—¡Las seis! es preciso asistir al vestuario.
—Bien: parece usted un verdadero abate; dese usted más negro en esa mejilla; otra raya; es usted más viejo. Usted sí que está perfectamente, señor, y cierto que daría los mejores trozos de mi comedia por ser el galán de ella, y hacer el papel con usted. Se me figura que está frío el segundo galán.
—¡Ah! no; ya lo verá usted; ahora está bebiendo un poco de ponche para calentarse.
—¿Sí, eh? ¡Magnífico! No se le olvide a usted aquel grito en aquel verso.
—No se me olvida, descuide usted; aturdiré el teatro.
—Sí, un chillido sentido: como que ve usted al otro muerto. Conque salga como en el penúltimo ensayo, me contento. Alborota usted con ese grito. ¡A mí me estremeció usted, y soy el autor!...
—¡La orden! ¡La orden!—gritan a esta sazón.
—¿Cómo la orden?—exclama el autor asustado.—¿La han prohibido?
—No, señor, es la orden para empezar; habrá venido Su Alteza.