Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!
—¿Qué os parece de esta tierra, monsieur Sans-délai?—le dije al llegar a estas pruebas.
—Me parece que son hombres singulares...
—Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida a la boca.
Presentó con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente.
A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión.
—Vuelva usted mañana—nos dijo el portero.
—El oficial de la mesa no ha venido—dije yo entre mí.
Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos ¡qué casualidad! al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.
Martes era al día siguiente, y nos dijo el portero: