—Los muchachos del ilustrado siglo XIX—dije para mí,—llegan a viejos sin haber sido nunca jóvenes.

Sentáronse mis amigos, el viejo joven y el joven viejo, y sacó don Cándido de su faltriquera un legajo abultado.

—Dos objetos tiene esta visita—me dijo:—primero, para que Tomasito se vaya soltando en el francés, le he dicho que traduzca una comedia; hala traducido, y aquí se la traigo a usted.

—¡Hola!

—Sí, señor: algunas cosillas ha dejado en blanco, porque no tiene allí más diccionario que el de Sobrino... y...

—Sí...

—Usted tendrá la bondad de enmendar lo que no le parezca bien; y como usted entiende eso de darla al teatro... y las diligencias que hay que practicar...

—¡Ah! ¿Usted quiere que se represente?

—Sin duda... le diré a usted: el dinerillo que saque es para él...

—Sí, señor—dijo el muchacho,—y papá me ha prometido hacerme un vestido negro para cuando acabe una tragedia excelente que estoy haciendo...