!

¡Bueno! Traduciré noticias; al trabajo; corto mi pluma, desenvuelvo el inmenso papel extranjero; aquí van tres columnas.

—¿Tres columnas he dicho? Al día siguiente las busco en la Revista, pero inútilmente.

—¡Señor director! ¿qué se hicieron mis columnas?

—¡Calle usted—me responde,—ahí están; no han servido: esta noticia es inoportuna; es arriesgada; la otra no conviene; aquella de más allá es insignificante; esta otra es buena, pero está mal traducida!

—Considere usted que es preciso hacer ese trabajo en horas—replico lleno de entusiasmo;—el hombre llega a cansarse...

—Si usted es hombre que se cansa alguna vez, no sirve usted para periódicos...

—Me dolía ya la cabeza...

—Al buen periodista nunca le debe doler la cabeza...